No sé si fue la lluvia o el humo del río lo que permaneció más tiempo en el aire. A veces la memoria se disfraza de clima, y lo que uno recuerda no son los rostros, sino la densidad del aire después de ellos.
Renato Sandoval Bacigalupo
Llegué a Luzhou, a medio camino entre Chengdú (Sechuán) y Chongqing, cuando las barcazas se mecían contra la tarde y un olor agrio y dulce, como de ciruela fermentada, ascendía desde las bodegas antiguas. Allí el tiempo no camina: se destila.
La ciudad me recibió como una copa olvidada sobre la mesa. El viento pasaba por las callejuelas húmedas y cada esquina tenía el color del ámbar. En el templo del licor, los obreros mezclaban la masa viva del sorgo con gestos que parecían plegarias. Había en sus manos una sabiduría más antigua que la palabra: el modo en que una sola gota, al caer, contiene al mundo.
Yo venía de otro lugar, de un antes. No importa ya cuál. Había algo roto que no quise nombrar. Lo dejé en la estación de tren, entre dos maletas de humo, y caminé sin rumbo hasta sentir que el aroma del baijiu —ese fuego transparente— comenzaba a abrir en mí un pasaje. Luzhou Laojiao 1573: el número de una memoria líquida, el año en que se abrió la primera destilería, un año que no viví pero que, al tocar mi lengua, ardía como si fuera mío.
Bebí.
No para olvidar, sino para volver a oír el eco.
El vino no consuela: traduce. Y en su traducción, el dolor se vuelve canto.
El primer sorbo era el presente: nítido, punzante.
El segundo, el recuerdo: un reflejo de aquello que se fue.
El tercero, la reconciliación: el fuego que ya no quema, sino ilumina.
Entonces comprendí que el acontecimiento —aquel que había marcado mi salida— no había terminado. Solo había cambiado de forma. Lo que fue pérdida se filtraba en el licor como en los poros de la tierra que duerme. Luzhou entera parecía exhalar esa alquimia: un silencio de vasijas enterradas, un rumor de levaduras que respiran bajo el suelo.
En las orillas del Yangtsé, la noche se llenó de reflejos inciertos. Los faroles parecían frutas suspendidas, y yo, con la botella entre las manos, sentí que algo se disolvía: una frontera, una voz, tal vez la mía. Todo se volvía líquido. En cada trago, una sílaba se disolvía en la garganta del mundo.
Los ancianos del lugar dicen que el vino verdadero no se bebe: se conversa con él. Lo sostuve un rato, mirando su transparencia bajo la lámpara. Y creí oír, entre el vapor del alcohol y el rumor del río, la respiración del pasado. Era leve, como una brisa que regresa solo para asegurar que aún existimos.
Más tarde caminé hacia las colinas. Desde allí, Luzhou parecía un cuenco de fuego respirando en la niebla. Pensé en quienes había amado, en los nombres que el tiempo había borrado del papel. Pensé también en la fermentación de los días: en cómo la tristeza, si se deja reposar lo suficiente, se convierte en perfume.
El baijiu 1573 fluía todavía dentro de mí, no como un olvido, sino como una claridad. Y supe —sin decirlo— que aquel acontecimiento, aquel «mismo» del que yo venía huyendo, había encontrado su reposo. No en el silencio, sino en la transformación: lo que se evapora vuelve a la tierra, lo que arde en la garganta vuelve al corazón.
Luzhou dormía.
En la distancia, las bodegas exhalaban su aliento de siglos.
Y yo comprendí que también nosotros, los que vagamos después del mismo, somos solo fermentos de una memoria más amplia, destilaciones del tiempo que nos precede y que a veces nos ahoga.
Renato Sandoval Bacigalupo (Lima, 1957) es profesor de literaturas europeas, doctor en Filología Románica y traductor. Ha publicado poesía y ensayo. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura, Perú, en 2019, mención especial en Poesía.