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Hay que agarrarlos del cuello

García Linera, en un evento “progre” realizado en Buenos Aires hace unos días, sostuvo que una solución a la crisis boliviana es “agarrar del cuello” a los empresarios y obligarlos a “devolver dólares”. Una fórmula ingeniosa para encontrar culpables y evadir responsabilidades. Obviamente, no dijo nada en torno a las cifras que manejó su gobierno.

Sobre esto, deberíamos tener en cuenta que el ingreso proveniente de los hidrocarburos durante los 20 años que gobernó el MAS se ha estimado, en la peor de las hipótesis, en 50.000 millones de dólares, y en la hipótesis más realista, en 110.000 millones de dólares (110 seguido de 9 ceros). Eso es lo que el Movimiento al Socialismo dilapidó en el ejercicio del poder, mientras García Linera fungía de vicepresidente. ¿Cuántos miles de millones se robaron?

Esos montos están por determinarse. Lo cierto es que cualquiera de esas sumas es superior a cualquier monto que hubiera ingresado al país en toda su historia republicana. Quizá sea mejor, en consecuencia, que los masistas devuelvan los dólares que dilapidaron unos y robaron otros.

En una parte de su alocución, García Linera sostiene que 25 empresarios bolivianos se quedan con el 80% de la riqueza que produce el país. Si tomamos el PIB oficial del año pasado (41.000 millones de dólares), cada uno de esos 25 empresarios habría logrado 1.280 millones. Tendríamos 25 bolivianos en las listas Forbes de los hombres más ricos del planeta. Lástima, ninguno de los 25 figura en lista alguna, y la razón es muy simple: García Linera miente.

Esto no sorprende a nadie si consideramos que la mentira, la chicanería, el engaño, la manipulación, el amedrentamiento, la persecución judicial y el chantaje son parte inherente al MAS y un distintivo indeleble de sus principales figuras. Álvaro García Linera es, como todos sabemos, el principal ideólogo del MAS y estuvo junto a Evo Morales los 14 años que este gobernó. Fugaron juntos.

Ya para nadie es un secreto que, si algo marcó definitivamente el paso del Movimiento al Socialismo (IPSP) por el poder, es la corrupción, el latrocinio y el narcotráfico. En función de esto, podríamos asumir que, así como hubo senadores que se inventaron pueblos para robarle al pueblo, también hubo quienes los encubrían. En consecuencia, Linera, al menos de encubridor y cómplice, peca. Por ello, tendrá que rendir cuentas.

Y así como no tiene ningún inconveniente en sugerir que a los empresarios privados se les quite sus empresas y sus dólares, habría que exigir al próximo gobierno que lo agarre del cuello, se confisquen todos sus bienes y se aplique el rigor de la ley a él y a todos los masistas que ejercieron puestos en el Ejecutivo (dado que todos son sospechosos).

Finalmente, debe aclararse que Linera no es un hombre progresista y revolucionario como pretende mostrarse. Es el mejor ejemplo de la izquierda nonagésima que enterró el Muro de Berlín. Utiliza una retórica radical no porque crea en ella, sino porque es el caparazón que encubre el fracaso de un espécimen en vías de extinción.

Hoy, que ya no puede usufructuar del Estado, usufructúa del discurso. Esa es una marca de cinco estrellas de la demagogia populista. Envuelto en toda la parafernalia y munido de un enorme arsenal de frases hechas (de esas que se repetían como estribillos el siglo pasado), solo deja ver su inconmensurable imposibilidad para reconocer que la historia de este país y del mundo ha cambiado.

Sus apoteósicos discursos “progre” solo son un artificio para mantenerse en escena. De hecho, cada una de sus “geniales” propuestas revolucionarias cayó por su propio peso en la más oscura de las tragedias y ha dejado este país en la miseria. Algo, por cierto, nada extraño: ninguna de las revoluciones que él defiende repartió bienestar. Todas, sin excepción, solo distribuyeron una igualitaria miseria, dolor y sufrimiento.

El lenguaje del dinero no es el lenguaje del progresismo del que se cree paladín intelectual. Es el lenguaje del fracaso histórico de la izquierda clásica y ortodoxa. De esa izquierda inmoral, corrupta y narco, vinculada casi en todos los casos.

El discurso de García Linera no es un discurso que apele a las fuerzas revolucionarias de la historia. Esas ya no existen: se las llevó la posmodernidad, el crecimiento de las clases medias, el desarrollo de las propias fuerzas productivas, la ciencia y la tecnología. Y, en el caso particular boliviano, se las llevó además una poderosa conciencia democrática forjada a sangre y fuego frente a las dictaduras militares del siglo pasado.

No se trata, pues, de un lúcido y genuino revolucionario. Se trata de un demagogo que intenta encubrir su responsabilidad frente a la Nación, intenta encubrir 20 años de corrupción, violencia, desprecio por los derechos humanos y demagogia populista. De manera que a quien hay que “agarrar por el cuello” es a esa estirpe de sanguijuelas responsables de lo que hoy sufre el pueblo boliviano.

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