Rodrigo Villegas Rodríguez

I

− Aquí en El Alto o abusas o te abusan. No hay punto intermedio. Tú eliges. Debes escoger.

Luis habla con la soltura y seguridad de llevar un arma – cuchillo, pistola, soga, cualquier fierro – en el bolsillo trasero de su pantalón jean. Colocados en las paredes, sujetos de plásticos afirmados como ganchos o empotradas en anaqueles medianos al centro del local, decenas de lentes de aumento, gafas y otros modelos que permiten la mejora de la visión o el cuidado de los ojos reflejan su cara y la deforman: más grande, más chica, más ovalada. Los pequeños vidrios rectangulares de aquellos objetos brillan a la luz de la tarde, cálida pero aún de viento afuera, en la calle. Enquistadas o acomodadas a lo ancho y largo de las tres paredes que conforman la oftalmología – la cuarta muralla es la puerta ancha, de vidrio –, estos lentes son el sustento, hoy en día, de la vida de Luis y de su familia. Pero no siempre fue así. Antes, para comer y vestirse, dedicaba su vida a un negocio más discreto pero violento: el del atraco.

− Hay un día en el que te das cuenta que tienes que sentar cabeza. Que no puedes vivir así para siempre. Que tienes que dejar lo que estabas haciendo hasta entonces para avanzar. Para crecer. Aunque, en el fondo, eso, eso nunca se deja del todo.

“Eso” a lo que se refiere es su pasado, su historia de pandillero, de maleante, como él mismo se define. De, quizá, asesino. Y no de uno más – de las decenas si no cientos que se dedican al “negocio” en esta ciudad helada –, sino de uno de los más grandes, de los más pesados de su generación. Uno de los más temidos y respetados de la ciudad: el Pitus.

II

El local es mediano. Por fuera se ve, en la esquina izquierda, que la puerta reluciente tiene pegada, con cinta adhesiva, un cartel hecho de cartulina naranja escrita con letras de marcador negro. Ofrece paquetes a precios reducidos. Adentro, además de las paredes repletas de focales y bifocales, gafas de aviador y otras muestras, aparecen dos torres pequeñas, giratorias, donde se exhiben más productos y desde donde Freddy, el amigo periodista que me llevó hasta ahí, a la tienda del Pitus, uno de sus amigos de la infancia, saca uno y se lo prueba. Se mira en uno de los espejos largos que están puestos a ambos lados de las paredes, derecha e izquierda, y me pregunta ¿Qué tal?

Le hago una señal con la mano que bien, que le queda bien.

Freddy retorna las gafas a su lugar y ve que el Pitus terminó de hablar por el celular. Lo llamaron para un encargo. O al menos así parecía.

− Aquí en El Alto la cosa era grave. Muy jodida. Ahora sigue, pero más en los márgenes, ya no tanto por acá. Por el centro. Hasta donde sé se reúnen más en sus barrios y eso, y a veces, los más avezados, salen a cazar por las noches y madrugadas. Bueno, hasta donde sé.

Luis, el Pitus, tiene los intersticios de los dedos cicatrizados por cortes, tajos. No es muy difícil darse cuenta de las armas utilizadas para dejar esas marcas. Pero son las más leves. En la parte delantera izquierda de su cabeza, encima de la frente, su piel parece un pedazo de tierra inundado por la lava de un volcán. Un cráter. No hay cabellos. Cubre ese espacio derruido de su cuerpo con una gorra azul con detalles negros.

− Tiene dos marcas más en la espalda. Bien jodidas. Casi lo matan. Por lo menos cinco veces te has salvado de la muerte, ¿no? –dice Freddy, que le relata al Pitus su salvación de la tumba con la naturalidad de quien evoca un partido de fútbol o de quien recuerda un amor que no fue.

− Y la de la pierna más. Mi primer tajo. Un cuate en la calle, en una avenida de la Ceja, me la ha sacado. Yo estaba borracho y de la nada se ha aparecido y me ha gritado: “Hey, Pitus”, me doy la vuelta y viene y me mete un cuchillo en la pierna derecha y jala. No lo he podido agarrar, se ha hecho bola por una avenida. Mi pantalón lo ha hecho mierda. Toda mi pierna sangrando. Así y todo me estaba yendo a mi casa – ríe, se lleva la mano a la boca como para tapar sus dientes chuecos y filosos, como los de un tiburón, y los dos que le faltan (un incisivo y un canino) y que son un hueco oscuro y profundo –. Unos amigos me decían “Pitus, te vas a desangrar, vamos al hospital”. Y yo “Nada, mierda, soy el Pitus, el Pitus”. Como estaba bien ebrio no sentía el dolor, o poquito. Cuando he llegado a mi casa me puse alcohol –antes he tomado un poco yo ese rato– y ha cicatrizado nomás con el tiempo.

