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Ceuta y el ataque híbrido algorítmico contra España

Carlos Decker-Molina

A veces es bueno esperar antes de analizar. Han pasado más de diez días desde la avalancha de decenas de miles de personas que cruzaron, o intentaron cruzar, la frontera entre Marruecos y el enclave español de Ceuta.

Durante los primeros días, las críticas de algunos gobiernos europeos a Pedro Sánchez dieron el puntapié inicial a los ataques de la derecha española contra el gobierno de Madrid, acompañados por el coro de otras derechas europeas.

Luego apareció Marruecos como supuesto autor del “bombardeo” humano. La acusación evocaba inevitablemente otros episodios de instrumentalización de migrantes, como los ocurridos en 2021 en las fronteras de Polonia y Lituania con Bielorrusia y, posteriormente, en la frontera de Finlandia con Rusia.

Pero ¿fue realmente Marruecos?

¿Por qué Marruecos?

Hasta octubre de 2021 funcionaba el Gasoducto Magreb-Europa (GME). Argelia enviaba gas a través de Marruecos, cruzaba el estrecho de Gibraltar y finalmente llegaba a España.

Argelia decidió no renovar el contrato del GME debido al grave enfrentamiento político con Marruecos, especialmente en torno al Sáhara Occidental.

El suministro argelino a España pasó entonces a apoyarse principalmente en Medgaz, el gasoducto submarino que une directamente Beni Saf, en Argelia, con Almería, sin atravesar territorio marroquí. Su capacidad ronda los 10.000 millones de metros cúbicos anuales.

La solución española

El gobierno español utilizó la diplomacia y su infraestructura energética para resolver el entuerto.

Medgaz se convirtió en la vía principal. Se aumentó su capacidad y Argelia mantuvo el suministro directo a España. Al mismo tiempo, España disponía —y dispone— de una de las mayores capacidades de regasificación de Europa, lo que permitió una curiosa paradoja geopolítica: el viejo gasoducto que atravesaba Marruecos comenzó a utilizarse en sentido inverso.

España podía recibir gas natural licuado (GNL) en sus terminales, regasificarlo y enviarlo a Marruecos.

Argelia exigió que ese gas no fuera de origen argelino, porque no quería que su producto terminara abasteciendo indirectamente al país con el que había roto relaciones.

Pedro Sánchez cedió, sin embargo, no con el gas sino con un principio político de enorme importancia: modificó la posición tradicional española sobre el Sáhara Occidental y pasó a considerar la propuesta marroquí de autonomía como la base “más seria, realista y creíble” para resolver el conflicto.

Aquello mejoró las relaciones entre Madrid y Rabat, pero provocó una grave crisis con Argel. En junio de 2022, Argelia suspendió el Tratado de Amistad con España y buena parte del comercio bilateral quedó paralizado. El suministro energético, sin embargo, continuó.

España consiguió entonces algo diplomáticamente delicado como es recomponer la relación con Marruecos sin perder el gas argelino. Quedó situada entre los dos grandes rivales magrebíes, pero aseguró su abastecimiento energético.

Esta explicación es necesaria para poner en duda los análisis apresurados que señalaron inmediatamente a Marruecos como instigador de la avalancha humana del 30 y 31 de julio. No demuestra que Rabat no haya tenido ninguna responsabilidad, pero tampoco permite atribuírsela sin pruebas.

Otro posible autor

«En abril de 2026, una memoria de la Comisión de Asignaciones de la Cámara de Representantes de Estados Unidos llegó a describir Ceuta y Melilla como ciudades “bajo administración española” situadas en “territorio marroquí”, e incluso planteó un diálogo entre Madrid y Rabat sobre su futuro estatuto.» Es un planteo serio de descolonización, algo que aplaude incluso una parte de la izquierda española, pero a la UE y a España le importa tener un pie en el continente africano.


La coincidencia entre la avalancha del 31 de julio y varias señales hostiles dirigidas contra Ceuta y Melilla por parte de la administración de Trump, o la reanudación de los canales diplomáticos españoles en Argel, nos lleva a preguntarnos si ha habido injerencia.  Nadie sabe con exactitud

El tercer sospechoso

Las mafias que ha ganan millones de euros produciendo migraciones ilegales con “anzuelos” reales e irreales. Hasta hora las mafias han movilizado cientos de migrantes que no es el caso de Cauta por su extraordinario volumen.

El enemigo real

En el contexto de las migraciones contemporáneas, el enemigo —si podemos utilizar esa palabra— ya no es solamente quien empuja físicamente a los migrantes hacia una frontera. También puede ser quien dirige flujos de información digital hacia poblaciones vulnerables.

La crisis de Ceuta no surgió de la nada.

Entre el 30 y el 31 de julio de 2026, decenas de miles de personas se concentraron e intentaron cruzar la frontera entre Marruecos y el enclave español de Ceuta. La dimensión de lo ocurrido obliga a considerar una hipótesis nueva, la de un ataque híbrido algorítmico contra una frontera exterior de la Unión Europea.

