El sueldo del presidente

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A raíz de unas declaraciones de nuestro amado líder y gran timonel, en relación al sueldo que percibe, se ha levantado una pequeña polémica en las redes sociales. Si bien es cierto que el sueldo del “magnifico”, comparado con otros mandatarios del continente, no es la gran cosa, también es cierto que, a nuestro conspicuo personaje, no le gusta mucho trabajar, anda en permanente joda.

No podemos negar que al individuo en cuestión le gusta madrugar; al pedo, pero temprano. Le encanta joder a sus ministros y a toda la tropa de llunkus que están a su servicio. Como a todo déspota, le produce orgasmos múltiples hacer sentir su poder, le gusta atropellar y pisar a los subalternos, quizás para aliviar un poco su complejo de inferioridad, quien sabe, hay muchos trascendidos al respecto

Volviendo al tema. Estoy de acuerdo en que todo funcionario, público o no, debe recibir una remuneración acorde con la responsabilidad, el conocimiento y la capacidad que tiene. Además, debe ganarse el sueldo mostrando resultados concretos, y no solo propaganda. Nuestro mandamás confunde el trabajo de presidente del estado, con andar inaugurando escuelas, campos deportivos, sistemas de riego, letrinas y hasta sucursales bancarias a lo largo y ancho del país.

Cree que gobernar es un concurso de popularidad, anda con todo su equipo de futbol a cuestas, jugando partiditos donde se le ocurra, y encima los hace transmitir en vivo por el canal estatal. Le gusta que lo aplaudan, que lo vitoreen, quiere sentirse amado, sabe que sin el poder no es nada, por eso se aferra tanto a él. Cree que el estado es suyo, que el país es su propiedad privada, que puede disponer libremente de todos sus recursos, sin rendirle cuentas a nadie, menos a los ciudadanos que somos los que, finalmente, pagamos su salario

Todo ese despliegue de poder cuesta mucho dinero, que no sale del bolsillo de Morales, sale de nuestro bolsillo. Morales es el presidente más caro de la historia de Bolivia. Así que su sueldito es una bicoca, comparado con lo que nos cuesta su desmesurado ego, su enfermiza vanidad y su ridículo narcicismo