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Contra la especialización

Christian Jiménez Kanahuaty

Es un lugar común establecer para el presente un tipo de profesional que sea especialista en un área de conocimiento. Y es también un argumento tajante en ciertas discusiones abogar por dicha especialización ya que ella haría profesionales más eficientes.

Más allá de lo que en términos sociales y productivos significa ser eficiente, hay que pensar en las posibilidades inherentes a romper con la especialización en favor de la integralidad humanística que durante siglos derivó en el avance la ciencia, la tecnología, la medicina, la cirugía y las concepciones sobre el estado, el derecho y el ser humano.

Hasta la edad contemporánea el ser humano transitó por una serie de etapas en su construcción como sujeto, primero social, luego político, después económico. Finalmente, tecnológico. Y si se da la vuelta al pasado y se echa una revisión de lo que nos ha convertido en lo que somos en la actualidad, se puede reconocer con facilidad una raíz totalizadora a la hora de entender el mundo. No se trató simplemente de alcanzar la erudición durante siglos, sino que ella sirviera como motor para el conocimiento y la concepción cabal y compleja del mundo.

Es verdad que las disciplinas con la modernidad se han compartimentado y han surgido tendencias que apuntan a la especialización y la hiper especialización para dotar de cierta profundidad a un determinado tipo de conocimiento, pero resulta que ese conocimiento dado por la especialización es instrumental y constituye la mejor reserva para fundar un espíritu conservador, deseoso de mantener el statu quo y displicente frente a dimensiones de lo humano que son complejas o sistémicas.

Esto ha sucedido por varios procesos el primero de ellos, es el que tiene que ver con la fundación de facultades y universidades. Ellas han creado programas de estudio donde cada disciplina ha sido catalogada y ejemplificada desde sus límites, aplicaciones y objetos de estudio. Luego, las propias investigaciones han sido premiadas en tanto fomentaron esas áreas de conocimiento que fueron aprendidas en aulas y salones de clase. Las revoluciones científicas ciertamente se consolidaron dentro de esa matriz ideológica. Y se dice ideológica porque no responde en la mayoría de los casos a un debate político, pero sí a una noción sobre lo que debe ser un profesional, lo que significa la ciencia y el uso que se hace de ellas. Hay ciencias que nacen para dar luz y otras para sembrar sombras. Unas para generar riqueza y jerarquías, otras para construir horizontales formas sociales de superación de las desigualdades. Esto es altamente ideológico y ese fondo es el que hay que desentrañar para entender el fundamento universitario de las especializaciones.

Por otro lado, hay un discurso moral y ético sobre lo religioso. Un discurso que se convierte en metáforas para ser efectivo, la parábola de los talentos en la Biblia, el refrán que señala que “el que mucho abarca poco aprieta” y otras formulas similares que constriñen al sujeto y lo reducen sólo a una posibilidad de su Ser.

Se establece también que lo que importa en la construcción de un conocimiento o la práctica de una profesión es lo concreto y la limpieza en la formulación de los problemas. Esto implica un vacío cada vez mayor en el vocabulario. La lingüística nos ha enseñado que mientras más amplio sea el vocabulario mayor nuestra comprensión del mundo. En cambio, cuando las palabras son escasas, también lo es nuestra comprensión, asimilación y evocación del mundo exterior y por supuesto, también del mundo interior. Mientras menos palabras comprende y utiliza el ser humano, menos capacitado está para nombrar, referenciar y explicar lo que pasa. La cosa, aquello, esto, son sinónimos infinitos para detonar cuestiones como azucarero, relatividad, sensualidad, vitral, escalpelo o remolino.

