Christian Jiménez Kanahuaty
Durante la tarde del jueves 30 de abril, una fuerte lluvia que luego se convirtió en una estruendose granizada, alertó a muchos vecinos de distintas zonas de la ciudad. Las calles se alfombraron de granos de hielo. Se generaron algunos percances en las vías, pero el mayor miedo se despertó en la dirigencia de la Central Obrera Boliviana. Ellos miraban granizar desde sus oficinas esperando que el cielo se descargara para que, de ese modo, al día siguiente -primero de mayo- el cabildo programado a realizarse a la altura del teleférico rojo en la ciudad de El Alto, pudiese realizarse sin complicaciones ni percances. Después de todo, el programa estaba cerrado, los invitados habían confirmado su asistencia y se encontraban en camino comisiones y delegaciones de ciudades como Tarija, Cochabamba, Oruro, Pando y Santa Cruz.
El cabildo no se postergó. Inició al promediar las once de la mañana. Los oradores dispuestos como siempre alertaron del estado de situación que sufría el país en cuanto a temas como el salario, los ajustes en salud y la reforma a la ley de educación: esgrimieron cada uno a su modo, la invocación de viejos fantasmas, que no por viejos, menos conocidos.
El primero de ellos fue la reminiscencia del cerco de Tupak Katari. La gran sublevación de 1781 evocó la fuerza campesina. Esgrimió la capacidad organizativa para bloquear una ciudad y para establecer la propuesta de un gobierno propio. Katari revoloteó por la memoria y se hizo serpiente en las calles de El Alto convertida en las miles de personas que se congregaron para dar su voto resolutivo en el cabildo por el bloqueo de caminos, la presión desde las calles hasta que el gobierno retroceda en sus medidas.
El segundo fantasma no se hizo esperar. Fue invocado con gritos y petardos. Fue el fantasma de la ciudad rebelde, la ciudad que en 2003 había derrocado a un presidente. Fue el fantasma de la Guerra del Gas. Si el primer fantasma fue llamado por la dirigencia de la CSUTCB, este otro se hizo cuerpo desde las palabras de la dirigencia máxima de la Central Obrera Boliviana.
Este fantasma tuvo, sin embargo, un doble motivo: por un lado, se enlazó en los discursos la necesidad de presionar al gobierno a retroceder en sus medidas y se entendió que la presión podría derivar en un cambio de gobierno impulsado desde las calles. Por el otro, la cuestión salarial y las reivindicaciones del magisterio urbano y rural dieron sentido a una propuesta de nuevas leyes, derogación de cualquier medida que restringiera las actividades laborales de los maestros y atentara contra su formación y escalafón.
Estos fantasmas estaban dispuestos a irradiar fuerza a los movilizados, pero en el cabildo del primero de mayo también estuvo la memoria de los mártires de Chicago y la idea de que, a pesar de todo, se debía estar en pie de lucha y celebrar aquel gran día en memoria de todas las luchas organizadas por los trabajadores en beneficio de los pueblos del mundo.
La retorica de los discursos fue de lo local a lo nacional, de lo particular a lo universal y de lo concreto a la abstracción. Y quizás por ello, las memorias de los fantasmas se convirtieron en dos relatos que no pudieron fusionarse en un solo libro. El libro de las luchas todavía debe librar una batalla interna antes de salir a las calles en busca de la disolución del gobierno.
La gran batalla es fusionar las dos memorias. Simbólicamente, muchos de los presentes manifestaron que el cabildo desarrollado por “el compañero Condori” -realizado también en la ciudad de El Alto, el 11 de abril- fue muy diferente porque en él había presencia de polleras, ponchos, pututus y de discursos en aymara. En cambio, en el cabildo del primero de mayo, flamearon banderas del PC, cascos mineros, chamaras de cuero, pantalones jean y botas con puntas de acero. Esas dos formas de entender Bolivia desde las organizaciones son dos maneras de entender el país desde las calles y los territorios.
