Dos coma tres gramos de haschish

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De: Maurizio Bagatin / Para Inmediaciones

“¿Acaso un hombre puede narrar otra historia que no sea la suya?” – Henry Miller –

Fue al retorno de un viaje. Muchos amigos nos habían advertido que no debíamos confiar en algunos hijitos de papá, eran demasiados construidos y muy aprovechadores: eran unos petit bourgeois de la peor especie… y fueron, en época prerisorgimental, cobradores de impuestos, eran marchigiani, en fin era mejor tener un muerto en casa, que un marchigiano a la puerta. Y así el lunes – habíamos vuelto la noche del domingo – por la mañana, habrán sido las once cuando el Buitre -fue a consultar el médico, preocupado por el estado de salud de Paolo- abrió la puerta y nos encontró, a mí y al Paolo charlando sobre la posibilidad de irnos un tiempo a París, allí Andrés y su chica nos ofrecían hospitalidad y podíamos trabajar en el restaurante de su amigo chileno, mientras abrió la puerta vimos que su movimiento teatral indicaba algo, con la boca gesticulaba el termino carabinieri y con el cuerpo -siempre al italiano se lo intenta etiquetar de teatral, Pirandello vivió completamente atraído por esta personalidad y el Buitre, con su cuerpo de marioneta, lo era sublimemente- intentaba indicar la presencia de las fuerzas del orden.

Entraron, detrás de él, in primis el Comandante del cuartel -no lo reconocí de inmediato porque no vestía uniforme y creí fuese el médico que venía a visitar a Paolo- un claro fruto del sempiterno desempleo del sur de Italia, si no lograban entrar en el Ejército, en la Policía o ser reclutados por una de las organizaciones mafiosas del territorio, se podían siempre hacerse políticos, capataces o carabinieri (un viejo chiste narra que el examen de admisión es la prueba del martillo: si con un golpe firme en la cabeza el martillo resiste, uno viene de inmediato enrolado); luego entraron otros cuatro miembros del arma (así se conoce en Italia al cuerpo de los Carabinieri, que es parte del Ejército italiano), al primero lo reconocí, era el Appuntato que algunos meses atrás nos hizo parar, mientras volvíamos del trabajo yo, el Buitre y el Chef en su mítica VW Polo, y nos preguntó -según él debido a la velocidad con la cual habíamos entrado en la plaza principal del pueblo- si pensábamos estar en Indianápolis, su acento del sur me hizo entender que nos había preguntado si pensábamos estar en Nápoles, a equivoco aclarado me pidió mis documentos y me preguntó porque uno del norte como yo iba a vivir al centro, y yo le contesté que lo hacía igual que uno del sur – como lo era el -necesitaba, podía o quería hacerlo: por trabajo, por amor, por irse de una realidad que aborrecía…

El segundo era un carabiniere di leva, uno que por haber estudiado y por querer ganarse un sueldo casi regular, en lugar de hacer el rutinario servicio militar, prefirió enrolarse voluntariamente en los carabineros y arriesgar un año así, tal vez mañana firmar para luego hacer carrera: tenía 19 años y era originario de Gioia Tauro, en Calabria; luego venían los veteranos del cuartel, el burócrata del cuartel, el que no logró hacer carrera, y el mariscal – un clásico de todos los pueblos de Italia – que junto al cura, al médico, al farmacéutico, al carnicero, al peluquero, al maestro y al barista es uno de los integrantes insustituibles de todos los pesebres italianos: a pesebre bello, malos pastores, decía Benedetto Croce. Así eran también en este pueblo, los pastores.