Afuera las personas pasan y pasan, la mayoría muy abrigadas a pesar del calor de la tarde del sábado. El frío es el clima permanente incluso con la aparición no tan recurrente del sol, que cuando se manifiesta ataca con toda su furia y quema nucas, mejillas y brazos como papeles al fuego. Adolescentes, cholas, mujeres jóvenes con más de un hijo, minibuses que van de Ciudad Satélite a la Ceja. Vidas.

− Las de mi espalda me las han hecho en el colegio.  Afuera, en las salidas. No dentro. Aunque éramos capaces. No nos matábamos ahí, en pleno curso o patio, por nuestros padres. Para que no nos liquiden luego de que nos expulsen. La cosa era en la calle, pero con uniforme y todo. Yo tenía mis broncas desde changuito. Una de esas tardes escuché: “Pituuuuus”, y di un paso justito hacia adelante, un salto. Esquivé el cuchillo como una patada. No del todo. Me dejó dos marcas largas, como de alcancía gorda – vuelve a reír, cada vez que lo hace se tapa parte de la boca, saca un poco la lengua y sus ojos, ya achinados, se hacen más delgados, casi imperceptibles –. Las dos veces igualito. Querían dejarme sin un pulmón. Pero era el Pitus. A mí nadie me mataba.

Resulta un cacho estremecedor analizar y cerciorarse que aquellas marcas de cuchillo, peleas a muerte y el nombre del Pitus, uno de los más poderosos y temidos líderes pandilleros de un entonces, haya sucedido cuando Luis transitaba su adolescencia: entre trece y dieciocho años.

− Yo no soy el único. Hay unos que comienzan más temprano. Yo los veía, venían a pedirme ayuda. A veces les daba bola y en otras los mandaba a la mierda. Unos mocositos que ya atracaban y hacían de descuidistas. Yo al menos a eso de mis treces o catorce años he entrado a esto. Hasta eso de los veinte. Luego lo he dejado. Pero no de golpe, no. Me costó. Me sigue costando.

Luis empezó a trabajar a los doce años. Quizá menos, dice. Vendía cuadernos, lápices y dulces en la Ceja. Caminaba y ofrecía. Así todas las mañanas antes del colegio. Así conoció el mundo. La brutalidad de la selva de basura, puestos de venta, minibuses atascados en las avenidas delgadas, los k’olitos que amanecían en las calles, los amores vespertinos entre hombres en los parques abandonados y, por supuesto, la violencia justificada por la supervivencia: atracos, robos y asesinatos.

− Con todo, la cosa ya no es como antes −reitera el Pitus–. Ahora las pandillas y grupos de cogoteros se reúnen por whatsapp y esas huevadas –ríe, con los mismos gestos, con la misma deformación del rostro–. Antes la cosa era directo en las plazas o en los lugares que coordinábamos.

El Pitus habla con cierta nostalgia pero no con el ímpetu de retornar a aquellos años. No, para nada. Y tampoco desea que el ambiente sea el mismo a pesar de ya no ser un líder, de haber dejado su chapa atrás, de haber permitido que el nombre del Pitus se haya ido diluyendo, se haya quedado en el pasado. Porque ahora es padre y esposo. Tres hijas. En su casa es el único hombre. La cabeza de familia. El protector.

− Ahí nomás saco mi chapa. Cuando me quieren joder o hacer algo a mí o a mi familia en la calle. Ha pasado alguna que otra vez: salto y les digo a los que nos joden: ¿Sabes quién soy yo? Soy el Pitus. Ahí nomás se disculpan y se hacen bola. Otros se mean ese rato o se ponen pálidos, los más drogados, los más k’olados: “¿Qué vos no estabas muerto?”, me dicen.

Y no, estoy pues vivo. Solo que muchos no saben. La mayoría piensa que he muerto. Esa vida no me conviene. La he dejado atrás. Aunque – repite una vez más, como recordándose siempre ese mandato – esa vida no se deja del todo. Te persigue. Pero de momento estoy bien. Como un fantasma. Una leyenda.

III

Caminar El Alto es transformarse en un habitante más de la urbe. Por necesidad debes alimentarte del ruido de tráfico, de las barandas manchadas, del constante fluir de personas apuradas y furiosas. De los empujones, de los gritos, de la inclemente sonoridad. De esa fábula de que no debes subir a El Alto con mucho dinero. Solo con lo suficiente. Que si llegas a la Ceja en la noche ya eres hombre muerto. Así que, para sobrevivir, debes ser un ciudadano más de la ciudad. No aparentar diferencias. Porque a los diferentes los chequean. Esos sí son los que corren peligro.

Freddy me dice esto mientras caminamos por la plazuela larga del Multifuncional. Una fila de al menos veinte minibuses esperan a llenarse a bajar a La Paz por el Camino Viejo. Hombres de diferentes edades – desde los quince hasta los cuarenta – se paran delante de las puertas de los carros y anuncian el pasaje a gritos: Bs 1,50 o 2,00, dependiendo de la oferta y la demanda. Los que son los conductores, una vez repletos sus minis, suben y conducen frenéticamente hacia la ciudad, calculando tiempo y distancia para regresar y continuar con su trabajo. Cíclico. Los que no son dueños de nada, los que simplemente anuncian, reciben un boliviano del chofer, agradecen y van al minibús siguiente y continúan anunciando, así, hasta que se llene y vayan por otro y otro, sumando monedas de un boliviano a sus bolsillos.

