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Dengue

Maurizio Bagatin

Escalofrío, vértigo, electrocución, desdoblamiento (ojalá sea como lo que tuvo Arthur Rimbaud) mareo, bochorno. Diez minutos en un estado doloroso y placentero, cinco de Lovecraft y cinco de Stephen King.

Los mosquitos han pasado las cordilleras y están atacando a sus avasalladores. Habrán leído a Sun Tzu para tener tan buena táctica y excelente estrategia. La malaria de la cual me curé tomando Fansidar y sudando la mitad de mi cuerpo, la leishmaniasis con sus tantos nombres vulgares: botón de Oriente, espundia, lepra blanca, todo un diccionario de enfermedades que las transmiten un mosquito, el ser más chico de la selva. Tenía razón el “discípulo” de Heródoto, nuestro gran cronista Ryszard Kapuściński, en avisarnos que los mas grandes peligros se ocultan en lo seres más pequeños.

Esta mosquita hembra de la familia Aedes aegypti, ¿dónde habrá estado? En medio de las bananas que llegan del Chapare, o en las cajas con papaya, o simplemente ya haciendo parte “endémica” de nuestro brutalizado territorio.

El año pasado Bolivia ha quemado 300 mil hectáreas de bosque amazónico. Una parte del pulmón con el cual respiramos. Las chikungunya, la fiebre amarilla y el Zika, el Dengue viven ahí. Solo el hombre destruye y altera. El mosquito no viene solo por la sangre. Polvorines en la tarde tropical, mut mut al amanecer africano, zancudos al atardecer, la mosca tze tze esperando todo el día. Es suficiente que una pareja viaje, clandestina como unas semillas libres y la reproducción está garantizada. El Mago se espantó de una horda de mosquitos en el Chiapas, estos, decía, atacan dos veces al día, un ataque en la madrugada cuando todo siguen durmiendo y otro ataque al crepúsculo, cuando las fuerzas de combates ya vienen a menos. Sí le digo, parecen mujeres zapatistas. Firmes en defender su territorio, las mosquitas de Chiapas hacen parte ellas también del EZLN. No puede ser que así.

Apaleado y macurcado, desde la ventana veo en el cielo el gris del invierno, la luna llena que intenta maquillarlo con su luz. Al escalofrío intento enfrentarlo con una frazada de lana, tejida por manos de mujeres altiplánica, de Challapata. ¡Que belleza y que calor!

4 días en la cama y uno se cansa de descansar.

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