Andrés Canedo / Bolivia.
Hugo Francisquini es un actor, un actor de los buenos, de los buenos de verdad. Vive sus personajes con esa aparente facilidad que sólo consiguen los excelentes. Esa categorización con la que empecé, talvez debería ser reemplazada, en el primer lugar, diciendo que Hugo Francisquini Es un maravilloso ser humano. Porque para seres como él, que viven y entregan la ternura, es más importante lo que es su presencia, sin títulos, en este mundo, que cualquier categoría respecto de sus talentos o habilidades. Vengo de ver su espectáculo, El Actor y sus sombras, en el que celebra sus cincuenta años de vida actoral. O sea, teatro, cine, formación de esas personas que mañana se subirán al escenario para contarnos cosas de cómo ven la vida los demás, y que al hacerlo, van expresando su propia vida y desde ella nos van nutriendo. Me pareció muy justo que Hugo se celebre, porque lo que ha venido haciendo en la vida, debe celebrarse. Presentó tres textos, uno de Henry Michaux, que yo no conocía, y los otros, de Kafka, Informe para una Academia, y de A. Chejov, Sobre el daño que hace el tabaco. Claro que no se limitó a repetir dichas obras, sino que al expresarlas, las fue aderezando con su sentir, con sus vivencias, con esas historias secretas que cada hombre (y mujer) suele guardar para sí y que cuando son soltadas a la luz del mundo, nos enseñan también sobre quien las dice.
Lo conozco desde hace muchos años, lo quiero desde hace muchos años. Su generosidad, su bondad, su presencia luminosa, en esta lucha entre las tinieblas de un mundo cada vez más desajustado, son marcas que quedan en el alma de quienes lo conocen. Sé que la vida le ha sido dura, pero nunca se quejó, sino más bien, desde su mirada un poco triste, transmite esa fe de que nada será en vano, de que cada construcción que realicemos, aun en medio de los obstáculos más abstrusos, será un resplandecer del vivir con sentido, o más bien, con objetivos que trascienden a su propia realización. Cuando lo abracé, en hall del teatro, al salir, alguien que lo entrevistaba me preguntó qué significaba Hugo para mí. Respondí, “Lo quiero”. No dije nada más, porque sentí que eso me expresaba legítimamente y que él me encontraría en esa verdad. Hugo Francisquini, sentimiento y sensibilidad que se hacen amanecer soleado en este transitar nuestro. Hugo Francisquini, la permanente oportunidad de asombrarse ante los caminos de luz que él, en su enorme magnificencia, va trazando.