Andrés Canedo / Bolivia
Amé, bueno, la palabra es grande, pero hice el amor con amores, con amantes, con simples perseguidoras de placer, hasta con algunas prostitutas. Hice el amor en paroxismos de alegría, en aplacamientos de dolor, en exaltaciones de locura. Pero también hice el amor con una mujer totalmente diferente, que no era amor, ni amante, ni buscadora de placer, ni prostituta. Ella, bella, rubia, desolada; solo buscaba un poco de ternura, algo de comprensión para su alma. Yo también, que a pesar de todo lo anterior, solía andar desolado, la recibí con un apretón entre mis brazos que parecían haberse alargado y convertido en palomas. Mi pecho, lejano a todos los malabarismos previos, se convirtió en refugio de flores en riesgo de agostarse por el invierno de la vida. Mi cuerpo entero, era receptáculo y dador de cariño, de afecto, de inclinación. Ella entraba a mi cuarto, como tantas veces lo había hecho, y se sentaba en la única silla, con su imagen triste y esbozaba algunas pocas palabras, que eran apenas, un insuficiente simulacro de charla. Al cabo de un rato, solía insinuar una sonrisa, y se iba. Y yo me quedaba, momentáneamente, depositario de su dolor, pero sabiendo que en realidad no había podido hacer nada por ella. Entonces, era mi propio dolor el que me zahería.
Aquella tarde ya desfalleciente, entró, casi en silencio, apenas saludando como siempre, pero en vez de dirigirse a la silla, caminó y aseguró la puerta con llave; siguió andando y cerró la ventana y los postigos de la misma. Entonces, se detuvo en el centro del cuarto, se paró frente a mí, y me miró con su mirada dolorida, pero que esta vez, debajo de la pena tenía un brillo extraño. Mirándome a los ojos, empezó a quitarse la ropa y, desde sus ojos, me indicó que yo hiciera lo mismo. Quedamos los dos desnudos, de pie, ella rozándome el pecho con sus pechos pequeños, colando sus muslos blancos y bellos a los míos, montándose con sus pies de fantasía a mis pies. Y entonces me ofreció su boca, de labios un poco abultados, y yo la besé sin gula, con puro cariño, así, queriéndola como se quiere a un amigo, incluso, a un perrito, a un gatito que maúlla dulcemente. Entonces, la tomé de las nalgas, la levanté mientras ella flexionaba sus muslos, y la trasladé a la cama.
Entré en su cuerpo con lentitud, con suavidad, ella se movió lentamente. Esa lentitud de nuestros movimientos, nos permitió sentir cada átomo del cuerpo del otro, dejar que las partes de nuestros cuerpos conversen en su lenguaje sabio de carne y se digan cosas que sólo se pueden decir así, en los extremos de la vida, en la periferia de los más hondos sentires. Mientras nos movíamos con ese ritmo claro y suave, sentí su pequeña cintura vibrar debajo de mí, sentí sus pies, depositándose en mis pantorrillas con la determinación de ampliar los puntos de contacto, sentí sus muslos apretándome los arrabales de las caderas, sentí sus brazos asegurando mi espalda y sus manos recorriéndola como para afirmar el territorio de las caricias. Besé su boca, que emitía gemidos tímidos, apenas insinuados, en una especie de pudor o más bien de decencia, de corrección, de cuidado, para que nada se precipite fuera del ritmo de adagio que estábamos creando. Los movimientos ascendentes de su pelvis, eran apenas notables, como el abrirse silente de las flores. Cuando fuimos llegando a la culminación, nada se salió de la cadencia adoptada, todo siguió suavemente, pues la sabiduría se había incorporado a nuestros cuerpos. En ese momento, abrí los ojos y vi que lágrimas corrían por sus mejillas. Ella, sin abrir los suyos, me vio, y expresó tres de las cuatro únicas palabras que pronunció en toda esa naciente noche: “Son de alegría”, me dijo. Todo terminado, permanecimos abrazados tal vez diez minutos, tal vez media hora. Abrazados, en silencio, dejando hablar a nuestros seres. Yo, al cabo de un tiempo, atiné a decirle: “Te quiero”, y ella se refregó en mí para aceptar la verdad de esa aseveración. El abrazo se aflojó, los miembros se separaron. Ella se sentó en la cama y empezó lentamente a vestirse. Yo, simplemente la miraba, siendo todavía víctima del encantamiento que había comenzado en el momento en que sus ojos me pidieron comunión. Cuando lo hubo hecho, me dio un beso en la cara y me dijo “Gracias”. Se dirigió a la puerta y salió hacia la noche, que quizá resplandecía en concordancia con su alma.