− Buena gente es el Pitus. Antes era muy jodido. De los más temidos de El Alto. Ahora se ha calmado. Se ha enamorado y listo, chau cuate. Y rápido ha sido papá. Eso más. Le ha costado pero se ha salido de esa vida de mierda. Tres hijas tiene. Harto quería un varoncito, pero nada, ha intentado e intentado. Ni modo. Al menos ya no tiene a nadie para heredar el “negocio”.

Freddy ríe tras su comentario. Pero no es una sonrisa de burla o algo similar, sino la de cierto reconforte con lo que acaba de decir. Luis es su amigo de la infancia y hay pocas cosas que le hagan más feliz que ver a un ser querido así, recuperado, sin deudas con la vida. O al menos con pocas.

Llegamos en menos de cinco minutos a la Ceja, donde un remolino de transportistas se mete donde puede para superar al otro, al de adelante. Es increíble cómo no hay accidentes de tráfico cada día. Las personas se meten entre los minibuses y micros destartalados, se hacen espacio entre las rendijas que apenas dejan sueltas los choferes, pasan y repasan para llegar a sus destinos: casa, trabajo, escuela, universidad. Los varitas, que no siempre están, ayudan un poco a la distribución de tiempos entre bólidos y seres humanos. Pero cuando desaparecen la cosa es O vos o yo, y aquí siempre tienes que ser Vos.

Así que le metemos y zigzagueamos y pasamos por donde podemos y salimos. Estamos en Villa Dolores, las cuadras consiguientes a las de la Ceja. Parecen las mismas, no hay muchos cambios. Los únicos son el comercio: aquí hay un poco menos que en el centro alteño. Sí más galerías. No tantos puestos en la calle, menos ambulantes.

− Antes esta zona era igual bien ruda. ¿Ves? Hay varios locales y discotecas. Aquí, en plena calle, luego de que alguna cosa sucediera dentro de las fiestas, salían y se daban con todo, uno contra uno o grupo contra grupo. Todo sangre dejaban las aceras. Ahora creo que está más relajada la cosa. Aunque ya no vengo tanto como antes y no te puedo asegurar qué tal va.

Freddy señala varias puertas de madera con anuncios arriba de ellas. Letreros coloridos con nombres variopintos. En uno que otro ya hay uno o dos “Seguridades” – hombres vestidos con chamarras negras, protegidos y armados, que se paran en la puerta y te permiten o no ingresar – que charlan entre ellos mientras esperan a la noche, cuando la cosa se haga más movida.

− Hace poquito, creo que menos de un mes, justo con el Pitus hemos venido a uno de estos locales. Apenas nos hemos recogido. Era después de la ch’alla de Carnavales. Me invitó a su local y, luego de ofrendarla a la Pachamama, nos hemos animado a venir con unos amigos más. Ya no recuerdo a cuál hemos entrado. Hemos salido en la madrugada. Estábamos muy mal.

Freddy Poma es licenciado en Comunicación Social de la Universidad Mayor de San Andrés. Tiene treintaidós años – la misma edad del Pitus – y trabajó en varios medios de comunicación desde sus veinte. Actualmente dirige un periódico independiente que publica de tanto en tanto con la colaboración de sus periodistas, estudiantes de la misma Carrera pero de últimos cursos, no titulados. Buena Fuente, periódico de periodistas para periodistas. Notas, perfiles y reportajes acerca de los trabajadores de medios impresos, visuales, radiales o digitales.

− Ya vamos a sacar un nuevo número. Publicidad es la cosa. Que nos compren una hojita o aunque sea un pedacito. Hace tiempo nos ayudaba la Gobernación, con textos e imágenes de Patzi que publicábamos entre notas. Ahora nada. Esa es la cosa. La platita, pues.

Hace varios meses que no saca un nuevo ejemplar de Buena Fuente. Pero, mientras tanto – hasta que vea cómo hacer para imprimir el periódico–, aprovecha su tiempo para estudiar inglés en el CETI de la UMSA. Ya fue más de una vez a Estados Unidos y se dio cuenta de sus falencias con el idioma. Como está seguro de regresar – “Y tal vez establecerme ahí y casarme con una gringuita”, dice y ríe –, invierte dinero y horas en aprender definitivamente a comunicarse con los norteamericanos.

−Con mis amigos siempre nos decíamos eso: Vamos a ser los mejores de los mejores. Si vas a ser periodista, me decían, tienes que ser el mejor. Si vas a ser abogado, le decíamos a un amigo que ahora vende hamburguesas en la Ceja, tienes que ser el mejor. Si vas a ser maleante, le decíamos al Pitus, tienes que ser el mejor. Así nos motivábamos.

