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Daniel Averanga: escribir desde el ruido, contra el centro, sin pedir permiso

Daniel Averanga Montiel nació en Oruro en 1982. Es uno de los escritores más incómodos, prolíficos y provocadores de la literatura boliviana contemporánea. Su obra se mueve entre la novela, el cuento, el ensayo, la crítica cultural y la historieta. Ha ganado el Premio de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz” en dos ocasiones y ha sido reconocido por su capacidad de incomodar, de desarmar, de escribir sin pedir permiso.

Averanga no escribe desde el confort. Escribe desde la periferia, desde el margen, desde el ruido. Su estilo es directo, ácido, a veces brutal. No busca agradar ni encajar. En una frase que lo define: “Trato de escribir pensando que nada es original”. Esa no es una renuncia: es una declaración de guerra contra el simulacro, contra el canon, contra la corrección.

Ha publicado libros como La puerta, La cábala coral, Chico clefa, El aburrimiento del Chambi y otros cuentos clandestinos, Emma y los cuadernos de investigación, Ser digno (en historieta), y otros textos que cruzan la literatura con la crítica social. Averanga incomoda porque no se calla. Porque no escribe para el aplauso. Porque no le teme al desencanto.

Esta entrevista no viene a rendir tributo. Viene a abrir ventanas donde otros ponen cortinas. A raspar la superficie hasta que sangre. A preguntarle al escritor que no se acomoda, que no se calla, que no se vende, qué queda cuando se escribe sin red, sin aplauso, sin perdón. No buscamos respuestas limpias. Buscamos el barro, el ruido, el temblor. Porque hay autores que escriben para ser leídos. Y hay otros, como Averanga, que escriben para que nadie duerma tranquilo.

Entrevista sin red a Daniel Averanga

  1. ¿Qué te llevó a escribir desde la periferia, desde el margen, desde el ruido?

R. Es que es más interesante escribir desde donde uno ha crecido, suena más sincero y hasta auténtico; recuerdo las primeras veces que, con una timidez digna de cualquiera que no conoce el mundo editorial, visité por primera vez una feria del libro, en 2003: libros imposibles de comprar por lo caros y bonitos que eran, pero que estaban ahí, empotrados entre los descuentos; fue una linda sensación ese momento, cuando me dije: “Quiero ser parte de este mundo”, y de hecho, si hubiera tenido contactos, si me hubiera congraciado con los amigos de mi padre para que me dieran un empujón, quizá tendría muchos más libros en mi haber; pero los amigos de mi padre o de mi madre eran gente buena, no metida en este mundo; gente a la que le pasaban cosas interesantes. Sin pecar de ser infidente, decidí escribir mis historias tomando en cuenta este contexto donde solo nos toman en cuenta cuando hay elecciones, donde no parece suceder nada más que cortes de luz, peleas por deudas, tragedias comunes, algunos instantes de dicha y borracheras. Soy de la aparente periferia cultural boliviana, y creo que allí sí sucede lo que vale la pena contar.

  1. ¿Qué significa para ti haber ganado dos veces el Premio de Novela “Marcelo Quiroga Santa Cruz”? ¿Reconocimiento o contradicción?

R. En parte reconocimiento, pero no de las autoridades. Para mí reconocimiento es lo que significa la palabra: reconocer algo que ya se ha conocido previamente; suena básico, pero es esencial. A nuestras autoridades les vale un pepino sus escritores, a menos que sean serviles o como decía Bolaño: cortesanos, como Fernando Molina, que siempre fue esbirro de Doria-Medina, o Rafael Bautista, que vive como un camaleón que habla con indignación selectiva, dependiendo del financiamiento. Los dos premios de novela significaron para mí el logro de hacer llegar a la gente estos trabajos, y me siento feliz cuando la gente se me aproxima y me dice: “Me ha gustado tu novela” y también cuando no les ha gustado, porque allí yace el acto de “reconocer” el trabajo escrito. Ese reconocimiento de la gente es mil veces mejor, que, perdone la generalización, un diploma firmado por un diputado, un senador o un ministro que en su puta vida vivirá al día como muchos de nosotros hacemos, porque no quiere y de seguro no puede. Mi objetivo es contar historias, compartirlas; el gobierno, sea plurinacional o municipal, me puede o no reconocer y la verdad no me interesa, porque sé que ellos, los políticos en su gran mayoría, solo pueden leer cuando hay un recibo de compra de terrenos de la Chiquitanía para sus hijos wawalones, o cuando les toca leer un discurso comprado a un profesional en sociología, que han contratado previamente.

