Rafael Narbona

Tres corzos caminaban cerca de la carretera. Majestuosos, frágiles, ligeros, a veces se alineaban, alzando sus colas blancas al unísono. El padre Bosco pedaleaba lentamente, contemplándolos con una sonrisa. El calor había disminuido después de una semana de bochorno. A finales de junio se disfrutaba de una temperatura primaveral. Casi hacía frío. Eran las ocho de la mañana y el cielo se había cubierto de nubes. De vez en cuando, caían unas gotas. El sacerdote, lejos de cubrirse, levantaba el rostro y dejaba que bañaran su frente y sus mejillas. Le agradaba el tono gris azulado de las alturas. Le recordaba la paleta de Canaletto, con su capacidad para captar los matices, evitando los contrastes dramáticos. Ya había superado los sesenta años, pero a veces se planteaban estudiar historia del arte. ¿Por qué limitarse según se cumplen años? Quizás el próximo curso.

Los corzos se desplazaban sin prisas, olfateando la hierba. No les inquietaba su presencia. A veces lo miraban con curiosidad con sus enormes ojos negros, que parecían dos minerales incrustados en una superficie blanda y sensual. Eran unos ojos muy humanos. En su mirada no había solo instinto. De repente, se escuchó el ruido de un motor y los animales se asustaron, comenzando a correr. Contrariado, el padre Bosco aceleró, con la esperanza de no perderlos de vista, pero fue inútil. A los pocos segundos, habían desparecido. Un gigantesco todoterreno surgió de la nada, circulando a una velocidad temeraria. El claxon exigía paso, sonando sin interrupción. El cura se echó a un lado, algo atemorizado, y vio cómo se alejaba, pero inesperadamente los corzos reaparecieron unos metros más adelante y cruzaron la vía. El todoterreno giró bruscamente e invadió el carril contrario. La maniobra fue tan violenta que le hizo derrapar y precipitarse por el arcén, impactando contra el suelo con el techo. Se oyó un estrépito metálico. Los corzos desaparecieron, como uno de esas hojas que caen de los árboles y súbitamente son arrastradas por una ráfaga de aire.

El padre Bosco pedaleó con fuerza, angustiado por el accidente que había presenciado. ¿Quién viajaba en el coche? ¿Quizás una familia o solo el conductor? En esa zona, proliferaban los todoterrenos, pues resultaban muy útiles para la agricultura, la ganadería y la hostelería. Aunque había visto muchos cadáveres, un accidente era un hecho más truculento que morir en la cama y le asaltó el temor de toparse con una escena horrible. Al acercarse al vehículo, notó un fuerte olor a gasolina. Las ruedas continuaban girando, pero cada vez más lentamente. Bajó de la bicicleta y se agachó para observar el interior. Había una pareja de mediana edad, un hombre y una mujer de unos cincuenta años. Él estaba consciente, pero no podía moverse. Ella permanecía inerte. Sus ojos inexpresivos y una herida en la frente que sangraba abundantemente insinuaban lo peor.

El sacerdote intentó abrir la puerta del conductor, pero no pudo. Después de varios intentos, optó por pegar una patada al cristal y romperlo. Con cuidado de no herirse, retiró los fragmentos, apagó el motor y se dirigió al hombre:

-¿Está herido? ¿Puede oírme?
Un murmullo le confirmó que sí.
-¿Puede moverse?
-No –contestó el hombre-. No puedo mover los brazos ni las piernas.
-Voy a ver cómo está su acompañante. Ahora mismo regreso.
El sacerdote dio la vuelta y logró abrir la puerta del copiloto. La mujer no le contestó. Una mirada mineral, petrificada, sugería que la vida se había ausentado de su cuerpo. Agarró su muñeca y exploró su cuello. No tenía constantes vitales. Cerró sus ojos y volvió con el hombre.
-No se preocupe. Voy a pedir ayuda.
Sacó el móvil y comprobó horrorizado que no había cobertura.
-Tengo que alejarme un poco –dijo el sacerdote, dirigiéndose al herido.
-¿Por qué? –preguntó asustado-. Por favor, no se marche.
-No hay cobertura. Solo será unos instantes. Apenas haga la llamada, vuelvo.

El padre Bosco pedaleó con energía. Cada cinco minutos se detenía. Tras varios fracasos, consiguió al final conectar con una red y llamó a la Guardia Civil. Le pidieron que volviera con el vehículo accidentado y atendiera a los heridos hasta la llegada de auxilio.

-Ya estoy aquí –dijo, arrodillándose junto al conductor-. La ambulancia no tardará. ¿Cómo se llama?
-Andrés –dijo, suspirando-. Mi mujer parece muerta. No me contesta.
-Esperemos a ver qué dicen los médicos.
-No me engañe. Vi cómo exploraba sus constantes vitales. ¿Advirtió alguna señal de vida?
-Me temo que no, pero yo no soy médico.
-Ya veo que lleva alzacuellos. ¿Es cura?
-Sí.
-No es muy tranquilizador. Parece que está aquí para darme la extremaunción.
-¿Es usted católico?
-Un poco.

Andrés intentó moverse, pero solo logró girar ligeramente el cuello.