Freddy, a su “corta edad”, conoció, además de USA, Colombia, Ecuador y México. A todos lo enviaron con becas por su buen rendimiento en la Universidad. Pero, a pesar de ello, el campo laboral está tan difícil en Bolivia que no consigue un trabajo fijo que satisfaga sus aspiraciones económicas.

− No me hago lío. Yo puedo seguir así un tiempo más. Me llaman para asesorar proyectos y otras tareas. Reviso textos y ahí me pagan lo suficiente para vivir un tiempito. Desde que estaba en segundo año de la Universidad me pago mis pasajes y mis comidas. Mis papás ya no me daban nada. Somos seis hermanos, así que mantenernos ya era muy difícil como para que me diera para bajar a La Paz a estudiar. Yo tenía que ver cómo hacer para conseguir plata para financiar mis clases. Y como mi papá es policía, en cuanto le he contado que quería ser periodista se ha emputadooooo.

Sus papás, me cuenta, llegaron del campo a El Alto cuando la ciudad aún no era ciudad, por lo menos diez años antes de 1985.

− Mi papá es de Palcoco, una comunidad que comprende el Condoriri, el cerro y sus aledaños. Ahí nació y pasó su infancia, laburando desde wawa: pasteando ovejas o cultivando verduras. Cuando salió del cuartel se vino a trabajar a La Paz. Como varios de sus amigos. De albañil le ha metido ni bien ha llegado. Me contó que cuando un amigo lo ha encontrado vagando por la Ceja, deprimido de su pobreza y del futuro que no podía ver de ninguna forma, le ha recomendado que se meta junto a él de paco. Se ha animado y, como en esos años no era tan difícil ser poli, a los pocos años ya estaba con su uniforme. Luego la ha conocido a mi mamá, que es peruana. De Puno. Se vino a Bolivia por una mejor vida. Y no ha sido así. Su hermano mayor la había traído y desde sus doce años ha trabajado de empleada en casas de la zona Sur.

“Creo que mi papá y mi mamá se han visto por primera vez en una fiesta o no sé qué. La verdad mi papá es muy discreto con eso. Nunca nos ha contado. Pero lo asumí así por ciertos llantos de mi mamá. Cómo se arrepentía de haberse juntado con mi papá. Eso cuando se peleaban, obvio. Después todo tranquilo. Nacimos nosotros y listo, a vivir juntos nomás. A aguantar. Claro que mi papá al principio no quería aceptar. Se quería hacer bola. Mi mamá, con dieciocho años, cinco menos que mi papá, lo había ido a buscar hasta Tránsito de La Paz y le había hecho un escándalo en plena calle. Tenía a mi hermano en brazos y yo en su panza. Jodido. En fin, ahora más de treinta años viven juntos. Siempre en El Alto. Así nomás es cuando el amor te captura. O cuando la wawa te captura, diré.

Freddy ríe y hace un gesto con la mano derecha de tener la barriga abultada, esférica. En gestación. Una vida de ficción. Tiene más de treinta años y no tiene hijos. No planea tenerlos. Tiene seis hermanos; su papá, nueve. Es el único de su linaje que obtuvo un titulo profesional. Su papá ni siquiera terminó el colegio. Sus hermanos optaron por los Institutos. Pero él, a diferencia de sus sangres, no se vio ni se ve con una familia propia a futuro.

 − Así como estoy ahorita estoy reee tranqui. Solito. Ya veremos qué tal adelante. Tengo amigas extranjeras. Sería rico saltar ahí, a esa escala. ¿Te imaginas un alteño casado con una gringa? No creas que sea muy difícil. Ya he tenido una novia de USA. Pero bueno, a lo que venga.

Esta vez la risa de Freddy es más estridente de lo normal. Un señor de tez dura y mirada hostil, desconfiada, se voltea a mirar a mi amigo como si se hubiera burlado de él.      

Caminamos y caminamos, el viento es cada vez más leve pero no por ello deja de irritar la piel de la cara. El cielo está despejado, hay pocas nubes. El Huayna Potosí parece soplar hacia la ciudad. Llegamos a la Plaza Juana Azurduy.

− Este era un ring. Aquí se sonaban jodido las pandillas. Una a una. ¿Ves esos círculos de piedra como coliseos romanos diminutos? Ahí se agarraban Los Tortugas con los Batos Locos, los de La Maldad con Los Buscados, y otras pandillas con otras. Duro. A veces uno a uno. Los demás animaban en círculos de espectadores. Más de una vez estuve ahí. Más bien me retiré changuito de estas cosas.

Freddy, mientras nos paramos delante de las rejas de la plaza donde, dentro, varios niños juegan y corren, familias esperan a sus hijos que se divierten en las máquinas, parejas de enamorados conversan y se besan en las bancas, vendedoras de dulces o de chantilly anuncian sus productos y te llaman (Casero, servite; Casero, comprame), me relata la vez que decidió alejarse de lo que lo estaba por alcanzar.

