“La paz comienza con una sonrisa.” — Madre Teresa de Calcuta
Jorge Larrea Mendieta
Soñé que el mundo se detenía. No por miedo, sino por cansancio. Como si la humanidad entera hubiese comprendido, al fin, que la violencia no tiene destino, que la guerra no tiene victoria, que el dolor no tiene patria. Soñé que las fronteras se desdibujaban, que los idiomas se entendían sin traducción, que los pueblos se reconocían en sus heridas y decidían no abrir nuevas.
En ese sueño, Gaza no era una palabra que dolía, Ucrania no era una línea de combate, Sudán no era una sombra. Los niños volvían a sus escuelas, los adultos reconstruían sus casas, los ancianos sembraban sin temor al cielo. Las armas eran herramientas de trabajo, los soldados eran voluntarios de salud, y los himnos ya no hablaban de gloria ni de victoria, sino de memoria, de reconciliación, de futuro compartido.
Recordé a Gandhi, que dijo que “no hay camino para la paz, la paz es el camino”. A Benedetti, que escribió que “la esperanza tiene piel de niño”. A Rigoberta Menchú, que enseñó que la paz no se impone, se cultiva. A Gloria Fuertes, que defendió la ternura como forma de resistencia. A John Lennon, que imaginó un mundo sin posesiones, sin países, sin guerras. A Miguel Hernández, que en medio del dolor escribió: “Tristes guerras si no es amor la empresa”.
Y el sueño continuaba. No había banderas, ni desfiles, ni discursos. Solo personas. Personas que decidían no matar. Personas que decidían no odiar. Personas que decidían vivir. Vi a mujeres reconstruyendo escuelas con sus propias manos, a hombres llorando sin esconderse, a jóvenes que elegían quedarse en lugar de huir. Vi a poetas en las plazas, a músicos en las fronteras, a médicos que curaban con palabras. Vi a la humanidad reconociéndose en el otro, sin miedo, sin prejuicio, sin rencor.
Pero desperté. Y el mundo seguía girando. Con más de 50 conflictos armados activos. Con más de 100 millones de personas desplazadas por la violencia. Con más de 120,000 muertes anuales causadas directamente por guerras, enfrentamientos y terrorismo. Con millones más afectadas por hambre, enfermedad y trauma como consecuencia indirecta. Con niños que no conocen otra cosa que el sonido de una explosión. Con madres que entierran a sus hijos sin entender por qué.
Entonces escribí este sueño. No para olvidarlo, sino para compartirlo. Porque si lo soñamos juntos, si lo decimos en voz alta, si lo convertimos en decisión, entonces el sueño de ayer puede ser el comienzo de la realidad de mañana.
Y mientras escribo, vuelvo a cerrar los ojos. Vuelvo a soñar. Porque la paz, aunque aún no la veamos, sigue esperando que alguien la despierte.