Grotesca humanidad

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Devin Beaulieu

La invasión rusa de Ucrania es una guerra humanitaria. No lo digo en chiste, aunque en un mundo justo sería. Esta grotesca subyugación conlleva un pretexto humanitario.

Vladimir Putin autorizó la operación militar con el pretexto fabricado de proteger la etnia rusa de un “genocidio” supuestamente promovido por el estado ucraniano en la región del Donbass. Según Putin, es una operación pacífica para “desmilitarizar” y “desnazificar” a su país vecino. Un país con un presidente judío, democráticamente electo.

El modelo retórico de Putin para la invasión es la intervención de OTAN en Yugoslavia durante la guerra en Kosovo (1999), cuando la alianza atlantista bombeó el país balcánico sin aprobación del Consejo de la Seguridad de las Naciones Unidas para frenar la violencia genocida en contra la etnia albanesa. Hace más de dos décadas, Rusia quedó impotente mientras que las fuerzas de los Estados Unidos sometió a Slobodan Milosevic. Ahora se hace la burla.   

Detrás de la crisis geopolítica de inmensas proporciones hay la crisis ideológica profunda del siglo XXI. Una crisis que la política actual está todavía mal equipada para afrontar.

La justificación extra-legal de la intervención de OTAN en Kosovo fue construida sobre las fallas por las Naciones Unidas de reaccionar y parar los genocidios en el mundo pos-guerra fría de los 90s, como los de Bosnia y Ruanda. Los derechos humanos y el humanitarismo se convirtieron en su definición como los límites de la guerra a la razón principal para promover la guerra, dando excepción para negar la soberanía cuando la necesidad humanitaria requiere como la “responsabilidad para proteger”.

Después del 11-9, esta lógica súper-soberana fue explotada como la guerra preventiva por los neoconservadores del gobierno norteamericano de Bush II para justificar su diseños bélicos sobre el medio este, provocando desastre y crimen. Justo hoy, Putin dice que está atacando a Ucrania para prevenir una guerra. Entonces lo que terminó antes en tragedia, ahora se repite como farsa.

¿Ya hemos aceptado la idea de que los derechos humanos salen de los ejércitos? Confundir la potencia del Estado con el cumplimento de los derechos es tergiversar la humanidad con la máquina de la guerra. Los estados se han apropiado de los derechos humanos, igual como el populismo se apropia de la democracia, pariendo a monstruos.

La ideología de Putin es también una burla del orden liberal pos-guerra fría. El neo-populismo de Putin representa las alturas de la grotesca perversión ideológica en el siglo XXI, mezclando, sin vergüenza, temas políticos de la derecha con los de la izquierda.

Durante los 90s, el escritor ruso, Eduard Limonov, disidente de la ex-Unión Soviética, también desilusionado con el Occidente, vio en el nacionalismo Serbo y su lucha en contra del OTAN un ejemplo para rehabilitar el pueblo ruso. Él fundó el Nacional Bolchevismo, que, junto con su nombre paradójico, se mezcló el fascismo con la memoria de un gran pasado del imperio soviético. Ahora, el difunto Limonov y su grupo intelectual, como Aleksandr Dugin, están considerado las bases filosóficas del putinismo. 

Así, Putin cultiva apoyo de las nuevas ultraderechistas en el mundo, como Bolsonaro y Trump, mientras se presenta como un aliado “anti-imperialista” para la izquierda internacional. Su discurso soviético es completamente estético, pero es suficiente para ganar el apoyo de muchos izquierdistas sobre el mundo, como la dirigencia del MAS en Bolivia. En su discurso, antes de la invasión, Putin justificó la destrucción de Ucrania como la “descomunización” de la herencia de Vladimir Lenin, enterrar el principio anticolonial de la autodeterminación nacional y hacer revivir las fronteras del imperio ruso.    

Sería error asignar una ideología coherente a Putin. Es oportunismo puro, autoritarismo, poder por el poder. El neo-populismo en el siglo XXI no solo es incapaz de crear una narrativa histórica congruente pero se siente mas cómodo operando desde la pos-verdad; la muerte de las grandes narrativas ideológicas del siglo XX, lo que los filósofos posmodernos exaltaron como la liberación, se ha convertido en una sentencia sin salida.

Lo que esta aprendiendo el pueblo ucraniano, de su lucha popular en contra de la invasión militar, es que ninguna alianza geopolítica va a bajar del cielo para salvarlo. Los juegos geopolíticos son de los estados, no de los pueblos. Los derechos humanos no provienen de las potencias estatales, pero de la conciencia de los pueblos para salvar a sí mismos, su humanidad y resistir al opresor. Es una gran lectura para aprender en el siglo XXI.

Devin Beaulieu es antropólogo.