− Estaba bebiendo con unos cuates en un local, por acá, a la vuelta –señala con el dedo la siguiente avenida–. De la nada se ha aparecido el Pitus y me lo ha echado mi vaso de cerveza, así, de la nada, al piso. Yo le he dicho que Qué pasaba, obvio con mucho respeto. En aquel entonces el Pitus nos daba mucho miedo. Era un gran amigo, pero le temíamos. “Carajo, vos no tienes que estar aquí, ya no puedes seguir aquí. Vos tienes que dedicarte a estudiar. Tienes cabeza. ¿Qué hemos hablado? Tenemos que ser los mejores. Los mejores. Y así no vas a ser el mejor. Así que andate, ya no quiero verte más por estos lugares”.

Y me fui, dice Freddy. No sé si porque me convenció con su discurso o más por el miedo de que me pegue – ríe, ríe suelto de cuerpo, ríe con la nostalgia de sentirse salvado, recuperado –. Obvio con el tiempo iba de tanto en tanto. Pero mucho menos que antes. Ya entré a la U, salí, trabajé, viajé y así.

Llegamos a un local de puerta de vidrios de tres metros de ancho, aproximadamente. Un letrero de “Oftalmología” me impresiona por sus colores chillones (naranja con rojo y negro).

Delante de la puerta, Freddy me mira:

− Aquí trabaja el Pitus.

Abre la puerta. Las paredes desbordantes de lentes me subyugan. Delante del mostrador está parado un hombre con cabeza ancha, ovalada horizontalmente, ojos con líneas rojas, un gorro, chompa delgada de lana verde y cuello V, otra chompa, pero de cuello de tortuga, ploma, debajo y pantalón jean.

− ¡Cómo es, Pitus!, le grita Freddy desde la puerta.

IV

En la película Pandillas en El Alto (Milton Ramiro Conde, 2009), largometraje de tres horas y veinte minutos, Leonardo, un estudiante de la pre promoción de su colegio pasa de ser un alumno modelo e hijo mayor ejemplar a convertirse en el líder de Los Marginados, una pandilla pequeña que luego se uniría a Los Sepultureros, un grupo más grande y donde la violencia era mayor. Ya no un pasatiempo, sino una forma de vida. Leonardo acepta y ve cómo su vida se va poco a poco hacia un abismo sin salida.

La cinta fue rodada por estudiantes y profesores de la Unidad Educativa del Rosario, de Horizontes, barrio de calles planas y adoquinadas, de casas de murallas de adobe o de ladrillos con retazos de estuco. La historia comienza con la escena de una madre que cierra la puerta metálica de su casa con todas las chapas que puede e incluso con una tabla de madera para que su hijo, que es pandillero, no salga de noche. Pero el hijo, que no puede faltar a la “Reunión”, piensa un poco y, cuando su mamá entra a su cuarto, escala su muralla y salta a la calle. Debe ir a dar encuentro a su grupo. A su “verdadera familia”.

Las tomas no son muy prolijas ni las actuaciones las mejores pero, al conocer que el presupuesto con el que se contó para la realización de la historia fue el mínimo, uno no puede dejar de admitir que el efecto buscado por los que llevaron a cabo este proyecto se ha logrado: hacer conocer la violencia y ruina que involucra formar parte de una pandilla en El Alto. O en cualquier parte del país.

Según datos que maneja la Policía, en la ciudad de El Alto existen más de 20 pandillas identificadas, las cuales agrupan desde treinta hasta cien miembros. La mayoría de los integrantes oscilan entre los catorce y dieciocho años. Entre las más “destacadas” están La Vagancia, La Maldad, Otarso, Los hijos de nadie, Las Tortugas, Los Buscados, La Warner Bross, Los Batos Locos y otros. Cada una pertenece a un territorio (la 12 de Octubre, Ciudad Satélite, Río Seco, Villa Dolores, Senkata, etc) y lo cuida como si tuvieran en sus manos los papeles de propiedad de aquellas tierras. Pero la más conocida por su abrumadora cantidad de pandilleros y el terror que causan por las noches es El Gran Cartel, que opera prácticamente en todo El Alto, siendo la Ceja su principal punto de encuentro y de abastecimiento.

En la película, una vez que Los Marginados han ganado fuerza en su territorio, son convocados por Los Sepultureros a integrarse a ellos o a desaparecer. Leonardo, como el líder de su banda, decide ir y aceptar la invitación junto a unos cuantos de sus compañeros. El Pitus pasó por el mismo procedimiento cuando El Gran Cartel los invitó a unírseles. Así como en el caso de Los Marginados, los amigos de El Pitus estaban conscientes que unirse a una pandilla así de grande y violenta implicaba acciones mayores. La cosa iba demasiado en serio con ellos.

