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¿Dominamos la barbarie en la era del silicio?

La mañana del 6 de octubre de 2021 compré en la librería Yachaywasi del centro de La Paz un libro gordo que tuvo que esperar varios años en mi estante para ser leído por mí (mi papá lo leyó poco después de ser comprado). Era Descenso a los infiernos: Europa, 1914-1949, del célebre historiador Ian Kershaw, un tomo gordo de más de 700 páginas con ilustraciones impresas a todo color en papel cuché. Recién lo leí estos primeros meses de 2026, y me dejó sin aliento. Se trata de una larga crónica escrita con rigor documental y académico, pero también con estilo literario, que conecta magistralmente los sucesos más importantes de la historia de las dos guerras mundiales y de la Europa de entreguerras. En sus varias centenas de páginas, el autor lleva de la mano a su lector por los desiertos, las odiseas y los valles culturales, económicos, sociales, políticos y religiosos que Europa, ese continente luminoso y a la vez bárbaro, tuvo que atravesar en la primera mitad del siglo XX.

Descenso a los infiernos me llevó a plantearme cantidad de reflexiones sociales, culturales, políticas y religiosas, de cara a lo que podría ser el mundo en el futuro próximo y lejano. Y como las páginas del libro están saturadas de hechos de, sobre todo, violencia y guerra, mientras iba leyendo no podía no preguntarme si aquellos instintos irracionales, que llevaron al continente en apariencia más civilizado del mundo al infierno en la Tierra, estarán eliminados al día de hoy, en la era del silicio y la IA. El libro estaba tachonado de cifras (de miles o millones) de niños muertos, mujeres violadas, soldados mutilados o asesinados, hambrunas sin cuento y edificios y ciudades destruidos por las bombas.

Y mientras leía, podía visualizar en mi mente todos esos horrores. Entonces resultaba difícil encontrar un significado para la absurda tarea que decenas de millones de hombres tuvieron durante tantos años: matar al otro, destruirlo. La teoría de la “banalidad del mal” de Hannah Arendt me parecía ser la única que podía explicar tales desmanes: se asesinaba por hecho de hacerlo, simplemente. Y realmente: en las guerras de gran envergadura, los objetivos concretos —si es que los hay en algún momento— suelen perderse de vista, convirtiéndose la lucha en una sangría sin sentido ni rumbo.

Uno de los motivos del estremecimiento que sentí al leer el libro de Kershaw fue saber que lo que narra el historiador no sucedió en el siglo V o en el XI, ¡sino hace 100 u 80 años…! Los ejércitos que marcharon al frente en la Gran Guerra eran decimonónicos, con fusiles y bayonetas principalmente, pero pronto la tecnología hizo lo suyo y las batallas de la segunda guerra ya fueron verdaderas hogueras atizadas por lo que los pensadores Horkheimer y Adorno llamaron “razón instrumental”: la aviación, los tanques, la guerra química, el lanzallamas y, desde luego, la bomba atómica. En la guerra moderna, pues, los muertos se convierten en fríos números y la tarea de matar al otro es totalmente impersonal. ¿Cómo serían asimilados por las burocracias los muertos en una guerra de envergadura en la actualidad?

Uno de los momentos más apasionantes de mi lectura fue cuando leí el capítulo en que se narra los avatares de la Iglesia católica y las iglesias protestantes y/o evangélicas durante toda esa etapa gris. Hubo de todo, desde cristianos antisemitas y filonazis, hasta cristianos que aplicaron fielmente el mandato bíblico de amar al prójimo y dar la vida por él. Con aciertos y errores, la Iglesia (o, más bien, las iglesias) de Cristo prevaleció y se abrió camino a través de los escombros y la desolación que habían dejado las dos guerras, las guerras civiles, las crisis económicas, el Holocausto y las peleas de toda índole que el ser humano sabe hacer tan bien.

El libro también me hizo pensar en el desarrollo de la técnica como medio de difusión masiva de cultura y de hacer la guerra. ¿No estamos hoy, con el algoritmo y la IA, en el umbral de un nuevo salto hacia nuevas formas de matarnos? Cabe reflexionar profundamente si en la era del silicio se han perfeccionado las herramientas para descender, nuevamente, a los infiernos.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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