Christian Jiménez Kanahuaty
Establecer el conocimiento por medio de la imaginación no es algo que se pregone usualmente en los ambientes académicos, ni siquiera se toma en cuenta en el debate político, mucho menos en el área económica de un país, cuando la crisis se asemeja a un grito que se ahoga en mitad de la garganta.
Pero, a pesar de la mala prensa que usualmente tiene la imaginación, lo importante es reconocer que la imaginación proyecta la vida hacia el futuro. Genera un día tras otro para armar el destino y por medio de esa constancia lo que se urde es un cúmulo de ideas que van cambiando de matiz a medida que las respuestas emergen.
Si las respuestas nacen, pronto también las preguntas cambiar y cuando ellas cambian, es que estamos cerca de conocer algo que nunca estuvo presente.
Ahora bien, en nuestro país, lo que sucede es que la sociedad está entrampada entre la necesidad del ahora y la urgencia del porvenir, porque hay que satisfacer las necesidades básicas, resolver lo doméstico y establecer los parámetros del rendimiento y la eficacia. Y en ese orden de cosas, la imaginación no tiene mucho sentido. No es requerida porque a priori se nota que no da frutos y que sus postulados sólo dilatan lo que de verdad se necesita.
Sin embargo, la imaginación no influye solamente en la creación de las presentaciones sociales, artísticas, culturales y políticas de la diferencia, también imponen la disolución de los límites naturales de toda ideología. Por otro lado, la imaginación genera un debate interno a partir del reconocimiento de la otredad. Y cuando aparece la otredad, muchas veces también se hace presente la empatia y la capacidad de ver el mundo y sus contornos desde otras dimensiones sensoriales, afectivas e intelectuales.
Con esa premisa en la mente se puede interpretar cualquier representación social, porque las mediaciones sociales no suceden porque sólo existe un afán simbólico en el discurso natural de la sociedad. Ella necesita ir más allá de lo simbólico desde las representaciones, con el objetivo de interceder entre el presente, el pasado y el futuro.
La importancia de la imaginación está dada por su capacidad de sostener una alternativa frente a lo que se conoce, es la posibilidad para indagar en lo desconocido sin que ello demande esfuerzo, recursos o tiempo. El espacio de la imaginación es un espacio que no se suele contabilizar porque es casi siempre visto como ocio. Pero cuando la imaginación es un recurso cuantíficabe que busca organizar los recursos, sucede un desface en la percepción social y política.
En un principio lo que sucede es que la sociedad puede mirarse en un solo momento con diferentes herramientas. Se ve a sí misma en perspectiva histórica. Hace de la cultura algo vivo y hace de las artes un discurso que va más allá de lo estético. Y por tanto, desde la arquitectura y la medicina cubren un espacio donde el hombre puede conocer su exterior e interior al mismo tiempo. El proceso es proyectar lo que uno tiene dentro suyo y ver cómo se ensambla con lo de fuera y en esa interacción lo que ocurre es que nace un tercer espacio de interrogación. Pero luego, la interrogación pasa a ser interpretación.
Construir ese espacio es la urgencia de la crisis cuando se la afronta con otros instrumentos más allá de la ingeniería constitucional o las resoluciones políticas.
Imaginar el destino es una oportunidad para pensar cuánto conocemos del mundo y el rol que el mundo tiene dentro de nuestras prácticas sociales. Así se dejará de ver que el país es único y sólo su experiencia cuenta. Con la imaginación se puede establecer que casi no hay nada único ni homogeneo.
Pero, cuando además la transición dentro de la transición aparece, la imaginación se hace necesaria, porque la transición política y económica son parte de una transición de época cultural, no son el detonante, sino su resultado. Lo que marca la transición global es la transición de un modelo de cultura hacia otro donde las tecnologías, la soledad, la inmediatez y la incertidumbre sobre el destino y lo efímero de las producciones mecánicas hechas para satisfacer necesidades, suma al compromiso de entender el mundo, la inseguridad de no saber para qué tanta complejidad si lo que se necesita es una respuesta sólo para el fragmento de la realidad que nos compromete.
Pero sabemos que los fragmentos son simplemente representaciones de fenómenos mayores. Que no se puede completar la secuencia social sólo desde una fracción.
En ese sentido, lo que se busca es una manera clara de estar en constante búsqueda de certezas a partir de variables del pasado, cuando el presente no sólo es distinto sino que de verdad parece ser otro mundo.
Si elm mundo exterior cambió fue también porque las necesidades interiores de las personas ha cambiado. Y reconocer esa doble dimensión del cambio ayuda a proyectar desde la imaginación la dimensión de la transición cultural que tiene lugar a nivel global. Y luego, ver cómo esa transición global impacta en Bolivia, transformando también las reglas de juego sociales y culturales. Definiendo y moldeando lo económico y subsumiendo la identidad.
Cuando la identidad de los procesos sociales y la identidad de las personas se diluye en una transición que no tiene cuerpo sino a nivel abstracto y global, la transición deja de ser social o económica. Pasa a ser una transición del ser, del sujeto y de sus perspectivas. Se erosiona el mundo vital y se constituye una nueva esfera en el interior de las personas, esa esfera bien podría llamarse opacidad.
No sólo opacidad que tiene una referencia sobre el color, referenciando lo opaco, sino que también opacidad, como lo que no está claro, lo que no se define, pero existe como contraste y ensombrece el entendimiento, los resultados y las necesidades. Lo opaco convierte lo luminoso en algo esquivo.
Así esta época de transición de un siglo a otro, marca la emergencia de lo opaco. La opacidad inunda el sentido y la inteligencia, haciendo que lo gris y lo indeterminado tome forma social y sea difícil establecer ahora un color, porque los colores reclaman definición y toma de posición. Lo opaco no. Lo opaco es incluso silencioso y sutil. Es como el moho que crece sobre las verduras y las carnes. Contamina todo, impide ver más allá y retrae el interior de las personas.
Así esta transición conduce a la opacidad. Y la opacidad es la que impide ver más allá y hacer de la imaginación una herramienta para el entendimiento, el dialogo y la concertación social.