− Nosotros éramos jodidos como grupo. Nos bautizamos como JPS. Jodidos Por Siempre. Éramos changos de catorce años que nos dábamos con mayores, con algunos de veinte años, incluso. Sabíamos pelear bien. Recuerdo que para elegir al líder nos fuimos a Achocalla a sacarnos la mierda. De los veinte que éramos hemos quedado tres. Estábamos hechos puta. Cansados, con sangre en nuestras ropas. Así que decidimos que íbamos a ser los tres. Así ha nacido nuestra pandilla. Y ha ido creciendo. Así como en la película – El Pitus también vio la cinta: la compró pirateada en la Ceja –. Pero nuestros bautizos eran más jodidos. La cosa era pelear con cadenas. Resistir. Pero hasta ahí. Atracábamos y, alguna que otra vez, íbamos a “cobrar”. Es decir, a cogotear. Pero no los matábamos. Los hacíamos asustar a los borrachos. Les sacábamos todo y listo, los dejábamos por ahí. Ese era nuestro límite. Con el Cartel iba a ser otra cosa. Ahí la cosa es asesinar. Así nomás. Yo, la verdad, no he entrado. Algunos de los nuestros sí. Yo preferí quedarme donde estaba. Quién diría que con el tiempo en uno igual o peor me iba a convertir. Pero aquella vez les he dicho que no, gracias. Tampoco me han obligado. Me tenían respeto.

En Pandillas en El Alto los personajes principales (Leonardo y su familia) acaban muertos. El Pitus está vivo. Bueno, Luis, el hombre del carnet, registrado en el sistema de Identificaciones del país. Algunos de sus amigos también. Otros no. Sus nombres quedan registrados en un registro diferente: el de los cementerios. En las placas de metal de los panteones.        

V

− Al Fercho lo han matado pues, ¿ya no te acuerdas?

Freddy piensa, hace memoria. La voz del Pitus, o Luis, lo lleva años atrás, cuando Fernando, el Fercho, aún adolescente, los acompañaba a tomar combos o a jugar fútbol a una de las tantas pequeñas canchas de cemento de El Alto. Cuando compartían el curso del colegio.

− Pensaba que seguía vivo.

− No, ha aparecido muerto nomás en no sé qué barranco. Su propio protector lo ha matado, dicen. Nadie puede asegurar nada; rumores. Solo son rumores.

− ¿Por qué?, pregunta Freddy, aunque, por lo que demuestran las facciones de su rostro y el tono apagado de su voz, intuye la respuesta.

− Por cojudo. Me han contado que le había robado al Navajas, su Protector, uno de los más pesados del Barrio Chino –el de la Ceja–. Una noche se habían ido a tomar los dos a la casa del Navajas y lo había hecho enyucar waso. Así que el Fercho lo había encerrado en su cuarto y había aprovechado para sacarle todo lo que le había alcanzado de la casa. Televisores, radios, joyas, perfumes, celulares y otras cosas de valor. Se había hecho al cojudo luego. “Yo no sé nada, Hermanito, yo también estaba durmiendo. A mí igual me han encerrado en un cuarto y luego me han sacado unos encapuchados, me han golpeado y me han llevado en un taxi lejos y me han botado”.

− ¿Cómo funciona eso del Protector?−, le pregunto al Pitus, interrumpiendo un momento la historia del Fercho y del Navajas.

El Pitus se arremanga, entrelaza sus manos y me mira como un profesor a un niño:

− Un Protector es un pesado, uno de los más jodidos y temidos de la calle, que no deja que te golpeen o que te hagan daño. Obvio mucho menos que te maten. No es gratis, por supuesto. Con algunos funciona con la entrega de mercancía robada. Digamos que si yo robo diez celulares en una semana, tengo que darte por lo menos dos como mi protector. Ahora eso depende. En fin. Pero la mayoría de los casos se paga con sexo –levanta la mano derecha, hace un puño que ladea y lo agita hacia adelante y atrás. Ese gesto significa Tirar–.

 − ¿Los protectores son gays?

− La mayoría. Se los dan a los nuevitos más que todo, los más temerosos del hampa. Los que están comenzando. Son carne fresca. Son bien trolos algunos de los protectores. Viejos. Se cogen a todos los que pueden.

“Así como en la cárcel”, añade Freddy, que escucha atentamente la historia de su amigo, los datos, las posibles referencias. Lugares que puede excavar con el tiempo. Su olfato periodístico.

− Sí, igualito. Obvio no tienes que faltarle el respeto nunca a tu Protector. Menos intentar mamarle o robarle. Y el Fercho se ha metido en eso por cojudo. Robarle al Navajas, uno de los rateros más hábiles de El Alto.

El Pitus termina su relato contando que, una noche, en plena Ceja, un hombre flaco pero pequeño, encapuchado, encontró al Fercho caminando borracho a eso de las dos de la madrugada con un amigo. “Hey, Fercho”, le habló cuando se puso frente a él y le clavó la punta de una pistola en el estómago e hizo fuego. Luego se hizo bola. “Ese amigo con el que estaba esa vez el Fercho nos ha contado luego en una fiesta. Estábamos seguros que el encapuchado era un enviado del Navajas”.

