Inmediaciones
Cada primer miércoles de febrero, millones de voces en más de 170 países se alzan para celebrar el Día Mundial de la Lectura en Voz Alta. La fecha, instaurada en 2010 por la organización internacional LitWorld, busca reivindicar la lectura como derecho humano y como práctica comunitaria.
La elección de febrero no es casual. Coincide con el inicio del calendario escolar en gran parte del mundo y funciona como recordatorio de que la lectura debe acompañar todo el año. Desde su primera edición, millones de niños y jóvenes han participado en lecturas colectivas, reforzando la idea de que la voz es el vehículo más democrático para transmitir historias. La lectura oral, al pronunciarse en comunidad, rompe barreras y democratiza el acceso: incluso quienes no saben leer pueden escuchar y apropiarse de la palabra.
La tradición de leer en voz alta es tan antigua como la literatura misma. En la Grecia clásica, los poemas homéricos se recitaban en plazas y banquetes. En la Edad Media, los monasterios eran escenarios donde los textos se escuchaban en comunidad. La lectura silenciosa, tal como la conocemos hoy, se popularizó recién con la imprenta, pero la oralidad nunca desapareció.
En América Latina, las culturas indígenas y populares han mantenido viva la costumbre de narrar y leer en voz alta como forma de preservar la memoria colectiva. La voz es la que mantiene viva esa tradición. En las calles aún se escuchan pregoneros que recitan versos, abuelas que narran historias familiares, maestros que leen en voz alta para que sus alumnos aprendan a escuchar antes de aprender a leer.
La lectura oral no distingue entre Cervantes y García Márquez, entre Saint‑Exupéry y un folleto de salud pública. Todo texto, cuando se pronuncia, se convierte en puente hacia la comunidad.
Los datos de la UNESCO son contundentes: más de 770 millones de adultos en el mundo aún no saben leer ni escribir, y cerca de 250 millones de niños carecen de competencias básicas de lectura. En ese contexto, la lectura en voz alta se transforma en un acto de inclusión. Quien no puede leer, puede escuchar. Quien no tiene acceso a libros, puede participar de la palabra compartida.
El universo de los libros es inmenso. Se estima que existen alrededor de 170 millones de títulos únicos en el mundo, y cada año se publican más de 2 millones de nuevos libros. Si comparamos esta cifra con la población mundial —más de 8.000 millones de personas—, cada habitante tendría que leer al menos 21 libros diferentes para que todos los títulos fueran compartidos de manera equitativa. El cálculo es simbólico, pero nos recuerda la magnitud del desafío y la riqueza de la producción literaria.
Este día también es una invitación a abrir un libro y dejar que las palabras se escuchen. Algunos fragmentos cobran fuerza al ser pronunciados:
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…” (Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha).
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad).
“Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos.” (Antoine de Saint‑Exupéry, El Principito).
Cada uno de estos fragmentos, al ser leído en voz alta, se convierte en un puente entre generaciones, culturas y sensibilidades.
El Día Mundial de la Lectura en Voz Alta nos recuerda que la literatura no pertenece únicamente al individuo, sino a la colectividad. La voz del lector es la chispa que enciende la imaginación de quienes escuchan, y juntos construyen un espacio simbólico donde la palabra funda comunidad.
En un mundo saturado de pantallas y mensajes fragmentados, detenerse a escuchar un texto leído en voz alta es un gesto de recuperación de la atención y de la intimidad compartida.
Y porque toda celebración también abre preguntas, este día nos invita a reflexionar: ¿qué textos elegiríamos para leer en voz alta si tuviéramos que compartirlos con otros hoy? ¿Estamos leyendo lo suficiente frente a la enorme cantidad de libros que existen en el mundo? ¿Qué lugar ocupa la lectura oral en nuestras escuelas, bibliotecas y hogares? ¿Podría la lectura en voz alta ser una herramienta para reducir las brechas de alfabetización? ¿Qué cambia en nosotros cuando escuchamos un texto leído en voz alta en lugar de leerlo en silencio?
Hoy, mientras millones de voces se suman a esta celebración, la invitación es sencilla: abrir un libro, cualquiera de esos 170 millones que existen, y leerlo en voz alta. Porque la literatura se escucha, se comparte y se vive en comunidad.