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Cuarentena: ¿remedio o enfermedad?

Insospechadamente, parece que el remedio es en nuestro caso peor que la enfermedad misma. En España, Italia y otros países del mundo occidental bajo cuarentena obligatoria, los desempleados cuentan con un seguro de paro, que obviamente repercute negativamente en su economía, pero asegura un nivel mínimo de sobrevivencia a la clase trabajadora. Bolivia no tiene un sistema de seguridad social de corto y largo plazo para afrontar al igual que los países europeos el impacto de la así llamada pandemia.

En Brasil, nunca se dictó cuarentena obligatoria alguna, y pese a las críticas no exentas de recursos altamente ideológicos y discursivos contra su presidente, Jair Bolsonaro, lo cierto es que los gobernadores estaduales han clausurado temporalmente ciertos establecimientos comerciales, pero nunca la libre circulación de las personas durante el día; cuestión que requeriría de un amplio debate acerca de las libertades fundamentales consagradas en su Constitución. Similar medida fue adoptada en Alemania, donde su canciller, Angela Merkel, declaró a agencias de noticias que “es importante que hayamos acordado reducir los contactos, pero que las personas puedan seguir abandonando sus casas para realizar actividades necesarias, y también para respirar aire fresco”.

En otras latitudes, como Uruguay, tampoco se dictó cuarentena obligatoria, y pese a algunas restricciones, lo cierto es que este país tiene bajísimos índices de mortalidad por Covid-19, respecto a su población y los infectados por el virus.

¿Qué se quiere lograr realmente en Bolivia?. ¿Se pretende acaso la abolición total del Covid-19 mientras la economía – y consecuentemente la salud y bienestar de millones – colapsa ya sin retorno?. A muchos políticos bolivianos les gusta, ciertamente, “medidas de choque” poco duraderos y cortoplacistas para ganar mayores adeptos. En la década de 1990, el por entonces presidente Hugo Banzer se empeñó en la tarea de lograr una eliminación total de cultivos de hoja de coca, bajo el efusivo y emblemático discurso de “coca cero”, antes que crear un ambiente favorable al desarrollo alternativo. A la postre, y como consecuencia de la alta conflictividad social, sólo se fortaleció el campesinado cocalero, llegando inclusive al Palacio Quemado, de la mano de Evo Morales Ayma.

Brasil, Uruguay, Alemania, y otros países como Japón, son solamente algunos ejemplos de los muchos otros que nos demuestran que en Bolivia no somos inventores de la pólvora. La prensa en su conjunto envió una carta dirigida a la presidenta Jeanine Áñez, dada la gravedad económica en la que se encuentran. Y así también de grave es la situación de la pequeña y la mediana empresa, y en especial del sector gastronómico, duramente golpeado a consecuencia de las medidas radicales – ¿y quién sabe si efectivas o no? – para atender los problemas del coronavirus.

Pasado el plazo final de la cuarentena, el país debe volver a su normalidad, o en su defecto, con la menor cantidad de restricciones, y asumir el hecho que no se puede matar a dos gallinas de los huevos de oro al mismo tiempo. La salud y la economía van ligados mano a mano. Una decisión en contrario, es decir, una prolongación de la cuarentena, colapsará definitivamente la economía nacional, con saldo de millones de desempleados, pobres, y a la postre, claro está, muertos en el corto, mediano y largo plazo, como consecuencia de tal medida extrema.

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