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César y la Ciudad Maravilla

Quienes amamos la Ciudad Maravilla y sentimos su mística, no podemos no recrear en nuestra mente el sonido de los cascos de los caballos golpeando el desaparecido empedrado, la silueta de las casas y edificios de los años 1800 o 1900 o el sonido de los primeros coches, a medida que recorremos sus empinadas y estrechas calles. La Paz es un ánfora de episodios del pasado lejano, un cántaro en el que bullen torrentes de la historia nacional.

No se puede negar que es una metrópoli particular. Figuras como el cineasta Paolo Agazzi, el físico Francesco Zaratti o la historiadora María Eugenia del Valle de Siles, entre otras, recuerdan que cuando la vieron por primera vez, al bajar de la Ceja de El Alto, quedaron deslumbradas. Era como una batea llena de luciérnagas o como un tapiz cóncavo tachonado de lucecitas, al pie de una mole cubierta de nieve eterna. Se descendía a un valle que, desde la planicie del altiplano, parecía no existir. La hoyada recibía al visitante con un aura de solemnidad y misterio.

Cada barrio, cada zona tiene su propia historia. El centro recuerda a la época colonial y a la de las élites la incipiente república. Los tejados, las viejas tapias, los patios empedrados, son la huella de las familias linajudas de entonces. San Pedro tiene casas un poco más modestas y de otro estilo arquitectónico; durante la colonia, era la zona de los indios. Todas esas construcciones, resistiendo al tiempo, ven pasar a generaciones enteras. Nosotros morimos; aquellas quedan.

Una parte de Sopocachi nos lleva al periodo liberal, cuando La Paz se convirtió en sede de gobierno, tras la guerra civil de fines del siglo XIX, y los gobiernos tenían puesta la mirada en la modernidad del siglo XX y, en particular, en París. Las casas de estilo neogótico y art nouveau de inicios del XX le dan al barrio un toque cosmopolita; pero otra parte de la misma zona, con casonas aristocráticas con techos de teja, nos lleva a algunas décadas después. Miraflores nos traslada a los años 30, 40 y 50. Sus casas art decó con balcones y solarios son el vestigio de una clase media pujante, y que lo fue aún más después de la Revolución de 1952. Más hacia el sur, Obrajes nos recuerda al sitio bucólico, entonces ladera de la ciudad, donde las familias paceñas de la alta sociedad tenían quintas y construían casas de campo para pasar tranquilos fines de semana. Y luego están Calacoto, que es el símbolo de la modernidad, con altos y lujosos rascacielos en su avenida principal, o Irpavi, que fuera un gran terreno de cultivo antes de ser un barrio residencial.

El paso del tiempo, los ciclos económicos y el devenir de la historia y la política determinaron que La Paz fuera perdiendo su pujanza y su liderazgo de inicios del siglo XX, pero no sería conveniente dejar de luchar por ellos. La ciudad, por motivos culturales, históricos, geográficos y económicos, es maravillosa y, pese a sus problemas, creo que merece un sitial de importancia en la historia de Bolivia del siglo XXI. Pese a que la historia universal da cuenta de ciudades esplendorosas en un tiempo y olvidadas o decadentes en otra época, valdría la pena seguir soñando con una La Paz esplendorosa, que combine tradición con modernidad.

Dockweiler, alcalde electo democráticamente, masista en tiempos de Evo y exgerente de Mi Teleférico, tiene el inmenso desafío de hacer que La Paz no se rezague más, de administrarla y gobernarla bien. ¿Puede un exmasista hacer bien las cosas? Miles de paceños que por años nos opusimos —y creo que no sin razones— a todo lo que fuera MAS o azul, sentimos un sinsabor la noche del 22 de marzo, cuando supimos la noticia de que el exmasista había ganado la elección municipal. No obstante, creo que a los hombres se los debe juzgar por los frutos o hechos; en este sentido, creo que Dockweiler merece el beneficio de la duda.

Deseo que a César le vaya bien. Está en sus manos hacer una buena gestión, eficiente y sin corrupción. Ojalá, César, que nos tapes la boca a mí y a todos quienes no quisimos tu triunfo. Por la ciudad que me vio nacer y me dio tanto, espero que te vaya muy bien. Ojalá que la Ciudad Maravilla explote todo su potencial cultural y sus lugares turísticos, y todavía dé mucho que hablar a las generaciones venideras.

Ignacio Vera de Rada es politólogo y comunicador social

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