Junto a esto el mensaje de los medios de comunicación, las tecnologías, las formulas de entretenimiento desde la música hasta el cine pasando por el teatro y la música también apuntan a hacerse de un espacio en este modelo de construcción del sujeto. Las redes sociales, no hacen sino profundizar lo que ya venía sucediendo. En ese orden de cosas nos queda una revelación: si el lenguaje se empobrece también nuestros sentidos, porque se atrofian en el momento de reconocer algo que no pueden nombrar, y ante su imposibilidad, prefieren no ver, no sentir, no entender. Y esto tiene que ver con el tipo conexiones neuronales que se establecen en el cerebro para comprender una alta cantidad de estímulos y mensajes que provienen tanto del mundo externo como del interno. Mientras el cerebro los empezamos a comprender a través de las neurociencias, se nos presenta otra posibilidad que convierte la especialización en un arma en contra de la humanidad.

Y esto parte del hecho fundamental de la comprensión del pasado. Hace no mucho los intelectuales, funcionarios públicos, profesionales, cirujanos, arquitectos, abogados y economistas,  entendían el conocimiento como algo que se ramificaba tal como las ramas de un gran árbol. Todo estaba conectado y todo llevaba al mismo origen: el ser humano y sus condiciones materiales, espirituales y simbólicas de existencia. Pero también el conocimiento estaba motivado para entender el lugar que el hombre, el ser humano tenía en el mundo, en el universo y en la historia.

Se esperaba que todos los seres humanos comprendieran que antes que animales políticos o económicos, eran seres históricos, porque existía una gran acumulación de saber, conocimiento y modos de hacer que habían partido de puntos particulares en la historia y habían realizado un largo y profundo recorrido hasta llegar a un hombre en particular.

El hombre, entonces, estaba nutrido de una serie de historias que eran compartidas, porque los saberes estaban compartidos y si estaban compartidos existía lo público, y si existía lo público, también lo común y la noción de sociedad se hacía más completa y real.

La especialización impide ver lo que une a las personas, porque su noción del mundo corresponde y está formateada por una sola herramienta de conocimiento. El mundo entero se reduce a un canal. Cuando los canales en verdad son múltiples y van mutando todo el tiempo.

La especialización es la gran victoria de aquello que no desean el cambio social y están conformes con su posición en el mundo. Pero hay que recordar que una de las grandes virtudes del ser humano es su capacidad de sostener mentalmente dos ideas contrias y darles continuidad de razonamiento a ambas para entender el sistema social en el que nos movemos como personas con derechos, personalidades, carácter y anhelos diferentes.

Incluso es falso el argumento, y contradictorio en sus especulaciones de eficiencia, debido a que principalmente los hombres, los seres humanos somos diferentes. Una especialización apunta a la unificación y la igualdad. Se reducen las posibilidades, capacidades y aptitudes humanas en nombre de una ilusión que es la especialización, cuando en realidad, lo coherente y sano sería amplificar el saber y multiplicar las opciones para relacionar distintas áreas, disciplinas, saberes, para que se bajan ajustando al tipo de personalidad, carácter, anhelos, esperanzas y formas de entender el mundo que tiene cada sujeto. 

En lugar de presentar una variedad de opciones, se limita la tabla y se espera que todos tengan la misma oportunidad de triunfar en el mercado laboral. Esto implica que se ha desplazado la labor no sólo educativa, sino formativa e integral de las humanidades y de la razón de ser de todo conocimiento.

Cuando se aplica la noción de que lo mejor es la especialización, implícitamente se está construyendo el argumento siguiente: las opciones laborales están ahí, lo único que hay que hacer es ser el mejor. Todo depende de ustedes.

En lugar de criticar los contenidos pedagógicos como deficientes frente a una sociedad en movimiento y transformación constante, se echa la culpa del fracasado social, laboral y cultural a los hombres porque ellos no han dado lo suficiente de sí. No han sido competitivos ni individualistas ni han pensado en sí mismos lo suficiente.

