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El discreto encanto de la oposición

En Bolivia ha ocurrido algo inusual, raro, casi milagroso y no nos hemos dado cuenta. Peor aún: ni siquiera el propio gobierno parece haber comprendido plenamente lo que ha sucedido. Hemos perdido la capacidad de sorprendernos, incluso de todo lo bueno que hacemos como sociedad o frente a una fórmula política que ha funcionado y ha logrado lo que en otros países parece imposible.

Mientras en Venezuela se debate si la salida al autoritarismo requiere sanciones, aislamiento internacional o incluso la intervención de potencias extranjeras, en Bolivia el MAS y el Socialismo del Siglo XXI fueron derrotados sin violencia ni tutelas externas. Y, sin embargo, casi nadie se ha dado cuenta de la naturaleza profundamente novedosa de ese proceso.

La clave de ese “milagro boliviano” no fue una candidatura tradicional. No fue la derecha clásica ni la izquierda renovada ni el populismo revolucionario. Fue una “dupla” peculiar, improbable, hasta contradictoria: Rodrigo Paz y Edmand Lara. Dos identidades políticas distintas, casi opuestas, que representaron sensibilidades diferentes de la sociedad boliviana y que, juntas, lograron lo que ninguna de ellas hubiera podido por separado.

Rodrigo Paz, con un perfil más tecnocrático e institucional, heredero –aunque renovado– de tradiciones políticas familiares. Lara, en cambio, con una impronta popular, antisistema y confrontacional, arraigada en sectores rurales y urbanos populares que jamás hubieran votado por los candidatos tradicionales de la oposición. Ninguno de los dos habría llegado solo al gobierno. Juntos, sí.

La votación que obtuvo Lara no habría ido jamás ni a Jorge Tuto Quiroga ni a Samuel Doria Medina. Pero alguna gente votó por Rodrigo solo por estar asociado a Lara. Y, a la inversa, muchos aceptaron votar por Lara como parte de una dupla que incluía a Rodrigo. Esa es la clave del fenómeno: una oposición que se construye por agregación de diferencias, no por homogeneización.

Hoy, ya en el gobierno, esas dos identidades están en las antípodas. Rodrigo crece como presidente; Lara se automargina y se desfigura. Pero lo verdaderamente interesante no es esa evolución natural, sino que por primera vez tenemos en Bolivia oficialismo y oposición dentro del mismo gobierno, ambos enfrentados al MAS, pero por razones distintas y desde lugares distintos.

Ese es el núcleo de mi planteamiento: la emergencia de una oposición legítima, con respaldo popular y representación parlamentaria, que no está en las calles ni en los bloqueos, sino dentro del sistema. Una oposición que no debiera buscar derrocar al gobierno, sino tensionarlo, corregirlo y obligarlo a debatir dentro de la institucionalidad democrática.

Y aquí aparece el error. Apenas asumido el nuevo gobierno, la crítica más dura no vino del Parlamento, sino de actores ilegítimos, como la COB, que no representa a nadie y no ha recibido voto alguno. El gobierno cometió el error de responderles y, por tanto, convertirlos en interlocutores.

Lo correcto hubiera sido negociar con Lara. Que sea él quien critique, explique, proponga o disienta, pero que el debate se dé en el Parlamento, con ministros compareciendo con argumentos y cifras, y no en las calles ni en reuniones cerradas con actores fácticos, que no representan ni rinden cuentas a nadie.

Ese es hoy el discreto encanto de la (nueva) oposición. Está ahí, es legítima, es funcional a la democracia, pero no sabemos cómo usarla. Ni siquiera parecemos verla. La tenemos delante de nuestras narices y seguimos actuando como si la única oposición posible fuera la del bloqueo permanente.

Este fenómeno no es del todo nuevo. Tuvo un antecedente breve y fallido en la dupla Camacho-Pumari, una “yunta” poderosa que fue rápidamente fracturada por operadores políticos hoy claramente identificados con el masismo. La diferencia es que ahora la fórmula llegó al poder y sigue en pie.

Este hecho ha pasado desapercibido principalmente fuera del país. Cuatro días después de asumir Rodrigo Paz, en la conferencia de IDEA de expresidentes latinoamericanos en Miami, ni siquiera Tuto Quiroga, expositor allí, mencionó la extraordinaria reciente elección en Bolivia; como si no hubiéramos logrado derrotar democráticamente, 20 años de socialismo autoritario, con una mayoría aplastante, liberal y popular.

Ese silencio dice mucho. Dice que no hemos sabido contar lo que hicimos. Que no hemos entendido la magnitud del cambio. Y que, si no lo comprendemos nosotros, difícilmente lo comprenderán otros.

Bolivia ha logrado librarse del MAS y del Socialismo del Siglo XXI por la vía electoral, sin mesías, sin golpes, sin salvadores externos. Pero ese logro exige algo más difícil que ganar elecciones: entender el nuevo modelo político que hemos creado y aprender a gobernarlo.

La oposición ya no está fuera. Está dentro. Y ese, precisamente, es su discreto encanto.

Ronald MacLean Abaroa es catedrático; fue alcalde de La Paz y ministro de Estado.

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