− Lo anecdótico es cómo ha muerto luego el Navajas. Cuando ya estaba por cumplir sesenta años, arrugado y lleno de cicatrices en el cuello y en la cara, una noche en una discoteca de por acá lo han agarrado varios de sus protegidos, lo golpearon y al final le han metido un tubo por el culo. Le ha entrado hasta los intestinos y se ha muerto. El cuerpo allí lo han dejado, en plena discoteca. Creo que después lo han recogido los polis o no sé. Son bien discretos acá los pacos. No les conviene meterse adentro. Es jodido.

VI

− Soy un difunto. Me gusta este anonimato, el ya no existir. Ser una leyenda, un nombre que se recuerda o que se imita. Y me conviene. Ya no puedo estar en ese mundo.

Luis, ya no el Pitus, pero siempre el Pitus, habla como si el tiempo le fuera esquivo. Como si se aferrase a sus palabras, a la promesa que se hizo cuando nació su primera hija, cuando decidió dejar totalmente la vida de cuchillos, sogas, celulares, atracos y muertes. Convencido de que su muerte ficticia de hoy podía haber sido –con mucha seguridad– la expiración real de ayer.

− Hace poco acá, en uno de los locales más grandes de El Alto, las pandillas han hecho una fiesta enorme. Apadrinada por los mayores, muchos de ellos Protectores y así. Los pesados de los pesados. Pero ya viejos, mayores. Sin fuerzas. La mayoría fuera del negocio. Me ha llegado una de las invitaciones –con ribetes dorados y los nombres de los conjuntos que se iban a presentar–, así que he ido un rato. Pura música Tecno, como las que bailábamos cuando éramos changos. Incluso hacíamos coreografías que representábamos en Sábados Populares. Ahí me he encontrado con varios amigos. El Max –le habla a Freddy– tiene su tienda de dulces cerca del Mar Azul (discoteca de la Ceja). Ahí también, en las madrugadas, los k’olos y cogoteros dejan lo que han robado para que ni la policía ni nadie les quite lo que han obtenido. Pero bueno, nos hemos saludado y eso. He ido con mi esposa. Bien estaba. Ya me estaba por ir y de la nada escucho una voz en mi espalda: “Hey, Pitus, Pitus, Pitus”. Me doy la vuelta y era un chango menor que yo. “Qué tal, hermanito”, le he respondido. No lo he reconocido. Quién sería. “Ahora pues nos sacaremos la mierda”, me ha dicho. Yo estaba con mi esposa. Ahí he pensado unos segundos. Estaba borracho y tranquilamente podía decirle Ya, vamos afuera, y le sacaba su puta. Como antes. Pero no. Mi esposa me ha apretado fuerte de la mano.

−Yo no soy el Pitus, Hermanito. El Pitus está muerto.

El cuate se ha quedado ahí parado, confundido, y se ha dado la vuelta y ha caminado hacia otro grupo. Olía a clefa.

Diez minutos más y nos hemos ido nomás a la casa con mi esposa.

VII

− Me tuve que morir. Fingir. No como hace unas semanas, donde casi muero de verdad. Me he estrellado con un taxi en la carretera a Oruro, de donde venía un cacho tomado con un amigo después de estar en el matrimonio de un cuate. Mi cabeza ha dado con el parabrisas de mi vagoneta. Por no ponerme el puto cinturón de seguridad. En fin, al menos no me ha pasado nada grave. Ni a mi cuate ni al hombre del taxi. Más bien era cristiano y no me ha hecho problema. Ahí nomás hemos arreglado. Claro, a los días. Primero me han llevado al hospital. Me han cocido. Esta cosa de mi cabeza, pues –se saca la gorra, inclina la cabeza, nos enseña la herida, el cráter–. Mi primera cicatriz de accidente. No de tajo ni de cadena ni de fierro (ríe). Pero para muchos hubiera sido sorpresa. Para la mayoría de la gente de acá, de la Ceja y de Villa Dolores más que todo. Que el Pitus había muerto recién y no antes. Porque, una vez que la he conocido a la Isabel, mi mujer, me he quedado loco por ella. Ya nada me importaba. Solo quería estar con ella. Luego se ha embarazado y listo, debía hacerme cargo. Algunos de mis amigos de aquel entonces me decían que no le dé bola, que no reconozca a la wawa y siga con ellos. No, les dije. Igual ya estaba cansado. Cualquier rato me iban a matar de a de veras. Tenía hartos enemigos. Y la amaba a la Isabel. Nunca me había pasado algo igual. Desde el colegio. Así que nos hemos juntado nomás. Yo tenía veinte años. He craneado y he decidido: iba a correr el rumor de que me habían matado en una trifulca. En una batalla de pandillas. Les he dicho eso a varios de mis cuates. Al principio no querían pero al final me han comprendido. Y así, poco a poco, mi nombre se ha ido disipando. Claro, de tanto en tanto, cuando iba a ocultas a una que otra chupa, escuchaba a algunos cojudos que decían Yo lo he matado al Pitus, Yo lo he vuelto difunto a ese cabrón. Ese rato quería saltar, sacarles la mierda ahí mismo. Pero me controlaba. Por mi hija, me decía. Por la Isabel más que todo. Así por varios años. Diez. Nacieron mis dos hijitas más y poco a poco, trabajando por aquí y por allá, en diferentes negocios, hemos consolidado esta Oftalmología con mi esposa. Nos va bien. Muy bien. Invertimos en otras cosas más que no te puedo contar – ríe, cómplice de sí mismo –. Igual una que otra vez veo paredes grafiteadas con mi chapa. Como si se lo hubieran agarrado. Me río nomás. Porque el original soy yo. 

