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El dólar después del ajuste

Hay decisiones económicas que buscan resolver una urgencia y otras que anuncian el comienzo de una nueva etapa. La reciente flexibilización del mercado cambiario pertenece a la segunda categoría. No porque, por sí sola, vaya a resolver los problemas que enfrenta Bolivia, sino porque reconoce una realidad que el país ya no podía seguir postergando.

Durante semanas, el dólar ocupó el centro de las conversaciones. Era inevitable. Cuando una familia descubre que el dinero ya no alcanza igual que antes; cuando un pequeño empresario no sabe cuánto costará reponer su mercadería; cuando un productor duda sí podrá financiar la próxima campaña, el tipo de cambio deja de ser un concepto reservado para economistas y se convierte en una preocupación cotidiana.

La medida adoptada por el Gobierno tiene aspectos positivos. Un mercado cambiario con menos distorsiones puede reducir la incertidumbre, facilitar la planificación y ofrecer señales más claras para quienes producen, exportan e invierten. Ninguna economía funciona con normalidad cuando una misma moneda tiene varios precios y la incertidumbre termina reemplazando a las reglas.

Pero también sería un error pensar que el problema termina ahí. Como dice el viejo refrán, no se puede tapar el sol con un dedo. Una decisión cambiaria puede ordenar el mercado; no puede crear, por sí sola, los dólares que el país necesita. Esa tarea sigue dependiendo de la producción, las exportaciones, la inversión y la confianza.

La economía siempre termina haciendo las preguntas que la política ya no puede seguir postergando.

La pregunta de fondo ya no es cuánto costará el dólar dentro de algunos meses. La verdadera pregunta es de dónde saldrán las divisas que Bolivia necesitará para crecer durante la próxima década.

Ese es el debate que realmente importa.

Durante años vivimos apoyados en un ciclo económico impulsado por los ingresos de la venta de hidrocarburos. Gracias a ese período fue posible sostener la estabilidad, financiar importaciones y acumular reservas. Sin embargo, las condiciones que hicieron posible esa etapa ya no son las mismas. No se trata de desconocer lo que ese ciclo significó para el país, sino de comprender que ninguna estrategia es permanente cuando cambia la realidad.

El filósofo José Ortega y Gasset afirmaba: «Yo soy yo y mi circunstancia». Los países también tienen su circunstancia. Cuando las condiciones cambian, las decisiones públicas deben cambiar con ellas. Insistir en respuestas diseñadas para otro momento solo prolongan los problemas.

Las consecuencias de este nuevo escenario no serán únicamente económicas. También serán sociales y políticas. Si la incertidumbre disminuye, las empresas recuperan la capacidad de invertir y las familias vuelven a planificar con mayor confianza, la economía encontrará mejores condiciones para crecer. Si eso no ocurre, cualquier ajuste terminará siendo insuficiente.

Gobernar también significa administrar expectativas. La ciudadanía necesita sentir que existe un rumbo. La confianza no nace de los discursos; se construye con decisiones coherentes, instituciones creíbles y reglas que permanezcan en el tiempo.

Por eso, la discusión no debería concentrarse exclusivamente en el dólar. El verdadero desafío consiste en construir un nuevo ciclo económico capaz de generar riqueza de manera sostenible.

Eso significa producir más y exportar más. Significa transformar nuestros recursos naturales en productos con mayor valor agregado. Significa fortalecer la agroindustria, consolidar el turismo como una industria estratégica, impulsar la minería responsable, apoyar el emprendimiento y abrir espacio a la tecnología, la economía del conocimiento, la innovación y las nuevas energías que ya están redefiniendo la competitividad en el mundo.

Existe un dicho popular que resume bien este desafío: primero hay que sembrar para después cosechar. Sí Bolivia quiere una economía más fuerte, primero tendrá que sembrar confianza, seguridad jurídica, inversión, educación, productividad e innovación. Ningún país obtiene resultados diferentes haciendo siempre lo mismo.

La reciente flexibilización cambiaria puede convertirse en el comienzo de una nueva etapa. Pero su éxito dependerá menos del comportamiento del dólar que de la capacidad de Bolivia para comprender que ha comenzado un cambio de ciclo y que ese cambio exige nuevas ideas, nuevos acuerdos y una visión de largo plazo.

Bolivia tiene recursos, talento y una enorme capacidad para salir adelante. Lo que hoy está en análisis no es únicamente un tipo de cambio. Está en reflexión el tipo de país que queremos construir para las próximas generaciones.

Las monedas cambian de precio. Los países cambian cuando cambian sus decisiones.

Oscar A. Heredia Vargas es analista político y económico y Ex Rector de la UMSA.

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