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El fruto de la perdición

Todo el mundo sabía que la entrada en la calle principal del Cadillac azul celeste modelo 57, anticipaba la larga caravana de carretones. En el pequeño pueblo pesquero escaseaban las diversiones, por lo que la llegada de Don Cosme y su circo, era bienvenida por grandes y chicos por igual. Y ese verano, no era la excepción. Luego de saludar con sus bocinas a los presentes, los camiones se fueron estacionando en una fila que corría paralela a los acantilados que daban al mar y tras ubicar un terreno lo suficientemente elevado y plano, los operarios comenzaron a levantar la carpa. Con todo en marcha, Don Cosme se ausentó para visitar al alcalde, un viejo conocido de su época de militar, que solía recibirlo con un trago de bienvenida.

Usualmente las funciones comenzaban al cuarto día de la llegada, ya que los animales, escasos y en su mayoría bastante viejos, necesitaban un tiempo prudencial para reponerse de los largos y movidos viajes a los que eran sometidos. Mientras el personal se dedicaba al armado de la estructura y los artistas a practicar sus rutinas.

Don Cosme se ocupaba del papeleo administrativo y de los carteles y volantes de promoción que luego serían distribuidos en los pueblos aledaños. Estaba preparando los talonarios de entradas, cuando dos golpes secos en la puerta lo hicieron detenerse. Era Horacio, el presentador del circo, que le avisaba que afuera había una persona que quería hablarle. Es extranjero y con mi sordera a cuestas no le entiendo bien, dijo, pero creo que dice ser “un hombre bala”.

Don Cosme dudó en atenderlo: si bien era una atracción que no tenía, las ventas venían muy flojas esta temporada y agregar un sueldo a la nómina era un asunto que no le terminaba de convencer. Pero al fin se decidió a escucharlo.

Entonces, Horacio se corrió a un lado para que ingresara a la oficina un hombre sumamente alto y de pelo rubio que lo saludo cortésmente, y luego se presentó como Dimitri Sthalayencko. Con un precario castellano, dijo ser ruso de nacimiento, y relató que durante diez años fue “El hombre bala” oficial del Circo de Moscú, que contaba con un cañón propio para realizar el acto, que calificó como único, y que sería un honor para él trabajar en este circo. Desconfiado como era, Don Cosme le preguntó qué razón lo había llevado a desvincularse de un circo tan prestigioso y reconocido a nivel mundial. Entonces, el ruso suspiró profundo y contestó: una mujer.

Hizo una pausa y prosiguió su relato: Había conocido a Rita en un bar de San José en donde ella trabajaba, el circo estaba parando allí y ese era su día libre. El flechazo fue mutuo y contundente. Al rato, estaban haciendo el amor en el baño de servicio. Esa misma noche, la mujer le confesó que deberían verse a escondidas ya que convivía con un hombre que la maltrataba, además de explotarla. De todas formas, siguieron viéndose y tras unos días de intensa pasión. Dimitri se encontró ante una disyuntiva: el circo debía partir hacia otro país y no podía llevarse a Rita consigo ya que ella no tenía siquiera pasaporte. Entonces, decidió quedarse para rescatarla. Consiguió un camión y esa misma noche ambos huyeron en él, sin rumbo fijo.  Después de haber dormido en los mejores hoteles cinco estrellas del mundo, Dimitri se encontró acostándose en moteles de mala muerte, pero nada le importaba si gozaba del cariño de su amada Rita. En la entrada a este pueblo el camión se averió y tuvieron que quedarse a repararlo. El mecánico cuando supo de su oficio le avisó que el circo de Don Cosme estaba próximo a llegar, y él interpretó que estaba ante una señal del destino. Así fue que llegue hasta usted, dijo el ruso para finalizar.

Terminado el pormenorizado relato, Don Cosme se dio por satisfecho, pero aún seguía dudando de incrementar los gastos que ya tenía, por lo que iba a dilatar su decisión cuando Dimitri se anticipó con otro comentario: Está mi mujer también, dijo, colabora en mi número disparando el cañón, pero yo creo que tiene condiciones de sobra para participar de un número del espectáculo. ¿Podría presentársela? Y movido por la curiosidad, Don Cosme asintió. Entonces, asomándose por la puerta el ruso llamó a su esposa.