VIII

El Sagrado Corazón de Jesús. Una plaza pequeña, cercada por barras de hierro azules, desteñidas. Adentro, bancas de madera, basura, mucha basura debajo de ellas. En el centro el monumento a Cristo, como un pilar blanco. Dos parejas de enamorados –los cuatros, dos hombres y dos mujeres– que no pasan de los veinte años de edad, se abrazan y conversan asomados a una pared que hace de mirador y que les llega al pecho. Las parejas –las mujeres: calzas y chamarras; los hombres: jeans chupines y chamarras de reguetoneros, a la moda– están cerca, no tienen, quizá, la privacidad deseada. Pero es que los pocos lugares en los cuales podrían sentarse están ocupados por grupos de hombres adultos que beben alcohol. En uno de esos grupos hay un travesti mal delineado –el contorno de sus ojos son dos gruesas manchas negras–, con el rímel corrido que está sentado encima de las piernas de un hombre moreno con deportivo azul oscuro y gorra celeste. Tiene el brazo derecho aferrado a su espalda. Ríen.

− Esta placita es bien pesada. Si vienes aquí en la noche… –Freddy me mira y levanta la mano derecha a la altura de su cuello. Dobla su brazo, extiende el índice y lo jala de izquierda a derecha, asemejando un cuchillo–. Aquí se reúnen pandillas y otros maleantes. Además de que está rodeada de estos brujos. Dicen que hacen ofrendas y eso para que no los atrapen.

Delante de la plaza, hacia la Ceja, en una fila de quioscos, amautas y yatiris viven y ofrecen sus servicios astrales. Ver la suerte, el futuro. Amarres amorosos y otros. El humo del incienso de varias k’oas encendidas en plena calle llega hasta el parque.

− Hace no mucho han encontrado el cadáver de uno de estos viejitos dentro de su mismo quiosco, ¿no has visto en las noticias?

Recuerdo algo, detalles de la extraña muerte de un yatiri. Pero fragmentos. A esa hora de la tarde (son las cinco), mi memoria está concentrada en la historia del Pitus. No me la puedo sacar de la mente.

A lo lejos se escucha la música en vivo de una banda de música cumbia. Es el día de la inauguración del Teleférico de la Línea Plateada. Millones de dólares invertidos en cables y cabinas que transportarán a muchas personas de la Estación del Teleférico Rojo de la 16 de julio hacia el Faro Murillo y luego a Ciudad Satélite. Además de la Línea Azul, la segunda exclusiva de El Alto.    

− Tenía que venir el Evo a la “ceremonia”, me cuenta Freddy.

Entramos por curiosidad por la Ceja hacia la Feria de la 16 (como es sábado está vacía de comerciantes). Llegamos al evento y vemos un montón de sillas de plástico vacías. La tarima, donde deberían estar las autoridades, está desierta.

La gente aprovecha para tomar lo más que puede. Liztos por aquí, botellas de Singani llenadas con té con té por allá. Grupos de jóvenes abrigados aunados en círculos por todo lado. Rodean la tarima donde un grupo desconocido de cumbia toca covers de Néctar, Ráfaga y Jambao.

Seguimos caminando, esta vez de regreso a la Ceja, por una avenida adyacente. Ahí vemos a una señora de pollera de unos cuarenta años que corre detrás de una camioneta (pickup) de la Guardia Municipal de la Alcaldía. Tiene las manos aferradas a la palangana, a una esquina de la carrocería, de la camioneta donde, acuclilladas encima de esa batea, mujeres uniformadas resguardan y evitan que la señora recupere las bancas de madera que le han decomisado por vender bebidas alcohólicas en el evento. Así por algunas cuadras. La chola no se rinde. Le están quitando objetos de valor necesarios para su trabajo.

Me la quedo mirando hasta que llegan a una curva y ambos, camioneta y chola, giran a la derecha hasta perderse. Pienso que esta noche, una vez finalizado el evento de inauguración, varios pandilleros y otros dedicados al negocio –muchos de ellos niños y adolescentes– tendrán su carnaval. Y que el Pitus estará durmiendo en su casa, al lado de su mujer e hijas, quizá recordando lo que hacía en aquellas oportunidades, noches repletas de hombres vulnerables por el alcohol consumido y con billeteras y celulares en los bolsillos. O quizá no. Al fin y al cabo el Pitus está muerto. No existe.