Se ingresa en depresión, miedos, ruptura de ilusiones y falta de perspectivas porque todo lo que se imaginó lograr a través de la educación, sencillamente no será posible. Hacerse el mejor carpintero especialista en sillas de tres patas no implica no saber la composición de los distintos de madera, tampoco entender el tiempo que el pegamento actúa y cuál es el mejor de ellos. Tampoco establece una renuncia sobre el color para entender la aplicación del barniz y el acabado final, mucho menos desconoce el mercado y las necesidades de las personas según su clase social y profesión, y no es que reniegue de los precios del mercado bajo esquemas de oferta y demanda o exportaciones de madera de otras regiones o países. Entonces, desde la elaboración de una silla de madera de tres patas que en parte está relaciona con un saber muy concreto y luego hace pensar en la artesanía de lo manual y todo el trabajo físico que implica, nos coloca en una situación incómoda, porque se reconoce que todo trabajo físico implica también un trabajo intelectual. Y esto es lo que ha permitido al arte sobrevivir en cierto modo al fenómeno de la especialización, pero a no dudar, el arte también ha empezado a convertirse en un agente poroso que cada vez más recibe la demanda de la especialización. Y eso, como es de suponer, va en detrimento del arte.

Si se piensa de forma abstracta, muchos de los objetos que utilizamos diariamente son objetos sea tecnológicos o no, producto de un pensamiento complejo. Ninguno de ellos cumple al menos una sola función y ninguno de ellos no ha sido transformado en el tiempo y seguirá ese camino porque su capacidad de adaptabilidad está ligada a la dinámica del mundo del cual es parte y al que sirve como herramienta que facilita la labor a los humanos.

La complejidad y no la especialización está en el fondo de nuestro Ser. Nuestros sentimientos, deseos, anhelos, formas de habla, modos de estar en la mesa, maneras de desenvolvernos en la calle y establecer contacto con los demás, con maneras que se han ido puliendo a lo largo de los siglos y que no responden solo a un factor o un área de conocimiento.

Ahora bien, la posibilidad que nos toca resolver es lo que se puede ofrecer en contra de la especialización. Lo sustantivo es repensar los mecanismos de constitución del mercado laboral y las maneras en que lo ideológico a formado distintos de imaginarios xe éxito, triunfo y satisfacción profesional y económica si se hace uso de la fórmula de la especialización, pero es gracias a la especialización que la estructura de dominación política y económica no se ha desmontado.

Tampoco es cuestión de echar todas las críticas a un modelo ideológico de aparente alto rendimiento que como galletita china te ofrece pequeñas soluciones a grandes problemas. Hay, entonces que ir también en busca de la problemática en el campo de la educación.  Los contenidos pedagógicos tanto de la educación primaria como secundaria y sobre todo lo que se ofrece desde la educación superior, tiene mucho que ver con la construcción de sujetos sociales y políticos altamente especializados. Tal vez porque las universidades también se han convertido en factorías y maquilas profesionales donde expulsan productos que luego se desecharán.

La renovación generacional a nivel profesional es uno de los argumentos para validar el alto rendimiento de gestión administrativa en las universidades. Y con ello, también el modo en que esos profesional ingresan a diversas instancias de la acción política, ya sea desde la gestión pública, la implementación y gestión de la justicia, la organización económica en temas como importaciones y exportaciones o la estrategia de sustitución de exportaciones para cambiar la matriz de desarrollo. Lo que implica pensar los recursos naturales de forma más compleja e integral no sólo relacionada al cambio climatico o a las economías del cuidado, sino también a la salud, habitos de consumo, modas afianzadas desde las películas y las series de televisión o la experimentación en restaurantes que hacen cocina fusión. Cada ámbito que podamos ver, está relacionado con muchos otros de los que en principio y por cierta lógica reductiva se podría apreciar.

Otro espacio desde donde se pueden pensar las dimensiones del encuentro entre especialización y complejidad es la forma en que se manejan las emociones de las personas y el modo en que responden a la crisis, las contingencias, la frustración, la distracción, la depresión y la ansiedad. Los problemas emocionales, no sólo son tratados desde la clínica psicoanalítica, sino que a través de ella se hace un barrido de muchos otros ámbitos que atañen a la construcción subjetiva y objetiva del ser humano en tanto sujeto.

