La virgen puta. Una novela negra y punk por entregas de Patxi Irurzun con ilustraciones de Juan Kalvellido.

El Tiñoso no cantaba bien, ni sabía tocar la guitarra, ni siquiera tenía grabada una triste maqueta y, sin embargo, a través del boca a boca, sus seguidores crecían día a día.

Si yo era un perdedor El Tiñoso era una superviviente. No habían podido con él ni la heroína, ni el manicomio, ni los cientos de broncas… El Tiñoso era el PUNK. Por ejemplo para conseguir llegar a Jamerdana, agenciarse unos gramos de speed, una litrona de kalimotxo y un bocadillo tuvo que vender su guitarra. Pensaba presentarse en el bar de Beni y cantar sus temas «a capella».

-Para el caso…-decía-. Y además si hay bronca mucho mejor, más ambiente. Y más leyenda.

Nos lo encontramos tirado en una acera, dando buena cuenta de su bocata y su botella. Eran las seis de la tarde. Habíamos dormido hasta las tres, después comimos unos platos combinados -pagó Lorea- y tras localizar a Picio nos dirigíamos precisamente hacia el bar de Beni, a entrevistar al Tiñoso. Eso y verlo tocar era todo lo que pensábamos hacer aquel día.

-Total la entrevista y el reportaje sobre Gloria ocupan el mismo número de páginas en la revista. Podemos esperar hasta mañana para seguir investigando- dijo Lorea.

Yo pensé que tal vez Pelusa, o el Profeta, no pensaban lo mismo. Confié en que esa noche no ocurriera nada.

Fue Picio quien reconoció al Tiñoso.

-¡Es él, es él!- gritaba, y, apartando los faldones de su gabardina de cuero, le mostraba la camiseta con su foto.

-¿De dónde la has sacado?- preguntó.

Su voz sonó resquebrajada por el tabaco y el vino.

-Qué.

Levantó con dificultad un brazo, señaló hacia un lugar indefinido y luego lo dejó caer muerto.
Yo me acordé de «Los Pilindrajos».

-La camiseta esa- dijo el Tiñoso.

-No sé, la compré por correo, creo.

-Es la primera vez que la veo. Por cierto, tengo una mancha de tomate en la nariz.

Era una extraña muestra de coquetería, si teníamos en cuenta que el cuero de sus botas estaba salpicado de espumarajos -unos metros más allá, en un portal, había un charco de potas-, los pantalones vaqueros presentaban dos corronchos húmedos a la altura de las rodillas y que en alguno de los lingotazos a la litrona había derramado kalimotxo por su camiseta de «La banda Trapera del Río».

-Si, es pizza- dijo Picio -Es que no he podido ir a casa a cambiarme. Esta noche he follado, tío.

-Follar, ¿qué es eso?- el Tiñoso se rió, je, je, y era cierto, lo hacía con la misma malicia que aquel personaje de los dibujos animados

Picio y el Tiñoso continuaron hablando, intercambiando frases chabacanas y absurdas. Se entendían. Yo decidí que no iba a ser necesario hacerle la entrevista, por lo menos una entrevista convencional. Puse en marcha la grabadora y bastó con permitir que se registrara aquella conversación.
En un momento dado por una fosa nasal del Tiñoso asomó un gusano sanguinolento. El no se dió cuenta, pero lo malo fue que tampoco lo hizo Picio. ¿Qué clase de fotógrafo era? Bueno, yo tampoco podía hablar mucho. Era él quien estaba haciendo mi trabajo.

-¿Te importa que te saquemos unas fotos? pregunté.

El mundo al revés.

-¿Para qué? ¿Para chorizarme otra camiseta?

-Somos del fanzine «Borraska»- le expliqué.

-Coño, sois los de «Borraska». El Beni ya me avisó que queríais hacerme una entrevista. Pues claro, colega, dispara- dijo.

Me sentí orgulloso. Siempre lo hacía cuando reconocían mi revista como algo «legal». Me pregunté una vez más si en realidad sería buena idea introducir publicidad. Entretanto Picio había comenzado a sacar fotos. Fue mientras lo hacía cuando el Tiñoso nos contó lo de la guitarra.

-Pues con eso hay que hacer algo- dijo Picio.

Por nada del mundo quería perderse a su artista favorito en vivo -la única manera que había de escuchar sus canciones, por otra parte-

-Vamos a ver ¿Beni te ha pagado ya?

-No, no sé donde está su puto bar

Nos reimos.

-Bueno, pues entonces seguro que no le importa apoquinar por adelantado y todo arreglado- sugirió Picio después.

El Tiñoso dijo que era una tontería. Dentro de dos días tenía que tocar en el gaztetxe de Iruñea y si se gastaba las pelas del bolo en la guitarra estaba otra vez en las mismas, sin dinero para el billete, para comer ni para drogarse.

Picio se rascó la barbilla durante unos segundos, hasta que se le iluminó la bombilla.

-Ya lo tengo- dió un gracioso saltito, golpeando en el aire un tacón contra el otro.

-Esperadme ahí dentro- dijo, y echó a correr.

El lugar que había señalado era el bar de Beni. Estaba en la acera de enfrente.