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Homero Carvalho Oliva, el hombre que conversa con la memoria

Alan Díaz de Oropeza

A Homero Carvalho Oliva, mi hermano por acuerdo mutuo, mi amigo y mi maestro.

«Hay personas que uno conoce por circunstancias de la vida, y hay otras que la vida parece haber elegido para que uno las encuentre.»

Gracias, Homero, por las palabras, por la amistad y por enseñarme que también se puede escribir para que la memoria de un pueblo no muera. Con admiración, afecto y gratitud fraterna.

Dicen que Homero Carvalho llegó al mundo en Santa Ana del Yacuma cuando el río todavía tenía la costumbre de guardar secretos y los árboles sabían distinguir, por el sonido de los pasos, quién venía a visitarlos y quién venía a pedirles una historia.

Desde niño descubrió que en el Beni las cosas nunca terminan de morir.

Las palabras de los abuelos quedan flotando sobre los patios después de la conversación; los nombres de los ausentes regresan entre las goteras con la lluvia y los recuerdos, y cuando han sido suficientemente queridos, adquieren la extraña costumbre de caminar por las calles.

Homero aprendió a escuchar esas cosas.

Mientras otros buscaban historias en los libros, él las encontraba debajo de las hamacas, en las canoas que regresaban al atardecer, en el silencio de los pueblos, o cazando jausis entre los canchones húmedos; si no, en las voces de quienes habían vivido antes que él.

Con el tiempo comprendió que escribir no consistía solamente en inventar mundos, sino en rescatar aquellos que estaban a punto de desaparecer.

Por eso sus palabras tienen la frescura del río.

Avanzan despacio, rodean obstáculos, desaparecen por un momento y vuelven a aparecer más adelante, llevando consigo un rostro, una leyenda, una tristeza o una memoria que alguien creyó perdida.

Quienes lo conocemos podemos asegurar que Homero tiene una extraña habilidad: puede entrar en una conversación siendo solamente un hombre y salir de ella convertido en personaje. Puede escuchar una anécdota durante cinco minutos y encontrar dentro de ella una historia que llevaba cincuenta años esperando ser contada.

Algunos dicen que posee una biblioteca secreta. No está en su casa. Está en su memoria.

Allí guarda las voces de los muertos, las conversaciones de los vivos, los caminos de la Amazonía, los amores que no alcanzaron a despedirse, las historias que las ciudades olvidaron y los pequeños milagros que ocurren todos los días sin que nadie se moleste en llamarlos milagros.

Tal vez por eso escribe.

Porque sabe que el olvido es una segunda muerte y que un escritor puede, al menos por un instante, engañarla.

Cuando Homero escribe sobre el Beni, el Beni deja de ser solamente un territorio.

Se convierte en personaje.

El río adquiere memoria.

La selva adquiere voz.

Los pueblos adquieren alma.

Y los hombres y mujeres que alguna vez caminaron por sus calles regresan, aunque sea por unas páginas, a sentarse nuevamente bajo la sombra de los árboles.

Dicen también que, algunas noches, cuando la humedad sube desde los ríos y la Amazonía parece respirar lentamente, las historias que Homero todavía no ha escrito comienzan a buscarlo.

Una llega desde Santa Ana.

Otra viene de Trinidad.

Alguna baja desde el Mamoré.

Y otra, más antigua, llega desde un lugar que nadie sabe señalar en el mapa.

Todas golpean suavemente la puerta.

Homero las deja entrar.

Después toma una hoja, acomoda las palabras y empieza a escribir.

Y mientras escribe, ocurre algo que solamente los habitantes de estas tierras parecen comprender: El pasado deja de ser pasado y vuelve a tener memoria.

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