La presidenta, siguiendo a su antecesor, reivindica el “humanismo mexicano”. Esa es una fórmula retórica con la que se intenta dar envoltura ideológica al partido en el gobierno. El llamado humanismo mexicano resulta de una posición política pero no tiene la complejidad ni la singularidad de las auténticas ideologías. Ese “humanismo” carece de tradición intelectual documentable, es un concepto impreciso y no ofrece un programa de acción. Es, simplemente, un aderezo del discurso oficial.
Humanismo mexicano fue una ocurrencia de López Obrador a la que, más tarde, los dirigentes de Morena y algunos escritores y académicos que coinciden con ese partido quisieron darle empaque ideológico. Como no tiene un eje de ideas que lo distinga de las doctrinas políticas esa denominación es empleada, simplemente, como cobertura para cualquier consigna de la llamada cuarta transformación.

El humanismo, desde el Renacimiento, ha tenido una vocación universalista. Todas las derivaciones y tradiciones humanistas reivindican la dignidad de las personas en el contexto de ese entorno universal. Acotarlo con un adjetivo que lo circunscribe a un país, lo desnaturaliza. El humanismo reivindica el conocimiento en demérito de los fanatismos; promueve respeto, tolerancia y solidaridad entre las personas; es plural y por eso contrario a los discursos que se pretenden únicos. Se trata de una corriente de pensamiento diametralmente opuesta al rechazo a la ciencia, la diseminación del odio y la polarización, así como la exclusión de los contrarios que durante seis años fomentó López Obrador y que la presidenta Sheinbaum imita. El humanismo mexicano no tiene una tradición intelectual reconocible y es
resultado de la megalomanía del ex presidente. López Obrador quiso construir una doctrina distinta de otras, pero sus formulaciones se quedan en débiles trazos de auto propaganda.
Ahora, sin embargo, el gobierno quiere hacer del humanismo mexicano un tema de estudio académico. El Instituto Nacional de Estudios de las Revoluciones de México será convertido en centro público de investigación dependiente de la Secretaría de Ciencia con el propósito, entre otros, de investigar “el avance de la extrema derecha”. Ese es uno de los temas centrales que hoy preocupan a las ciencias sociales en el mundo, pero al desarrollo de las derechas no se le puede entender sin mirar a gobiernos y tendencias populistas, que en ocasiones derivan en autocracias, de real o aparente signo de izquierdas.
La transformación del INEHRM sería signo de un plausible interés del gobierno para impulsar a las ciencias sociales si, de la misma manera que se le asignarán mayores recursos, hubiera respaldo suficiente a otros centros públicos de investigación como el CIDE, el CIESAS y el Instituto Mora, que padecen penosas limitaciones presupuestales. Por lo pronto y a juzgar por la información que se ha publicado, se puede considerar que la renovación del INEHRM se debe al intento del poder gubernamental para crear, o reforzar, un espacio de legitimación política y no para intensificar sus labores académicas.
En la presentación del nuevo perfil de ese Instituto, ante la presidenta Sheinbaum, el director del INEHRM, Felipe Ávila Espinosa, dijo que crearán tres licenciaturas y dos maestrías, una de ellas en “Humanismo Mexicano”. Como esa es una denominación tan amplia que resulta hueca, pero a la vez tan manida por el gobierno y su partido, es imposible esperar seriedad académica en ese eventual posgrado.
Ávila Espinosa ha sido promotor del término y de los intentos para enmarcarlo en un contexto académico, pero él mismo contribuye a mantenerlo como un concepto equívoco. En noviembre de 2025, ofreció la conferencia inaugural del Primer Congreso Estatal de Humanismo Mexicano organizado por el Congreso del Estado de México. En esa intervención, Ávila dijo que el humanismo mexicano tiene raíces en los pueblos originarios y en las comunidades afrodescendientes, en los religiosos españoles que defendían a los indígenas, en la sociedad colonial y en la independencia, en la reforma del siglo XIX y la revolución del XX. O sea, todo y nada. Si el humanismo mexicano es una suma de componentes de la historia de México, cada uno de los cuales tuvo circunstancias, banderas e ideologías diferentes, entonces no se trata de una postura ideológica ni política.
El Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 dice que el humanismo mexicano “reconoce que el crecimiento económico debe ir de la mano con el bienestar de las personas”. Añade más adelante: “la Cuarta Transformación ha cambiado el modelo de desarrollo, inspirada en la fecunda historia de México, el amor al pueblo y la honestidad, que nutren al Humanismo Mexicano, regenerando la vida pública… el Humanismo Mexicano… en esencia, significa ‘Por el bien de todos, primero los pobres’ ”. El humanismo mexicano es, en esa perspectiva, una colección de actitudes en torno, fundamentalmente, al lema que reivindica a los pobres. Pero una frase no basta para articular una propuesta política y menos a una ideología.
Una ideología se apoya en una serie de postulados que presenta como creencias específicas, ofrece una concepción organizada de la sociedad y propone mantener su situación, o modificarla, a partir de un proyecto con mecanismos para ello. El liberalismo y el socialismo, entre muchas otras, son ideologías. Cada una de ellas es distinta y debate con otras. En cambio, el llamado humanismo mexicano es una amalgama de actitudes que pueden ser compartidas por liberales, democristianos, socialdemócratas o conservadores moderados, entre otros.
En enero del año pasado la Secretaría de Ciencia, junto con la de Cultura y el INEHRM, organizó el “Foro de Humanismo Mexicano”. Allí participaron los académicos y/o funcionarios Mario Campa, Diego Prieto, Elvira Concheiro, Lorena Rodríguez, Silvana Rabinovich, Felipe Ávila y Pablo Monroy, moderados por Fabrizio Mejía. El historiador Roberto Breña tuvo la abnegación suficiente para asistir como espectador a ese evento y publicó un relato de sus hallazgos. Ese profesor de El Colegio de México verificó dos rasgos en el discurso acerca del HM. Por una parte, destaca la ausencia de menciones al humanismo clásico, o histórico, el de los siglos XIV a XVI en Europa, o sus posteriores ecos en América. Es muy difícil tomar en serio una reformulación del humanismo que prescinde de esos antecedentes. Por otra parte, Breña constató las abundantes y equívocas connotaciones que sus apologistas hacen del humanismo mexicano. A partir de sus notas elaboró esta lista que, advierte, no es exhaustiva, de lo que quienes lo interpretan, consideran que es el humanismo mexicano:
“Una manera de concebirse en la esfera pública, la democracia popular, una economía moral, la emancipación humana que la izquierda ha propuesto desde la Revolución Francesa, una serie de principios vitales de los pueblos indígenas de territorios que ahora forman parte de México (comunalidad, reciprocidad, lealtad, trabajo colectivo, honrar la palabra, una economía redistributiva, amor a la vida, amor a la tierra y espiritualidad), una actitud ecologista, una especie de espíritu de hermandad que recorre la historia entera de México (desde mucho antes que fuera un país), una ética pública, una defensa del espacio público, una postura alegre ante la vida, una alegría insumisa, una sociedad equitativa, una ética comunitaria, una sociedad inclusiva, una responsabilidad social de la comunidad científica mexicana, un serie de políticas públicas redistributivas, una filosofía, un modelo, un sistema ético, un proyecto político, un talante, un proyecto económico, una característica que ha definido a la política exterior mexicana a lo largo del siglo XX y, para no extenderme más, la columna vertebral de una postura política”.
Todo eso y más es el humanismo mexicano para quienes hablan de él. Es tantas cosas, que resulta conceptual e ideológicamente inasible. No es una idea fuerza, se trata de un término nebuloso. No es un proyecto político, sino una coartada discursiva.
El humanismo mexicano manifiesta la necesidad, pero también la imposibilidad, del grupo en el poder para construir un discurso político propio. Los dirigentes de Morena intentan crearse una genealogía política sin reconocer que su movimiento es resultado de las tradiciones clientelares, populistas y antidemocráticas que, durante casi todo el siglo XX, animaron al sistema político mexicano. Las ciencias sociales tienen que estudiar los discursos del poder, pero desde perspectivas críticas y con el propósito de entenderlos y discutirlos, no para justificarlos ni consagrarlos.
Raúl Trejo Delarbre: Investigador Emérito en el Sistema de Investigadoras e Investigadores. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia e Inteligencia Artificial, conversaciones con ChatGPT.