Cuando la muchacha entró, la mandíbula de Don Cosme se derrumbó como un castillo de naipes. Frente a él estaba una mujer enana, pero de una belleza nunca vista: ojos verdes con forma de felino, un largo pelo azabache que se le ondeaba en las puntas y una figura voluptuosa que ondulaba apenas se movía. Para presentarse la chica se acercó al escritorio y guiñando su ceja derecha estiró su mano delicada hacia Don Cosme en señal de saludo. Hola, soy Rita, dijo. El viejo tartamudeó un “mucho gusto” y de manera inmediata aceptó entusiasmado la propuesta de Dimitri. Preséntense, mañana temprano con Horacio que él los ubicará en el carretón que será su nuevo hogar, dijo. Luego arreglaremos el traslado del cañón. Dimitri se despidió de Don Cosme con un vehemente apretón que le dejó la mano doliendo, mientras Rita observaba desde la puerta.

En cuanto corrió la voz sobre la nueva pareja, los hombres y las mujeres del circo buscaban cualquier excusa para acercarse al carretón y conocerlos. Si bien la estrella era Dimitri, no había quien no saliera impresionado con Rita, con preeminencia de los hombres que en cuanto la veían perdían toda capacidad de habla.

El número del “Hombre bala” fue incorporado de inmediato al programa del circo con una foto destacada, y ya desde su debut causó furor entre el público. Es que Dimitri era muy bueno en su especialidad. Ya desde su salida a pista impresionaba con su vestimenta: un traje naranja realizado en satín con un rayo amarillo en el pecho que remataba en un casco plateado de terminación puntiaguda. El número comenzaba con un redoblar de tambores. Tras un corto saludo, Dimitri trepaba una escalera para colocarse adentro del cañón y las luces se desplazaban hacia Rita que aparecía portando una antorcha encendida para encender la mecha. Mientras el fuego corría hacia la pólvora, se escuchaba la exclamación del público aguardando el desenlace inexorable. Entonces, una explosión impulsaba al hombre que salía despedido hacia lo alto, para luego caer parado sobre una red. Una larga ovación coronaba la proeza, y Dimitri bajaba de un salto para reencontrarse con su mujer para el saludo final.

Tras una semana de éxito, Don Cosme llamó a Dimitri a su oficina. Le expresó lo contento que estaba de haber tomado la decisión de incorporarlo y que, cumpliendo con su pedido, tenía pensado incorporar a Rita como protagonista de un número. Voy a eludir lo obvio, le dijo, podría sumarla a los payasos. Pero ella está para otra cosa. Quiero que se luzca tal cual es. Para eso, voy a crear un número especial nunca visto, agregó. La presentaremos cómo: “Rita, la mujer pequeña más hermosa del mundo” y remarcando sus palabras Don Cosme desplazó su mano derecha de un lado a otro como dibujando un cartel. Para eso, prosiguió, ya ordené que confeccionen un vestido especial, lleno de lentejuelas, brillos y plumas. Quiero que baje desde una tarima y recorra la pista como una reina. Se lo merece, ¿no? La noticia llenó a Dimitri de orgullo y de inmediato se lo fue a contar a su mujer que se mostró contenta.  En una semana el traje prometido estaba realizado y tras una prueba exitosa, Rita debutó, cosechando una larga ovación.

Hasta aquí todo iba viento en popa para Dimitri, Don Cosme le había aumentado la paga al doble a ambos y los habían trasladado al carretón más lujoso del circo.  Pero pronto, el protagonismo de Rita empezó a enrarecer las cosas. Si bien desde un principio la belleza de Rita había impactado, su nuevo protagonismo la había convertido en estrella y objeto de deseo de todos los hombres del circo. Más de una vez el ruso había descubierto las miradas lascivas que sin ningún pudor dispensaban a su paso: Baterman, el domador de leones; Yacuzzi, el equilibrista; o Pierre, el lanzador de cuchillos, que muy descaradamente hasta se había atrevido a pedirle que se la cediera para su número al menos por una semana. Rita parecía ignorar lo que su belleza causaba en los demás y no tenía el menor pudor en usar vestidos escotados al límite, o caminar bamboleando su corta pollera dejando a la vista sus partes más íntimas, lo cual exacerbaba a sus pretendientes.

