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Capítulo 18: El bicho

La virgen puta. Una novela negra y punk por entregas de Patxi Irurzun con ilustraciones de Juan Kalvellido.

La estación de trenes de Jamerdana era sombría, gris, triste… Como todas las estaciones de trenes. Tierra de nadie, punto de partida o de llegada a ninguna parte. Abono perfecto para desarraigados, para los que vivían sin rumbo. Un buen lugar para mí.

Sobre los asientos de plástico, agujereados por cigarrillos, dormitaban borrachines, mendigos, viajeros despistados… También había algunos sentados en las mesas del bar, sin consumir nada, o bebiendo tetra-bricks de vino. A los camareros parecía no importarles. A los camareros parecía no importarles nada. El suelo estaba cubierto por grumos de serrín, servilletas arrugadas, palillos usados… Desde el baño llegaban tufaradas de agua sucia. Incluso tenían puesta una cinta de «El Fari».

Me senté en una banqueta frente a la barra. Nadie vino a atenderme, de manera que comencé a beber de mi propia botella. Cuando estuve lo suficientemente borracho llamé a uno de los camareros. Estaba solucionando un crucigrama.

-¿Qué quiere?- dijo, y lo dijo cómo si yo le hubiese hecho algo, violarle una hija o algo por el estilo.

-Tómese un trago, hombre- le invité, señalando la botella de güisqui.

-Mire, no me joda, no me apetece que me pegue un sidazo, o las ladillas del bigote ¿Qué coño quiere?

Un tipo sincero.

-Esta mañana han encontrado a un yonki tieso en el lavabo ¿verdad?- fuí al grano.

-¿Esta mañana?- el camarero arrugó el entrecejo y dudó un momento-. Sí, a las seis y diez, poco después de abrir. Es que aquí eso es el pan nuestro de cada día y uno ya no sabe- explicó.

Imaginé que no me iba a resultar de mucha ayuda.

-¿Recuerda si ese yonki ha hablado con alguien? ¿Lo ha visto entrar al baño?

-Usted no parece un madero.

-Gracias, soy periodista.

-Tampoco parece periodista.

-Gracias- repetí.

-Bueno, de todas maneras no le puedo ayudar. Yo a ese pollo no lo he visto vivo- concluyó, y continuó con su crucigrama.

Efectivamente no me había resultado de mucha ayuda.

Le pegué varios viajes más al güisqui. Me entraron ganas de mear, pero no me apetecía ir al baño y darme de narices con otra momia más. Decidí largarme.

-Hombre Felisín- escuché a mis espaldas, no obstante -Sabía que eras un tipo listo y que acabarías cayendo por aquí.

Era el Comisario Pedernal.

-Una pena lo del Tiñoso ¿verdad?- dijo

-Es usted un asesino.

Chasqueó dos veces la lengua

-El Tiñoso era un drogadicto. Todos los días mueren chicos como él. Es algo cotidiano.

-Casi lo mismo que los maderos que vuelan por los aires.

El Comisario Pedernal sonrió.
-Sí, Felisín, eres un tío listo. Demasiado listo.

-¿Qué quiere? hago unas preguntas sobre alguien, sobre su cuerpo, claro, porque es lo único que queda de ese alguien, y casi inmediatamente el cuerpo en cuestión es sólo humo. Es evidente que estais haciendo algo con esos fiambres- dije, dando palos de ciego, pero lo cierto es que le estrellé el bastón en los huevos.

-Nosotros no, no te equivoques. Nosotros protegemos la ley y el orden.

Los maderos carecían de la más mínima imaginación. Para ellos la ley y el orden siempre eran nombres y apellidos, los de aquellos que les daban de comer.

-La ley y el orden- dije, y procuré que aquellas dos palabras sonaran como dos manzanas podridas cayendo al cubo de la basura.

El Comisario Pedernal, por su parte, cogió mi botella y se la llevó a los labios.

-A la salud del Tiñoso- dijo, y una vez que hubo pegado un buen trago añadió: -Enfin, me están esperando.

Señaló a través del ventanal un 124 sucio de barro. En el asiento del conductor se sentaba el tipo de la tirita en el pómulo.

-Un último consejo, Felisín. Cuida tu salud- cabeceó en dirección a la botella. -No sea que te pase algo parecido a lo del Tiñoso.

Me quedé congelado. Fue sólo un momento. Después el Tiñoso, dentro de mi estómago, comenzó a horadar con las uñas aquella tumba de hielo.

-Gracias, pero va a ser difícil cuidar mi salud. Ya tengo el bicho- dije -Igual por eso me sangran últimamente tanto los labios- y yo también cabeceé en dirección a la botella.

Era mentira, una rabieta, pero el Comisario Pedernal debía saberlo: no me iba a rendir.

-No me voy a sentirme culpable- dije, pero ahora hablaba sólo para mí mismo.

Tal vez aquello también fuera mentira, sólo una rabieta.

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