El qué dirán

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Daniel Averanga Montiel / Para Inmediaciones
(En apoyo a Rilda Paco y repudio a mojigatos, bisoños y devotos de Torquemada)

Les encanta que piensen en ellos como seres ideales, perfectos y humildes; se presentan así, que trabajan todo el año, que se rompen el lomo y que necesitan quitarse el estrés por medio del baile, ¡ah, pero no bailan en los antros, no, al contrario: vuelven en antros a iglesias y calles durante una o dos veces al año!; piensan que el mundo gira alrededor de sus buenas intenciones, las mismas que solamente se plasman en sus modos de ostentar su esfuerzo por pertenecer a un colectivo que cobra membresías y que los conduce por caminos de glamour (pero que, quitando las cervezas, es pura fantasía, pirita, promesas de cementero, hijos de cocalero, embarazos de intelectual); piensan que se los tiene que respetar por encima de los demás, que sus inversiones en trago y en trajes de moreno, diablo o caporal son la gloria, el último escaño de su fatigoso ascenso social… Y no solo hablo de las personas que bailan en el Carnaval de Oruro. Somos de una idiosincrasia peculiar, nos encanta emular idealidad por medio de hitos que a los demás les vale un “pepino”; acá en La Paz igual sucede. Recuerdo la vez que, siendo Gran Poder, iba en el micro 27 y pasamos por una zona que celebraba, paralelamente, esa festividad tan bien descrita por Juan Pablo Piñeiro. Estuvimos casi media hora rogando poder pasar para subir a El Alto. Un tipo morado por cargar su traje de moreno y por la dieta pro-diabetes que de seguro ya le pasó factura, le espetó al chófer, una vez cortábamos su baile: “Yo puedo bailar al menos y no estoy de esclavo como vos”.

Ostentar, hacer que los demás nos digan: “Bien hecho, felicidades” y ser el centro de atención, se ha vuelto crónico, casi patológico, en la población. Basta con ver los vídeos de morenadas y la historia eterna que muestran en cada uno de sus fotogramas: Pareja feliz que de pronto se separa entre lamentos con cerveza o un whisky bien caro, el tipo no tiene panza, se viste con jeans y camisa prístina, maneja un auto como el que usaba Paul Walker cuando se sacó la mierda en 2013, nunca está despeinado, almuerza en palacios tipo hindúes pero que son edificios con semicholets y lo rodean mujeres apetecibles; mientras, por otro lado, la mujer separada sufre la ausencia del Macho Chinchilla Espalda Plateada, por no decir gorila. En medio de la canción se lo ve al Chinchilla rezando a un santo de estuco, sus expresiones son de “me sacrifico por mi mamita/patrono”; ni Tonchy Antezana podría haber filmado algo más ridículo.

Así creen que es su vida: como un clip lujoso y con “dignidad”.

Ya muchas veces me topé con esa clase de personas. Esas que quieren enseñarte a ser como ellos, que tienen la televisión más grande, que usan Blue-Ray y no DVD, que dicen “hijo” a cualquiera, que de pronto se jactan de viajar a tal parte por negocios para que los demás les tengan envidia, las que no poseen colores grises en su visión del mundo: quien sigue su camino será exitoso, quien lo cuestiona le tiene envidia, no hay otro camino para ellos. Tu envidia es mi bendición, diciendo.

A veces, solo a veces, los asalta la cordura y preguntan cómo carajos se cría a un adolescente, cómo se les enseña a ser buenos ciudadanos en tanto a las nuevas tecnologías y la peste que les enseñan en los colegios. “Quiere ser licenciado ingeniero y no sé qué es eso; yo quiero que siga el negocio familiar nomás”, me dijo alguna vez uno de estos personajes.

Vacíos, pues. No hay otra forma de decirlo. Puedes bailar para la mamita del Socavón, para la de Copacabana, para el Tata Santiago, para Santa Cecilia; puedes gastar tus cientos de bolivianos gritando “¡Con fe y devoción, carajo!”, pero eso no quita que seas lo que eres y cómo te enfrentarás al juicio del tiempo. No hay diferencia, les digo, entre esos imbéciles que descuidan a sus hijos por quedar bien en las redes sociales y los que trabajan como descosidos para mostrarse geniales en entradas folklóricas.

Tras el caso mediático de Rilda Paco, de su pintura de la virgen con tanga y medias nylon de tono sobrio y la posterior reacción violenta de la gente “devota” de Oruro, las redes sociales se han visto plagadas de muestras de apoyo a la artista y de repudio por parte de los simpatizantes que creen que la virgen siguió siéndolo después de parir a Jesús; insultos, amenazas, intentos por imponer lo moral o lo correcto fueron las primeras repercusiones; en tanto que respuestas en arte espontáneo y apoyo a Rilda fueron las posteriores reacciones. Una batalla que quizá se mitigue con el tiempo, pero que demuestra otra cosa: a muchos les arde el qué dirán.

Es como el bodrio llamado libro de Marie France Perrin, “Extravaganza Andina”, mucho ruido para semejantes higos en vez de nueces. Que hagas énfasis en la forma y no en el alma de lo que quieres consolidar, que poses el sentido de lo que presentas y olvidarte de lo que quieres a futuro, es un pedo en la oscuridad llamada humanidad. Eso es al final el folklore sin fundamento en nuestro país. ¿Eres devoto de la virgen? ¿Eres católico? ¿Crees que eres un buen ciudadano? Entonces aporta tus cientos de bolivianos en algo mejor que bailar como mono, invierte en devoción a nuestro país y a nuestra sociedad, y por amor de los cielos y de la virgen, sea que tenga bóxer, tanga, cacheteros, bikini o un lienzo tierno, ¡no mees ni vomites en las iglesias!


[1] Escritor orureño/alteño, ojo: solo vomita en retretes.