Este pueblo apoyado encima de una colina, de estas colinas color pastel casi todo el año, luego neblina en noviembre, alguna vez nieve en enero, aire perfumado y fresco siempre. Y la metamorfosis del verano: el retorno de los migrantes, la llegada de los turistas.Y Leopardi mirando detrás de la cobertura, el Infinito dulce naufragar…Entrados los cinco, el burócrata me hizo leer el “mandato de perquisición”, el cual describía que a conocimiento de muchos vecinos (no estaba indicado quienes eran…) los residentes de aquel domicilio eran traficantes de sustancias estupefacientes. El Paolo, ya pálido por su gripe, se volvió de un blanco marmóreo, me pareció ver a una de estas estatuas de Antonio Canova, de las que las miras y son de hielo, te das la vuelta las vuelves a mirar y son aún más frías: solemne y vivas al mismo tiempo, de una solemnidad y una frialdad viva, como lo era Paolo en aquel instante: nadie de los carabineros aparentemente se dio cuenta de su presencia, nadie le pidió documentos, nadie preguntó si estaba vivo, aparentemente nadie lo vio.

Sentado al lado del aparato HI-FI, aunque inmóvil, seguía cambiando de LP y así cambiaba el ritmo a la pesquisa en acto: de un Friend Of The Devil de Greate ful Dead pasó a un Locomotive Breath de JethroTull, haciéndonos ensalzar por On Your Way Down de Little Feat y la paradisiaca Lucky Man de Alan Price, finalizó el toque de los carabineros con una hipnótica Rider on the Storm de The Doors… sin dejar huellas en el imaginario de los presentes. La pesquisa duró alrededor de una hora, hora y media, la casa no era grande: una cocina con comedor más un corredor de entrada era todo el primer piso, dos dormitorios con un baño, el segundo piso, el entretecho, de unos sesenta centímetros de alto fungía de depósito de cachivaches y de escape de nuestro gato llamado Tigre, una cantina, en el subterráneo la habíamos habilitado también como lavandería, y durante el invierno para secar la ropa…

No tuvieron dificultad en no encontrar nada de sospechoso o de lo que buscaban porque no había nada de lo que buscaban, una reproducción de un chapitel de Notre Dame de París colgada a una pared y la enorme cantidad de libros y de pinturas que yacían en el comedor desataron sospecha. ¿Qué hacían, porque leían y pintaban estos dos inquilinos, que a denuncia delos vecinos eran traficantes de sustancias estupefacientes?  Un enorme lienzo aún por terminarse intitulado “senzamani” (sin manos) seguía en el caballete, otro, bellísimo y dedicado a Mónica (una de las tantas femmes fatales del Buitre) estaba colgado medio chueco debajo de otro caballete: ningún orden, los libros seguían exclusivamente la voluntad, la gana y la necesidad del lector, luego volvían a reposar en un lugar cualquiera, al lado de una maceta de helecho, en el estante que contenía los discos, las pinturas y los pinceles: ninguna natura muerta, los libros eran como la caja de las herramientas, si a uno servían venían utilizados- buscar una bella frase, un recuerdo, una imagen, la solución a un enigma, el estratagema para seducir a alguien – sino podían quedarse quietos en este tranquilo desorden.Ellos pero eran también aquella Linea Maginot que protege y divide: el más allá es siempre un territorio sin imaginación.

El Appuntato preguntó si el chapitel era original o simplemente una copia, yo contesté que era un regalo de una chica parisina y que estaba lleno, contesté así porque lo vi demasiado intencionado en agarrarlo y darle una buena pesquisa, tentación que aumentó al oírme decir que estaba lleno: ¿Lleno de que, me preguntó? Lleno del material con el cual estaba hecho, le dije, entonces lo vi tranquilizarse a mi respuesta y desistir al descolgarlo… luego todos se lanzaron contra los interruptores y los enchufes eléctricos (hemos visto en muchas películas que resulta ser un lugar muy utilizado y seguro, será por el miedo a la electricidad o por ser demasiado obvio…) y con una voracidad eléctrica se pusieron en desarmarlos todos, menos lo que seguía haciendo funcionar la sound track de la incursión. No encontraron nada, porque nada había que encontrar, lo reitero pero, porque en todas las historias, en todos los hechos del hombre hay, porque quizás debe haber, un pero. ¿Qué motivo habrá movido el Buitre en delatar la posesión de dos gramos de haschish? Tal vez nunca se sabrá o tal vez se lo puede uno inventar para justificar o simplemente ofrecer aliento a una historia y hacerla más real, mas creíble, o para que podamos hoy sentarnos y leerla, y mañana escucharla nuevamente, pasado mañana cambiarle una coma y distorsionarla, aumentarla, convenciéndonos que todo ocurrió así… más o menos.

