Basta mirar el calendario para sentir un ligero escalofrío. El año avanza a una velocidad vertiginosa. Nos prometieron que la tecnología nos regalaría tiempo libre, pero nos han dejado atrapados en una prisa perpetua. Ante este vértigo, no es raro que miremos atrás con una punzada de nostalgia: ¿por qué el presente corre tan rápido y por qué el pasado nos parece un lugar tan seguro? Durante años creí que este sentimiento era exclusivamente mío, pero la interacción humana —hoy tan escasa— me convenció de que es una percepción universal: los meses vuelan a medida que envejecemos.
Esta certeza es sobrecogedora porque no solo aflige a mis coetáneos; lo más triste es que también los jóvenes sienten que el presente se les escapa entre los dedos mientras el ayer adquiere la solidez de un santuario. La respuesta a este fenómeno no se encuentra en los relojes de pared, sino en los intrincados pasadizos de la mente.
Soy de los que viajan continuamente a su infancia y sueñan con su juventud. Con frecuencia hago ejercicios aritméticos: por estos días, cuando faltan cinco meses para Navidad, las imágenes de esa misma celebración en 2025 siguen tan frescas que no sé si anclarme en la calidez de esos recuerdos o asumir que ya están casi encima las nuevas fiestas.
A los ocho o catorce años, la espera entre un cumpleaños y otro era una eternidad agónica. El año escolar parecía un siglo y las vacaciones se extendían como un territorio inexplorado. Hoy, en cambio, compramos el pastel de cumpleaños sintiendo que las velas del festejo anterior todavía están tibias. Las estaciones, que en Bolivia se han vuelto tan erráticas, ya no transitan con paso pausado, sino que se atropellan entre sí en ciclos frenéticos; las lluvias y el frío se turnan ahora en un mismo día.
Este parpadeo no es culpa del almanaque, sino de nuestra percepción psicológica. En la niñez, el mundo es un mapa repleto de primeras veces, como aprender a montar en bicicleta o, especialmente para nosotros los bolivianos, descubrir el mar. La mente infantil registra cada detalle al máximo, estirando los días en la memoria. Por el contrario, en quienes ya recorrimos un largo tránsito por la vida, la rutina automatiza las jornadas: el trayecto al trabajo es idéntico y las tareas de la oficina se repiten. Al escasear los estímulos novedosos, el cerebro deja de grabar y lo que no se almacena en la memoria, simplemente se desvanece.
A esto se suma el gran mal de la era digital. Un domingo por la tarde, antes consagrado al descanso real, hoy desaparece en un abrir y cerrar de ojos si deslizamos la pantalla del teléfono de forma inconsciente. Al final del día, queda la desoladora sensación de que las horas se evaporaron sin dejar sustancia. Es ahí donde la nostalgia emerge como un saludable mecanismo de defensa. Refugiarse en las vacaciones de la infancia es adentrarse en un territorio seguro, donde nada malo puede pasarnos por la sencilla razón de que ya ocurrió y sobrevivimos a ello.
El tiempo no corre más rápido; somos nosotros quienes caminamos en piloto automático, descuidando el valor del instante. La nostalgia es el grito de auxilio de una mente cansada que busca suelo firme en medio del torbellino. Para ralentizar nuestro reloj psicológico no debemos manipular las manecillas, sino rescatar el asombro. Romper la rutina con pequeñas acciones: cambiar de posición los muebles de la habitación o alterar el orden en que nos acomodamos en la cama familiar.
Para que la nostalgia no nos robe el presente, obliguemos al cerebro a mirar el entorno con los ojos apasionados de la infancia, sanando así los dolores de una sociedad atrapada en el mito de que todo pasado fue mejor.
Augusto Vera Riveros es abogado