Los Fernández dan pescados, pero no enseñan a pescar

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Todavía, y creo que por siempre, Argentina gozará de las preferentes bondades que la naturaleza le regaló, pero también de la belleza que sus hijos le dieron al paisaje encantador que hoy presume.  Y sin embargo, el infortunio que padecen tiene sus orígenes en varias décadas atrás; en consecuencia, no solo de las provincias, sino de esa París de América como se la conoce a la capital del tango, no queda ni el más remoto esplendor de un país que a fines del siglo XIX fue una potencia económica. Entonces todo vestigio de su poder financiero se ha enterrado gracias al porfiado populismo que se ha encargado de ponerla al borde del colapso.

Aquella Argentina de esos años, que ostentaba el título de paraíso de América, con un  producto interno bruto que fue el más alto del mundo, hoy no es más que un melancólico recuerdo.  

No dudo de las buenas intenciones brotadas de la boca de Evita en aquel emotivo discurso de hace 70 años exactamente. Fue una mujer de una inteligencia probada y una sensibilidad impar. Pero era una  líder aún muy joven a la que su prematura muerte no le permitió ver el engaño de una ideología que abrazó a la sombra de Juan Domingo Perón. Y así, fue ella misma, la que dio un mazazo a las arcas del Estado con las primeras acciones de un asistencialismo sempiterno que empezó a taladrar los cimientos de su ya endeble economía.

La debacle de una crisis multidimensional no es atribuible exclusivamente a un régimen, ni siquiera a una ideología; pero es inocultable que el populismo, siempre impresentable, ha contribuido enormemente a la erosión del poder adquisitivo de los argentinos cuya unidad monetaria hoy es igual a casi nada. Y es que ojalá en algún rincón del planeta donde todavía impera el socialismo populista fuera aplicable esa legendaria sentencia de la inmortal Eva Duarte de Perón: “Donde existe una necesidad, nace un derecho”; pues la realidad ha demostrado también que en la tierra de las espectaculares pampas, ese antinatural sistema ha declarado la guerra a la iniciativa privada.  De hecho, Argentina es un país en el que cada día desaparece algún emprendimiento empresarial. Se han mudado importantes transnacionales que para pesar de muchos, han sido protagonistas del esplendoroso progreso de esa nación.

Las políticas irresponsables del régimen peronista han ocasionado el cierre de importantes inversiones y la suspensión de proyectos de millonarias sumas, apoyadas en un discurso subyacente anti-empresarial que –como es fórmula de esta manera retrógrada de gobernar– ve a las empresas como enemigas en lugar de tenerlas como aliadas. No tengo conocimientos especializados en economía, pero no hay que tenerlos para saber que sin inversión, no hay crecimiento económico, y sin crecimiento no hay trabajo, ni impuestos.

El socialismo que es la filosofía del fracaso, hizo que la Argentina con una política volátil en materia económica, tenga, por ejemplo, sus grandes yacimientos produciendo a duras penas y renunciando a cualquier posibilidad de exploración de nuevos pozos presuntamente de ingentes cantidades de gas.

Argentina es hoy un modelo de dependencia y de retroceso. Es una tierra en que una gran parte de su gente no tiene posibilidad de trabajo y tampoco se esfuerza en conseguir uno, porque el asistencialismo ha rebasado todo criterio racional al punto de que hoy en día, nueve de cada diez personas recibe algún tipo de subvención. Pero lo insólito es que el Estado se haga cómplice  de una pobreza espantosa al impedir tácitamente la creación de fuentes de trabajo, aún de iniciativa privada, porque trivializa las causas de las penurias en que viven, ampliando el lumpen de  sus grandes ciudades y volviendo a un tercermundismo que en el anterior siglo había superado. Y como en todo régimen corrupto, la brecha entre ricos que proclaman igualdad y pobres que reclaman derechos, se amplía; y es que Alberto y Cristina no ayudan a los pobres, los mantienen pobres, estimulando a que muchos argentinos vivan sin trabajar.

Ese criminal asistencialismo, es una de las causas del trágico estado financiero que soportan. ¡Infame populismo!

Augusto Vera Riveros, es jurista y escritor