Mientras todo parecía concluirse con un rotundo debacle policial, con una extemporánea ad hoc el Buitre saca de sus bolsillos una pequeña envoltura de carta estañola, de la cual el mariscal extrae una especie de cubito Knorr (uno de estos cubitos hechos de glutamato monosódico que sirven para potenciar los sabores… y generar algunas complicaciones en la salud, a mediano y largo plazo…) que de inmediato le viene consignado al militar de leva para que vaya a la farmacia de la esquina y provea en hacerlo pesar (ahí seguramente tenían una balanza electrónica…).

Según el Buitre se trataba de dos gramos de haschish que le había regalado un conocido en una discoteca la noche anterior… el admitió hacer uso de esta sustancia estupefaciente y también de marihuana, yo aumenté el depliant añadiendo también el vino entre las sustancias que hacíamos uso – frente al carabineros vi una copia de Le spleen de Paris, de Baudelaire, tal vez fue esta visión en inspirarme – y así ver como habrían reaccionado. Para ellos toda sustancia, todo líquido elemento espirituoso podía generar subversión, para las fuerzas del orden ninguna evasión se debería permitir: paz, orden y trabajo… Dios, patria y familia…no desobedecer, no opinar, no joder, era todo, así de simple. Regresó el carabinero de la farmacia – ya de hecho todo el pueblo se enteró de lo que estaba ocurriendo en Vía Tommaso Giachininº 21 -todo excitado, todo sudado, elevando al cielo su euforia: el cubito – simil Knorr– no pesaba solamente dos gramos sino dos coma tres gramos.

¡Yo dije que estos dos tenían algo más de lo que voluntariamente nos pusieron entre nuestras manos!Se expresó así, en signo de victoria, el mariscal nos miró y sentenció que, con más de dos gramos se pasa a tener que escoger entre el castigo penal, retiro del carnet de identidad  (al cual la Policía pondrá un sello que declara la prohibición de salida del país durante tres meses), del permiso de conducir (luego vendrá toda la odisea para volver a conseguirlo: exámenes del cabello, de la sangre, y exámenes para conducir…)y la posibilidad de frecuentar una terapia de rehabilitación: escuchar las pendejadas de un psicólogo que te advierte que fumar un porro es igual que tomar vino, que eres igual que lo que se inyecta heroína y/cocaína o del que ingiere Éxtasis, un sinfin de bobadas positivistas que pueden lastimarte más de una cualquier de estas sustancias estupefacientes… te lastiman claro, si después de haberlas escuchadas obedeces y pones en práctica las ominosas órdenes.

A la semana llegó la notificación para presentarnos al cuartel de los carabineros, adonde habríamos vuelto a ver los cinco…y podido escogerentre la retención de los documentos o la terapia. Yo me decidí por entregarles el único documento en mi posesión, el carnet de identidad, después de tres días me lo restituyeron con un sello detrás: PROHIBIDA LA SALIDA DEL PAÍS desde noviembre hasta febrero. Todo esto ocurrió a mitad de noviembre, yo a principio de diciembre tomé un avión, vuelo Sabena: Milán-Bruselas, Bruselas-Yaundé, vía Lagos.¿Cómo lo hice si no tenía el documento y la autorización para salir del país? Bueno, en realidad yo tenía también el pasaporte, pero se da el caso que la fuerza del orden no me lo pidió, así que fue con este documento que viajé a Camerún…Historia magistra vitae sostenía Cicerón, la historia de que los carabineros, muchas veces aunque pasen el examen (o la llamada prueba del martillo) no siempre son tan despierto y vivos como unos creen deban o puedan ser.