La novedad no está solamente en la utilización de seres humanos como instrumento de presión. Eso ya lo hemos visto. Lo nuevo es la capacidad de la desinformación selectiva, amplificada por redes sociales y sistemas algorítmicos de recomendación, para provocar en cuestión de horas un movimiento humano de enormes proporciones y, con él, una crisis política y de seguridad.

Ya no hace falta necesariamente abrir una frontera. Puede bastar con convencer a decenas de miles de personas de que la frontera está abierta. Esa diferencia es fundamental.

La frontera digital de Europa

Aquí aparece otra cuestión: la Unión Europea posee un instrumento jurídico pensado precisamente para imponer obligaciones a las grandes plataformas digitales: la Ley de Servicios Digitales, conocida por sus siglas inglesas, DSA (Digital Services Act).

La DSA no establece una censura general de contenidos, y precisamente ahí reside una de las características del modelo europeo. No es el cortafuegos chino, ni el Roskomnadzor ruso, ni tampoco reproduce el modelo estadounidense de amplia inmunidad de las plataformas asociado históricamente a la Sección 230.

El modelo europeo intenta construir otra cosa: transparencia, evaluación de riesgos y responsabilidad de las plataformas de gran tamaño.

Si una operación coordinada de desinformación es capaz de provocar una crisis fronteriza, entonces la seguridad de una frontera ya no depende solamente de policías, guardias civiles, radares, vallas o patrulleras. Depende también de saber qué está ocurriendo en TikTok, Facebook, Instagram, WhatsApp y otras redes.

Europa tiene, por tanto, una nueva frontera que defender: su frontera informativa.

Una aclaración es necesaria. La DSA no regula el espacio informativo marroquí como tal. Su ámbito se refiere a los servicios intermediarios ofrecidos a destinatarios situados en la Unión Europea. Pero precisamente por eso resulta indispensable investigar hasta qué punto las grandes plataformas contribuyeron, mediante sus sistemas de recomendación, a amplificar contenidos relacionados con la crisis.

La gran coincidencia

La coincidencia temporal entre la avalancha del 30 y 31 de julio, determinadas señales políticas internacionales relacionadas con Ceuta y Melilla y la reanudación de contactos diplomáticos españoles con Argelia obliga, por lo menos, a formular una pregunta incómoda:

¿Hubo injerencia?

Preguntar no significa acusar.

Los hechos conocidos dibujan, sin embargo, un mecanismo que merece ser investigado. Se difundió una interpretación tergiversada de una sentencia del Tribunal Supremo español, según la cual entrar a nado impediría la expulsión o incluso facilitaría algún tipo de regularización. A ello se añadió un rumor extraordinariamente eficaz porque contenía una hora precisa: la frontera estaría “abierta a las 22:00”.

La precisión convierte el rumor en una convocatoria.

Ya el 27 de julio, el grupo de Facebook “Hraga Ceuta”, con decenas de miles de miembros, difundía mapas, distancias a nado alrededor del dique del Tarajal, indicaciones sobre materiales necesarios, posibles rutas e incluso formas de financiación colectiva. TikTok, WhatsApp e Instagram hicieron el resto.

Aquí aparece el gran agujero negro de esta historia: desconocemos las métricas completas de difusión.

Thierry Breton recordó en Le Grand Continent que, en septiembre de 2024, una “fiebre de TikTok” similar había estado precedida por un video que superó las 500.000 visualizaciones, con miles de “me gusta” y compartidos, y que movilizó entonces a varios miles de candidatos a cruzar la frontera.

Veintidós meses después, la magnitud de la movilización fue incomparablemente mayor.

Esa diferencia debe explicarse. No puede quedar reducida a la casualidad.

La investigación debe comenzar

La pregunta fundamental ya no es únicamente quién permitió o dejó de impedir que esas personas llegaran a Ceuta. Hay otras preguntas, nuevas para los Estados y para las democracias:

¿Quién inició el rumor? ¿Quién lo amplificó? ¿Cómo se propagó? ¿Qué papel desempeñaron los algoritmos de recomendación? ¿Existieron redes coordinadas de cuentas? ¿Hubo intermediarios o servidores vinculados a actores estatales o privados? ¿Por qué determinados contenidos alcanzaron semejante visibilidad? ¿Detectaron las plataformas el fenómeno antes de que decenas de miles de personas se pusieran en movimiento?

Y, sobre todo:

¿Fue una avalancha espontánea amplificada por los algoritmos o una operación deliberadamente diseñada para utilizar los algoritmos como arma?

La diferencia es enorme.

En el primer caso estaríamos ante una nueva consecuencia, quizá no prevista, del poder de las plataformas digitales. En el segundo, estaríamos ante una forma de guerra híbrida que Europa todavía no sabe cómo enfrentar.

Durante siglos los Estados defendieron sus fronteras terrestres y marítimas. Después tuvieron que aprender a defender su espacio aéreo. Más tarde llegó el ciberespacio.

Ceuta puede estar anunciando una frontera todavía más difícil de proteger: la frontera invisible de los algoritmos, donde un rumor puede convertirse en multitud y una multitud, en cuestión de horas, en un arma geopolítica.

La UE tiene el desafío de defender su frontera digital informativa.

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