De la democracia despótica a la dictadura fascista

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Cuando algún masista tiene que dar explicaciones de actos que violan todos los principios democráticos, como el rapto del Gobernador cruceño Fernando Camacho, parte de la premisa de que la aplicación de la Ley es universal, esto quiere decir que se aplica a cualquiera más allá de sus atributos, funciones o lo que fuese. Se supone que “la Ley” se aplica sujeta a un “debido proceso”, empero, en Bolivia no se cumple por la sencilla razón de que quienes tienen que hacerla cumplir son sumisos, serviles e incondicionales al Poder Ejecutivo. 

La trampa estriba en que se presenta la premisa (la Ley se aplica de forma independiente) como si fuera cierta, aunque todos los criterios digan lo contrario. Si esto es así, ante la falsedad de la premisa todo argumento justificativo en torno a lo que se trate resulta igualmente falso. Por esta vía es fácil concluir que, si la dictadura masista y sus funcionarios judiciales sostienen que Fernando Camacho cometió algún delito, en la medida en que esa premisa es falsa, todos los argumentos que utilicen para justificar el atropello resultan igualmente falsos.

Esto es posible porque quien administra el Poder político asume sus funciones en calidad de déspota. Déspota según el diccionario de la Lengua española es toda persona “que gobierna sin sujeción a ley alguna” (RAE). Etimológicamente el término proviene del vocablo despotes que significa “amo”, de manera que en las democracias despóticas como las que gobierna Bolivia desde el 2006, el déspota que ocupa la presidencia se cree “amo” de la nación, de sus ciudadanos, sus instituciones y de la historia que acompaña su evolución. Se trata de un régimen que basado en premisas falsas y conclusiones falsas recubre su carácter despótico con un maquillaje democrático. Hasta el secuestro de F. Camacho teníamos un largo régimen que cabe de principio a fin en la categoría denominada “democracia despótica”, sin embargo, el secuestro y la forma que se realizó ha llevado el régimen a un nivel superior; hoy tenemos una dictadura fascista.

El fascismo tiene algunas características universales. Se declaran anticapitalistas, se fundamenta en lo que se ha dado en llamar el “partido milicia” que considera que todo el que no esté con él está contra él, el mecanismo es movilizar grandes contingentes de adeptos y grupos paramilitares, sembrar el terror y hacer lo que le venga en gana. Su “enemigo principal” es la sociedad entera. Sus argumentos se fundamentan en un sentimiento trágico y mítico de la historia, de manera que, ante todo son víctimas, y eso les da el derecho de revancha, el odio y la violencia. Son en este sentido regímenes violentos por naturaleza que despliegan su poder a través de los famosos Fascio de Combatimento (grupos de choque) inventados por Benito Mussolini. La política sustituye todo criterio racional, es decir las lógicas no se sujetan a la racionalidad, sino al cálculo político. Se organizan como “partidos-estado” y con este fin corporativizan todos los niveles de representación social. Buscan desesperadamente y de forma compulsiva la grandeza y el poder universal y eterno, para ellos, el ombligo del mundo está localizado en sus propias organizaciones y el resto del mundo es siempre una amenaza.

Estas características encontradas por los expertos en el tema, dejan claramente establecida la naturaleza del régimen del MAS, independientemente de que su gestión esté en manos de Evo Morales, Luis Arce Catacora o Choquehuanca, todos se asimilan ideológicamente a variantes de una visión fascista del Poder. Con la detención de Camacho el régimen ha desnudado su verdadera naturaleza y ha cruzado una peligrosa línea que diferencia un gobierno despótico de uno fascista.

En la otra cara de la medalla, el régimen actual tendrá que vérselas con una ciudadanía que ya no está dispuesta a someterse y que, emerge como la nueva fuerza social que impulsa la historia nacional. El Poder Ciudadano no requiere de “aparatos” de Poder, de ideologías y dogmas, de militancias secantes o caudillos ilustrados, está en las calles, en los hogares, en las identidades sociales (amas de casa, profesionales, obreros, campesinos, LGTB, grupos religiosos, artistas, académicos etc..) es decir, a quien tiene que enfrentarse ahora es a una sociedad que ha decidido que la diversidad de sus expectativas e intereses rebaza inmensamente la pequeñez y mediocridad del discurso masista, que es, en última instancia, la expresión de un estado decadente, de un proyecto pluricultural fallido y de un proceso de descomposición del Estado del 52. 

La batalla puede ser dura, pero la historia universal muestra con absoluta claridad que, en las sociedades modernas, la sociedad civil es imposible de acallar, y menos de vencer.

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