Las prolongadas ovaciones que la chica recibía cada noche, agravaban los celos del hombre hasta convertirlos en una tortura. Para colmo, las nuevas obligaciones de su esposa le quitaban un tiempo que antes era de su exclusiva pertenencia y su ausencia se tornaba insoportable. Rita se ausentaba sin aviso y él no se animaba ni a pedirle explicaciones. A medida que pasaban los días sentía a su esposa cada vez más fría y distante. La pasión desenfrenada de otrora se había muerto en un sinfín de excusas.

Una noche, ocurrió algo que llevó la situación al límite: Dimitri despertó agitado por un mal sueño y se encontró sólo en medio de la cama. Rita no estaba. Con el pijama puesto y descalzo salió a buscarla. Recorrió todos los carromatos y la carpa misma, sin hallarla.  Estaba desesperado, el corazón parecía querer escapársele del pecho. Hasta que, volviendo sobre sus pasos, la encontró caminando tranquila apenas cubierta por un abrigo de lana. No tuvo valor para gritarle y sólo preguntó qué hacía allí. Me desvelé, dijo, y quise ir a ver el mar que golpea en el acantilado.

Para Dimitri había sido la gota que rebalsaba el vaso. Al día siguiente, el ruso   se apersonó en la oficina de Don Cosme y con un tono nervioso le comunicó que abandonaba el circo para volver con Rita a Moscú, que extrañaba mucho a su familia y que además quería aprovechar el viaje para presentarles a su mujer. Esa misma tarde sacaría pasajes para la capital y luego de tramitar el pasaporte de Rita ambos volarían hacia Rusia. De más está decir, la sorpresa que embargó a Don Cosme. Trató de convencer a Dimitri de que se quedara cuadriplicándoles la paga. Pero el ruso estaba decidido y no hubo caso de que cambiara su decisión. Vencido, Don Cosme le pidió por favor que ambos hicieran la función de esa noche ya que las entradas ya estaban vendidas y no se podía defraudar al público, y Dimitri aceptó el pedido de quien, con tanta amabilidad, lo había acogido en el momento de mayor necesidad. En el carromato le esperaba lo tarea más difícil: comunicarle a su mujer la decisión que había tomado. Al escucharlo, Rita enrojeció de ira. Eso no ocurrirá, Dimitri, dijo, para luego abandonar el carromato dando un portazo. El ruso entonces temió un abandono que no lograría superar. Sin embargo, tras dos horas de vigilia, Rita regresó y sin hacer comentarios se puso a preparar las valijas, separando sólo las prendas que usarían esa noche.

El circo estaba colmado como nunca. Las fanfarrias sonaron y Dimitri salió a pista entre los vítores del público que lo había convertido en su favorito. Subió la escalera, girando su cabeza miró a la multitud y luego se dejó caer por el largo tubo. Por un costado, Rita apareció portando la antorcha encendida, prendió la mecha y se corrió hacia un costado. Entonces, una explosión conmovió hasta el piso de piedra en donde se asentaba el circo, y Dimitri salió despedido con tal fuerza que perforó la tela de la carpa y se perdió en la noche. El estupor ganó a los espectadores que no sabían si aplaudir o lamentar lo que acababan de ver. Enseguida Horacio, el maestro de ceremonias, apelando a su experiencia tomó el centro de la pista y dijo que la función debía proseguir, pidió un aplauso para Dimitri, e inmediatamente presentó al siguiente número: “Johnny y sus perros amaestrados”.

Al día siguiente, una lancha recorrió infructuosamente el mar en busca del infortunado, a pesar de que las posibilidades de encontrarlo vivo, en un lugar habitualmente infectado de tiburones, eran ínfimas. En la comisaría, todo el personal del circo prestó su declaración sin aportar datos valiosos para la investigación. Con lo expuesto, el comisario dedujo que Dimitri en su afán de brindar una última función inolvidable, había exagerado con la cantidad de pólvora introducida en el cañón. Por ende, el caso acabó cerrándose como un accidente. Con la excusa de la rotura de la carpa, el circo anuló las funciones ya vendidas y se procedió a su rápido desarme.

Dos días después, muy temprano, el Cadillac azul celeste de Don Cosme partió encabezando la fila de carromatos hacia el norte del país. Algunos vecinos que madrugaron, juran que vieron a Rita sentada en el auto de Don Cosme en el asiento delantero del acompañante. Don Cosme había planeado que, además de tenerla de amante, la reservaría para el saludo final del circo en un lugar central y estelar de lucimiento 

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