Y para volver a la imagen del árbol de múltiples ramas conectadas e interrelacionadas, hay que notar que por ejemplo, cuando miramos una película estamos asistiendo a un momento de complejidad. Estamos escuchando un diálogo, pero diferenciamos el sonido del habla del de la banda sonora, al mismo tiempo, estamos viendo una imagen en movimiento, y entendemos tanto la imagen como el diálogo y la música, pero luego vemos los cortes, las diferentes locaciones y los distintos usos del tiempo que se hace al contar esa película. Todos esos estímulos, son en realidad, información que se nos da para entender algo que no hemos vivido de primera mano. Pero aún así logramos comprender, entender y asimilar. Esa forma de pensamiento complejo no se usa todo el tiempo. Y en apariencia no reparamos en ella porque es fundamentalmente entretenimiento.

Y todo entretenimiento no es sino un juego con reglas claras, y si hablamos de juegos, no hay que olvidar que en la antigua Grecia se decía que el filosofo jugaba a conocer. Los sofistas eran ignorantes expertos en hacer preguntas, porque su fin no era la especialización, sino comprender qué sucedía en el cosmos y en la polis. Qué acontecía con la muerte y a dónde iba a parar un poema que se decía en voz alta. Las preguntas de los sofistas se pensaban como un juego porque era un modo de aprobar la reflexión desde el complejo mecanismo de la prueba, donde el acierto y el error implican el método fundamental de las ciencias aplicadas. Pero antes fue utilizada para comprender los grandes problemas sobre los que aún no tenemos una solución.

La complejidad implica ser conscientes de nuestro problema como humanidad. En principio no conocemos realmente para que vinimos al mundo ni porque bajo estas condiciones particulares, tampoco el rol a futuro o en el presente que demos cumplir. Y en ese sentido puede ser que lo único que sea la especialización, sea un placebo. No cura de la enfermedad de la ignorancia ni la duda existencial de no saber para qué estamos vivos ni qué realmente habita en nuestro interior, pero nos hace sentir mejor porque en apariencia no da la seguridad de que estamos haciendo algo concreto con nuestras vidas.

Esa seguridad es la que no hace avanzar ni las ciencias, ni el arte ni las estructuras sociales. La incomodidad que genera la complejidad es la que hizo que se descubrieran los planetas y la gravedad y el modo en que un concepto que nace en el África puede viajar en el tiempo y hacer tierra en Sudamérica para fundar una institución política.

La especialización es una forma de confort social, y por ello es conservador. No atiende a la revolución. Pero acá revolución no hay que atenderla como el marxismo ha indicado, sino bajo la lógica de la revolución científica que permite, la experimentación, el cambio de paradigmas, la constitución de campos de conocimiento interrelacionados y complejos.

Finalmente, el debate que urge para la educación, la formación de instituciones públicas, los sistemas de salud, el modo de uso y aprovechamiento de la tierra, además de las dinámicas económicas que implican composiciones globales del mercado de trabajo y salarial, es el modo en que la apuesta por la complejidad parece ser una lucha encarada por parte de personas que buscan la utopía en la tierra o van en contra de lo establecido, como si fueran rebeldes sin causa en un mundo que les pasa por encima.

Y sin embargo, las evidencias nos demuestras que los países que han pasado parte de su historia buscando la especialización, han sido países y personas explotadas y dentro de ámbitos de subdesarrollo. Países que apostaron por la especialización en un área de exportación de materias primas y escalas laborales, son países poco competitivos, utilizados como supermercados donde las potencias económicas compran sin discreción lo que necesitan. Y sobre todo, son países que están satisfechos con esa posición, porque jamás han podido imaginarse siendo más que sólo especialistas en algo.

Porque una cosa es segura los países de lo que se denomina como primer mundo, no gozan de ninguno tipo de especialización, son países, gobiernos y estructuras políticas y económicas, altamente diversas. Porque diversidad, significa complejidad. Y es que estos países han atacado el problema de la riqueza desde distintos ámbitos y clivajes.

Por tanto, quizá la comparación entre países dependientes y desarrollados (para usar un vocabulario de la economía política de los años sesenta, setenta y ochentas) sea el último recurso metodológico y cultural para movilizar el pensamiento y desmontar el andamiaje de la especialización.

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