  1. ¿Qué te incomoda de la literatura boliviana actual? ¿Hay canon, hay impostura, hay simulacro?

R. Hay canon, hay impostura y hay demasiado simulacro, tanto que asquea. Explico: Canon desde la gente que lee y recomienda lo que le gusta a otra gente, y de mano en mano, se abre la posibilidad de un canon real, no definido por pseudointelectuales fanáticos de Bourdieu, impostura desde estos últimos, que promocionan libros vacíos, mediocres, llenos de pactos de clase, porque hay literatura que es pacto de clase en Bolivia: hijos estúpidos de padres estúpidos que tienen amigos estúpidos que curiosamente son directores de comités editoriales, y por eso hay libros tan nefastos, que prefiero no enumerarlos, y desde la autoría de estos libros basura, están los autores que creen que, escribiendo desde sus despachos, los fines de semana porque para ellos la escritura es un hobbie, se deciden por el camino fácil: el simulacro, la falta de conciencia, creando libros que se olvidan en dos semanas en el más común de los casos. Hay que seguir con lo del canon subterráneo, recomendado entre lectores sensatos, que me fascine de igual manera leer autores del centro, de la zona sur paceña, del segundo anillo cruceño, de la periferia sucrense o del Plan 3000, que esto fluya y no se estanque en alguna reseña pedante de 88 grados o La Ramona. 

  1. ¿Qué autores te irritan por su falta de estilo o pasión? ¿Y qué libros te devolvieron la fe en la escritura?

R. Hay un montón de autores nacionales que me provocan vergüenza por cómo piensan mucho en sí mismos más como escritores o activistas sociales y no se preocupan por contar algo realmente bien, o con sinceridad; los autores que sí me han impactado (siempre he tenido fe en la escritura) y admiro, incluidos sus trabajos, son Verónica Delgadillo (“Ausencia de árbol”), Rodrigo Urquiola (“Ayer el fuego”), Maurizio Bagatin (Todas sus reseñas literarias), Edmundo Paz Soldán (“Los vivos y los muertos”), Quya Reyna Suñagua (“Los hijos de Goni”), Mariana Ruiz (la saga de Uma), Claudio Ferrufino (“El señor don Rómulo”), Patricia Requiz (algunos de sus cuentos) o Fabricio Callapa (todos sus cuentos), internacionalmente, Ray Bradbury (“El país de Octubre”), Stephen King (“Dolores Claiborne”) y Patricia Highsmith (toda la saga de Tom Ripley).

  1. ¿Qué te enseñó La puerta sobre el lenguaje? ¿Y qué te enseñó La cábala coral sobre el delirio?

R. La puerta me enseñó a ser perseverante con el lenguaje, que todo puede ser como en el Origami; puedes gastar muchas palabras o pocas, depende de tu forma de narrar; La cábala coral me enseñó a no tomarme en serio como persona, pero sí tomar en serio la ficción, como maquinaria de juego desde la cual se pueden lanzar verdades que hieren.

  1. ¿Qué papel juega el humor en tu escritura? ¿Es defensa, es ataque, es espejo?

R. Es ataque y espejo; somos tan estúpidos, nobles, ingenuos, malignos y maravillosos, todo en conjunto, que resulta inevitable reír como única respuesta, y qué mejor, desde lo no tan perecedero, que son los libros; no me imagino a un cura bondadoso o a un criminal maligno todo el tiempo; de hecho, cuanto más pasan los años, más me caen bien las personas que cometen errores y las que no se meten a la política partidaria.

  1. ¿Qué te obsesiona más: la estructura o el ritmo? ¿Y qué palabra te persigue cuando escribís?