Y se cristalizan en dos tesis: la tesis de las dos bolivias y la tesis de la revolución permanente, ambas hacen crujir las calles cuando se levantan por separado, pero juntas en cambio, se limitan, contradicen y perjudican entre sí. Porque quien mira las organizaciones como entes individuales podrá reconocer agendas políticas concretas y planteamientos esquemáticos. Es en el momento en que intentan coincidir en sus planteamientos y demandas que el movimiento se erosiona.
Esta puede ser una ventaja para la negociación. Pero es también una desventaja de los propios principios de la democracia política e intercultural en Bolivia. Dos organizaciones históricamente eficientes a la hora de postular modelos de país, hoy no pueden coordinar acciones. La democracia es un horizonte de futuro en el cual no se vislumbran como actores capaces de compartir el poder.
Ambos fantasmas hacen carne de cualquier ilusión otorgada por el traspié gubernamental, pero capitalizar el error tiene más que ver con el propio espíritu de las organizaciones que con la eficiencia del gobierno.
El dialogo y la concertación, en el presente pasan por otras dinámicas, porque el país ha cambiado tras los años que gobernó el MAS. Su presencia electoral, sindical y política cambió las reglas de juego y hoy también las organizaciones están reconociendo este hecho.
El cabildo pudo haber sido el momento del estallido social, sin embargo, fue el instante a través del cual las organizaciones vieron su propio potencial. Hicieron autocrítica en público mientras daban su diagnostico sobre el estado de situación del país. Ambas formas de plantear el problema, enlazando lo público con lo privado también revela que las organizaciones han roto su propio cerco. Se muestran vulnerables porque también están confundidas. Y es que quizás nunca se les ocurrió que frente a un gobierno débil les sería tan difícil tomar el poder.
Pero el poder no se toma, se ejerce. Y ése es el momento en el que los fantasmas son conjurados, y retroceden. Es el miedo a la victoria lo que les impulsa a la evaluación y al dialogo. Es el miedo a la victoria lo que hace que sus demandas sean desmesuradas, intercambiables e imposibles de negociar. Y esto según el gobierno y su visión de corto plazo, les da la ventaja. Pero desde la perspectiva de las organizaciones los posiciona como renovados lideres sociales que querellan al gobierno para deslegitimar, una vez más, al Estado, porque a su entender por más que sea llamado plurinacional, no deja de tener rasgos neoliberales. Y esto no es sino otra herencia del MAS.
Ya se dejó el tiempo del maximalismo, del todo o nada: hoy el tiempo está marcado por la nueva constitución de las organizaciones sociales en procura de un adecuamiento a las reglas de juego que han quedado como herencia tras la salida del MAS del gobierno.
El cabildo deja lecciones: la primera es que tanto la memoria campesina como la obrera todavía no se encuentran en situación de establecer un mismo relato de transformación social. La segunda, que el gobierno funciona de forma reactiva. Tras la demanda de sectores sociales, recién postula soluciones, incapaz de adelantarse a cualquier movimiento. Tercero: las organizaciones han roto sus paredes y ahora hacen autocrítica en público. Esperando de ese modo conjurar una solución en asamblea, pero hoy la asamblea no desea diagnóstico, quiere soluciones. Y finalmente, la memoria política sigue siendo un catalizador, pero de tanto presionarlo ahoga a obreros y campesinos, agotándolos en su trance por recuperar su viejo protagonismo. Son un motor siempre presionado, pero nunca encendido.
Así que esta coyuntura política hace síntesis de todas las contradicciones heredadas. Y postulan, entre los discursos, una pelea callejera que tiene más de lucha y reivindicación por las identidades de los sectores que por las demandas orgánicas propias de cada organización y movimiento.
Mientras que por su parte el gobierno, todavía lucha por encontrar su estilo de gobierno y el sentido que tiene gobernar en un país que todavía no entendió que otro tiempo es el presente. Y que, por tanto, las organizaciones, la democracia, el poder político y los partidos se siguen pensando a la luz del gobierno de Morales y a la sombra de la crisis económica heredada de un modelo económico que apuntalando la transformación productiva no hizo sino generar nuevos enclaves económicos de desarrollo amparados en formas laxas de entender la plurinacionalidad y el desarrollo económico lejos del capitalismo en su faceta extractivista.