Enseñar "de lejos"

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El concepto central es ese, “educación a distancia”, una forma de facilitar el aprendizaje descartando la presencialidad, esto es, la coincidencia en tiempo y espacio de profesores y alumnos, y que puede ser ejecutado de formas diferentes, desde los medios más tradicionales como el correo postal para el envío de materiales impresos y grabaciones, hasta las tecnologías de punta basadas en la internet, pasando, claro, por la televisión, la radio o el teléfono.

Las circunstancias sanitarias actuales han puesto el tema en la agenda pública –y esta vez parece que la cosa va en serio–, develando una serie de intereses, prejuicios y mitos que impiden una cabal comprensión del fenómeno y las posibilidades reales para su aplicación, principalmente en la educación superior que es la que más conozco. Pasemos a desglosar, muy superficialmente aún, algunos de ellos:

a. Conectividad (Mito 1). Si lo que se pretende es una salida cómoda para el docente, basta con mantener la misma lógica de clase presencial solo que esta vez mediante videoconferencias, para lo que el alumno precisará de una conexión a internet de banda suficiente y una buena cantidad de megas, lo que en las condiciones actuales, puede apartar del proceso a una gran parte del estudiantado, muchos de ellos del área rural y economía magra. La alternativa descrita en el siguiente punto, si bien más trabajosa para el profesor, se erige como la opción posible, pero precisa del re-diseño de contenidos y metodologías.

b. Sofisticación tecnológica (Mito 2). Se cree que la educación a distancia debe, para ser de calidad, sustentarse en tecnología de punta, mejor si es costosa. Nada más alejado de la realidad, la tecnología es solo un mecanismo auxiliar y que se debe adecuar a las características de lo que se pretende enseñar y a las circunstancias del entorno, que en nuestro caso, linda en la pobreza. Así, pretender elaborar materiales en realidad virtual o seguir impartiendo exactamente las mismas clases presenciales pero esta vez mediante videoconferencias, quizás no sea lo óptimo para un país en  el que los estudiantes no se encuentran permanentemente conectados a la red con un ancho de banda suficiente y con el crédito de navegación suficiente. Sería más adecuado a nuestra realidad el maximizar el uso de los medios tradicionales, una simple presentación en Power Point que ahora nos ofrece maravillosos recursos para re-diseñar contenidos y, a partir de ello, elaborar una serie de videos didácticos con la participación activa del profesor, los que pueden ser distribuidos gratuitamente en un CD a los cursantes o ser colgados en el aula para ser reproducidos en streaming las veces que se juzgue necesario o, mejor, ser descargados al disco duro receptor, junto con los demás materiales de apoyo. Los medios síncronos (chats o videoconferencias) se dejarán solo para la discusión y el debate formativos en momentos clave y con grupos reducidos.

c. Factores culturales (Mito 3). Algunos atribuyen a nuestra idiosincrasia la imposibilidad de ingresar a formas distintas de enseñar y aprender, como si identidad cultural y tecnología fueran dos aspectos antitéticos, irreconciliables. Absurdo desde todo punto de vista, peor tratándose de jóvenes, quienes pese a nuestro rezago técnico general, cuentan ya con las destrezas suficientes  para desenvolverse apropiadamente en un ambiente educativo basado en las tecnologías de la información y comunicaciones en red. La brecha tecnológica existe pero no es tan ancha como para impedirles gozar de procedimientos de aprendizaje más abiertos y acordes con las tendencias mundiales (ver: Cibersociedad).

d. Baja calidad (Mito 4). Así como una experiencia educativa presencial puede ser pésima (ejemplos huelgan) una experiencia a distancia, puede también serlo, todo dependerá de la pertinencia del diseño pedagógico, la solidez de la plataforma,  la calidad de los contenidos y la facilitación. Por consiguiente, pretender deslegitimar un instrumento solo por la impericia de quien lo maneja resulta ser bastante arbitrario.

e. Teoría y práctica (Mito 5). Sí, una forma de aprender es a partir de la práctica, pero demostrar la existencia de unos hechos o fenómenos no necesariamente pasa por reproducirlos físicamente. Me explico: a) Si quiero enseñar que el fuego quema a partir de lo que pasa en la práctica, no es necesario hacer que el alumno meta el dedo en la flama de la vela y se escalde, bastará con mostrarle videos o fotografías que revelen gráficamente el efecto del calor extremo en la piel humana o en objetos de distinto tipo; o b) Si quiero enseñar a operar una sierra mecánica, un tractor o un dron, sería probablemente más útil recurrir previamente a medios audiovisuales donde se describa en detalle y paso a paso el procedimiento de manejo, ello permitiría reducir al máximo los momentos de presencialidad para la práctica material que deba ser necesariamente física, lo mismo para los exámenes y evaluaciones. Y no olvidemos que también se puede aprender a partir de la teoría, pues el pensamiento abstracto es lo que nos distingue de las bestias, para luego recién aterrizar en la práctica, todo depende del diseño pedagógico.

f. Temores gremiales (Mito 6). Se suele pensar que este tipo de soluciones educativas desplazarían la labor docente, arriesgando su estabilidad laboral. Otro prejuicio sin fundamento, pues quien haya facilitado procesos educativos virtuales con un cierto nivel de calidad, sabe bien que el esfuerzo docente en estas experiencias es mucho mayor. Baste imaginar la agotadora tarea de dar respuesta personalizada a cien alumnos en un foro de discusión en plataforma. Y eso debe ser correctamente entendido por las autoridades universitarias, pues un profesor no puede hacerse cargo de grupos grandes de educandos sin arriesgar la calidad y sin caer en un cierto grado de explotación laboral.

Sin duda, son muchos más los puntos de refriega en esta interesante discusión, pero los escuetamente descritos son los que por ahora identifico y juzgo relevantes; sin embargo, se trata apenas un primer punteo. La necesidad es acuciante y debate está abierto…

Iván Arandia es Doctor en Gobierno y Administración Pública