R. Me obsesiona el ritmo. La estructura es algo que va armándose con el tiempo, en tanto uno se apasiona más, construye en el aire sus castillos de naipes imaginarios. Una buena estructura también depende del ritmo usado para armarla. Me persigue una sola palabra: “Oscuridad”.

  1. ¿Qué te irrita de los talleres literarios? ¿Y qué te da esperanza en los lectores que no vienen del circuito académico?

R. No me irrita nada de los talleres literarios; hay docentes de talleres literarios extraordinarios, como Mauricio Murillo o Maximiliano Barrientos, que saben de lo que hablan, y es pertinente escucharlos y tomar nota. Yo hablo con lectores que no son del ámbito académico: adolescentes, personas que están en instituciones alejadas del mundo académico, como orfanatos, privados de libertad, ancianos de casas de retiro, y creo que ellos me han enseñado cosas esenciales del oficio de contar historias, cosas que combino al escuchar a Mauricio o Maximiliano: se hace una trenza del oficio, y bien sabes que es cierto: si bien el mejor aprendizaje para la escritura es escribir, aporta más vivir, escuchar y observar a nuestros compañeros de viaje.

  1. ¿Qué te enseñó el fracaso editorial? ¿Y qué aprendiste del silencio institucional?

R. Todos podemos ser parte del fracaso editorial, pero no significa que ello sea el fracaso personal; son batallas, no la guerra. Las instituciones enfermas de mediocridad como el ministerio de educación (la minúscula es intencional) o las fundaciones culturales pueden ser silenciosas, la cultura y la literatura suceden afuera de sus instalaciones, o estas instituciones se acomodan a eso, o perecen.

  1. ¿Qué significa escribir en Bolivia hoy? ¿Es resistencia, es provocación, es condena?

Escribir en Bolivia es una linda aventura, salpimentada de urgencia, premura, escasez de dinero, exceso de risas y conectar con la gente. Derrumbar los mitos con los hechos, y a su vez con los escritos.

  1. ¿Crees que hay futuro para los jóvenes escritores en Bolivia? ¿O el sistema los empuja al desencanto?

R. El sistema siempre empuja al desencanto. He sido jurado en certámenes de cuento infantil y juvenil los últimos años, es decir, de cuentos escritos por niños y adolescentes, y puedo decir que hay un futuro grandioso, porque estos participantes, más allá del silencio del sistema, cuentan historias, y son muy capos, eso me llena de esperanza; si son capos, pronto sabrán enfrentarse a este sistema tan ridículo de silencios y pausas.

  1. ¿Qué deberían esperar de la literatura quienes empiezan a escribir hoy? ¿Belleza, conflicto, precariedad?

R. Hay que esperar de todo; pero nunca olvidar que escribir es una decisión por encima de los privilegios. Escribir es salir de la zona de confort, seas del estrato que seas, si eres bueno, necesitas renunciar a la comodidad y crear, como todo artista debería hacer.

  1. ¿Se puede vivir de la literatura en Bolivia? ¿O hay que escribir sabiendo que el hambre también es parte del oficio?

R. Se puede vivir de la literatura. Hago corrección de estilo, a las ferias que voy, vendo mi producción porque algunos de mis libros gustan a las personas. Pero no espero comprarme hectáreas en la Chiquitanía, ni viajarme a los Estados Unidos cuando pierdo una elección, o tener mi castillito en el Chapare. El hambre debe ser por renovarte como escritor, nada más.

  1. ¿Qué legado crees que están recibiendo los jóvenes que escriben hoy? ¿Es herencia o es carga?

R. Hay tanta ingratitud de los nuevos escritores por los maestros que nos dejaron. No los leen, no les interesa leerlos; prefieren a los de afuera. El legado primordial es leerlos siempre, estudiarlos: Adolfo Cárdenas, Adolfo Cáceres, Gaby Vallejo, Jaime Saenz, Arturo Von Vacano, Hugo Boero Rojo, Adela Zamudio, Oscar Cerruto, Jaime Nisttahuz y tantos otros… Si no los leemos ahora, ¿con qué orgullo llegaremos al futuro, sin aprender de ellos, de su legado impreso?

