En el ser de las cosas está el sosiego

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“Ya está bien de buscar el escándalo, la división entre análogos; cuando a lo mejor es más saludable hacer retiro, callar y volverse silencioso”.

Hay que ejercitar el cultivo de la verdad en todos los lenguajes existenciales, volver al ser de las cosas, retornar a ese espíritu claro, que nunca se adueña de nada, ni tampoco cae en la manipulación y menos aún en la confusión. Necesitamos que el abecedario de lo auténtico renueve actitudes en nosotros, para retomar otras atmósferas más verídicas que nos serenen, con nuevas disposiciones a entendernos. Por consiguiente, nos hará bien renovarnos, penetrar a fondo en los pensamientos y emociones, al menos para engendrar una mentalidad acorde con la conciencia. En efecto, no puede haber concordia si no hay evidencia que ofrecer para garantizar la transparencia de vocablos. Por desgracia, lo corrupto nos invade, y cada día es más difícil reconocer y valorar lo que es cierto. Será nefasto, por tanto, continuar retrocediendo en actitudes intolerantes, con el único desvelo de extender el menosprecio y el rencor.

Reconozco que no es fácil desenmascarar tanta corriente irresponsable que nos enjaula en sus doctrinas, quitándonos ese soplo libre que todos nos merecemos. Desde luego, será saludable internamente que nos redescubramos en este vuelo auténtico, cuando menos para estar en paz con nosotros mismos, que es lo que nos lleva a un análisis constructivo, de confianza y laboriosidad inspiradora. Lo importante es abrir verdaderos caminos de unidad y unión, sin ambigüedades y pensando en positivo siempre y sin cosméticos aparentes. Para empezar, uno ha de ser lo que es, un ciudadano creativo, dispuesto a continuar creciendo y encontrándose, para llegar a un punto de madurez cabal e independiente. No desfiguremos nuestros innatos andares, con todos sus cansancios y sus sueños, con sus anhelos y desganas. Hablemos claro y profundo. Los problemas se agravan cuando en realidad dejamos que nos trituren visiones que nos deshumanizan por completo.

Sinceramente, me niego a que me domine y me roben los días, este supermercado de ídolos que nos hemos creado. Llegó el momento de plantarse, de decir basta a este cúmulo de modelos destructivos, que nos golpean el sentido originario del innato movimiento. Precisamente, la mejor salud que podemos atesorar radica en movernos en la certeza y en realizar la conformidad con hechos. Esto, sin duda, requiere mucho amor y mucho amarse,  a corazón abierto, que es lo que hace espigar el bien y la bondad. En consecuencia, hemos de huir de las simplezas y de los artificios que son los que nos eclipsan como seres pensantes. Lo trascendente, al fin y al cabo, reside en alejarse de este brío inhumano que todo lo funde y lo confunde con la falsedad y con el mal. Por eso, ante la multitud de retos mundiales, sólo cabe una búsqueda fiable, verificada y universalmente accesible a todos, para salvar caminos que nos reconduzcan a la vida y reconstruir sociedades fuertes, para que la persona pueda adaptarse positivamente ante las situaciones adversas.

En una época de engaño continuo, lo genuino tiene que tomar carta de naturaleza, por muchas tormentas que se nos avecinen. Ya está bien de buscar el escándalo, la división entre análogos; cuando a lo mejor es más saludable hacer retiro, callar y volverse silencioso. Olvidamos, con frecuencia, que la auténtica exploración de lo armónico nos pide tomar cognición de que el ser de las cosas, es algo que nos concierne a todos, puesto que es decisivo para un futuro pacífico de nuestro planeta. Por otra parte, también resulta público y notorio, que la quietud es un deseo interno e imborrable en el alma de cada ser viviente, por encima de todas las evoluciones y revoluciones habidas y por haber; precisamente por eso, cada ser humano debe de sentirse comprometido en la entrega de servicio incondicional, evitando que ningún tipo de simulación infecte las relaciones entre vecinos y no podamos transferir ese porvenir seguro y sosegado a las generaciones posteriores. Dicho queda. Pongámonos como deber, el de corregirnos.

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