-Nos íbamos de viaje, ¿sabe? Hoy es nuestro aniversario de bodas. Queríamos celebrarlo pasando el fin de semana en un parador. ¡Qué desgracia!
-¿Llevan mucho tiempo casados?
-Treinta años.
-¿En qué trabaja usted?
-Soy teniente de navío, pero ya estoy jubilado. Mi mujer y yo nos conocemos desde la adolescencia. No me imagino la vida sin ella.

Andrés resopló, arrugando la cara.

-No siento las piernas ni los brazos. Creo que me he quedado tetrapléjico.
-Piense en otra cosa –dijo el sacerdote-. Cuénteme algo de sus viajes por el mar. ¿Recuerdo algo en especial?
-Sí, la primera vez que vi la costa de Groenlandia. Sus moles de hielo son impresionantes. Parecen teñidas de azul. Y los pueblecitos, con sus casas de colores, son preciosos. Había prometido a mi mujer llevarla hasta allí, pero ya no será posible.

El hombre empezó a toser con fuerza. El sacerdote sacó de su mochila una botella de agua y le ayudó a beber, sin saber si cometía una imprudencia. Afortunadamente, el herido pareció aliviarse. Dejó de toser y continuó hablando:

-En una ocasión vi una manada de ballenas. Son increíbles. Me hubiera gustado que mi mujer pudiera contemplarlas desde la cubierta de un barco.

De repente, Andrés perdió el conocimiento. Alarmado el sacerdote, pegó la oreja a su pecho y no oyó el corazón. Inició las maniobras de reanimación, pero fue inútil. Aunque lo intentó durante al menos durante media hora, el corazón no volvió a latir. El sonido de un motor y unas ruedas frenando en seco provocaron que alzara la vista hacia la carretera. Una ambulancia acababa de detenerse a su lado. De inmediato, bajaron dos sanitarios y, tras hacerle unas preguntas, comenzaron a atender a las víctimas. Enseguida, intercambiaron miradas de impotencia. El cura agachó la cabeza con visible consternación, pero le alivió pensar que había atendido al hombre en sus últimos momentos. Poco después, llegó un coche de la Guardia Civil, del que bajaron Yolanda y Juan Antonio, la pareja que patrullaba por Algar de las Peñas y otros pueblos.

-¿Vio el accidente? –preguntó Yolanda, con los pulgares hundidos en el cinturón del pantalón.
-Se cruzaron unos corzos y pegó un volantazo para no atropellarlos. Lo cierto es que circulaban muy rápido, casi como si huyeran de algo.
-Es que huían de algo –dijo Juan Antonio, observando a los sanitarios, que examinaban los cuerpos del hombre y la mujer-. A unos kilómetros, cerca de un cruce, atropellaron a un ciclista. Un testigo apuntó la matrícula y nos llamó. Llevábamos una hora buscándolos.
-¿De verdad? –preguntó el padre Bosco-. El conductor me ha dicho que era teniente de navío.
-Desde que trabajo como guardia civil –intervino Yolanda-, me creo la mitad de lo que me cuentan. Vamos a ver si llevan documentación.

Al acercarse, Juan Antonio reconoció al conductor:

-Ese es Vicente. Tiene un restaurante en Campillo de la Sierra.
-¿No es marino? –preguntó el sacerdote.
-¡Qué va! Nunca se ha movido del pueblo.
-Ya no irá a ningún sitio –dijo uno de los sanitarios-. Ha fallecido.
-¿Y la señora? –preguntó Yolanda.
-También.
-Se llamaba Guadalupe –dijo Juan Antonio-. Y no era su esposa. Estaba casada con el dueño de un taller de coches.
-¿Cómo es posible que alguien mienta mientras agoniza? –musitó el sacerdote.
-Quizás porque no le gustaba su vida –apuntó Yolanda.
-Es posible –dijo Juan Antonio-. Vicente odiaba el restaurante. Siempre repetía que cuando ganara bastante dinero se dedicaría a viajar. Estaba obsesionado con Groenlandia y con las ballenas. Tenía fotografías en las paredes con paisajes de la costa y con ballenas asomándose por encima del mar.
-Todo parece encajar –dijo Yolanda-. Atropellaron al ciclista y temieron que eso sacara a la luz su aventura.
-Tampoco querrían cargar con un homicidio –observó Juan Antonio.
-Será mejor que se marche, padre –sugirió Yolanda-. Aquí ya no tiene nada que hacer.

El sacerdote se acercó a los cadáveres, los bendijo y rezó una oración en voz baja. Después, subió a su bicicleta y continuó el paseo. A los pocos minutos aparecieron los tres corzos que habían provocado la tragedia. No se lo recriminó. Ese territorio les pertenecía mucho antes de que el hombre se instalara en él. Al igual que las ballenas de Groenlandia, se limitaban a moverse libremente. Los límites son cosa del ser humano. Uno de los corzos se detuvo y le miró. Verdaderamente, sus ojos eran muy humanos y transmitían inocencia, inmediatez, simplicidad.

Se escuchó un trueno y empezó a llover con fuerza. El padre Bosco no intentó protegerse ni pedaleó, buscando un refugio. El agua le parecía un bálsamo, no una molestia. Los corzos tampoco parecían molestos con la lluvia. El cielo ya no era de Canaletto, sino de Turner. A pesar de sus imperfecciones, pensó el sacerdote, el mundo era un lugar hermoso.