  1. ¿Cuáles son los tormentos que enfrentan los escritores jóvenes? ¿Y cuáles son los tuyos que aún no se han ido?

R. Los tormentos de los escritores jóvenes tienen que ver con el manejo del ego cuando ganan premios (vean el caso de Gabriel Mamani, enloqueció de vanidad el llamado feto sociólogo), la inseguridad editorial y el perfeccionamiento del lenguaje o su ausencia. El único tormento que me molesta de verdad es olvidar que tengo principios; el poder, cuando llega, corrompe; no quisiera tener el poder absoluto para olvidar absolutamente mis principios.

  1. ¿Qué escritores son tus demonios? ¿Y cuáles son tus cómplices?

R. Demonios en el buen sentido: Dostoievski, Oe, Jelinek; cómplices: Bradbury, Nisttahuz, Dahl, Barker, King.

  1. ¿Qué autor boliviano recomendarías sin dudar? ¿Y cuál no recomendarías jamás, aunque te lo pidieran?

R. Recomendaría a Bernardo Ayala, a Quya Reyna Suñagua y a Rodrigo Urquiola. No recomendaría (ni siquiera si me apuntaran con una pistola a los huevos) al Ignacio Vera de Rada, el de la “hermosa cabellera”, o al Adrián Nieve, “un hombre honesto, de peso, conocido como el hombre de los pies ligeros”. Ambos parecen muy buenos tipos, pero qué mediocres libros que tienen, realmente una cagada de libros, con perdón de las deposiciones.

  1. ¿Crees que el lugar desde donde se escribe —geográfico, simbólico— condiciona el tipo de literatura que se produce? ¿Hay literatura ahí o solo marketing?

R. Claro que condiciona, pero si usas tu contexto como infidente, sin honestidad, caes en el oportunismo, que cae en la pornomiseria, en el absurdo, en la cojudeza editorial. Existen novelas hermosas escritas con sinceridad, como Altiplano, de Raúl Botelho, o Surumi y Yanakuna, de Jesús Lara, que no necesitan victimizar a sus personajes para hacerlos importantes; esos libros cuentan cosas reales, y vale la pena revisitarlos.

  1. ¿Qué significa el amor para alguien que escribe desde el margen? ¿Es refugio, es herida, es ficción?

R. El amor es materia prima para mis escritos, pero no es lo primordial; más bien es como la madre de Marco, esa serie animada oriental: Un imposible. Mis personajes tienen sueños, amores, mi objetivo es tratar de impedir que sus sueños o sus amores se realicen. Nada más, es bueno ser antagonista de ello, porque haces que luchen, incluso que se destripen por alcanzar esos sueños, esos amores.

  1. ¿Qué lugar tiene la amistad en tu vida y en tu escritura? ¿Hay lealtades o solo pactos de supervivencia?

R. Tengo muy pocos amigos que me aguantan, y me conformo con ellos para sentirme bien.

  1. ¿Qué vínculos te han sostenido en el oficio? ¿Y cuáles te han decepcionado más que los lectores?

R. Amistad, amor y lealtad de los lectores me han sostenido siempre. No me ha decepcionado nada, porque soy enteramente pesimista por esperar algo de terceros que no entren entre mis amigos, las personas que quiero y los lectores que gustan de mis trabajos.

  1. ¿Qué te gustaría que dijeran las personas de tus libros cuando ya no estés? ¿Y qué te gustaría que nunca dijeran?

R. Me gustaría que dijeran lo siguiente: “Y pensar que ese loquito que hizo estallar el congreso escribía bien nomás”. Lo que no me gustaría que dijeran es, absolutamente, nada.

  1. ¿Qué pregunta nunca te han hecho y te gustaría que te hicieran ahora, aunque incomode?

R. ¿Qué te gusta hacer mucho más que escribir? Y mi respuesta sería muy obscena.

  1. ¿Qué le dirías al Daniel joven que escribía desde El Alto sin saber si alguien lo leería? ¿Y qué le dirías al Daniel de mañana?

R. Al Daniel de ayer: Cuida mejor tus dientes y lee harto; al Daniel de mañana: Saca al menos una hora al día para leer y dos para los placeres mundanos.

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