Maurizio Bagatin
Me sale así: Calle Brasil, nomen omen. Los domingos por la mañana pueden ser una clase de sociología urbana si paseamos por las calles de una cualquier ciudad. En cualquier estación ese paseo sugeriría la voluntad y los sueños de poder del ser humano. Cuánto y cómo ha ido devastándonos el capitalismo salvaje.
Calle Brasil, nomen omen: la semana pasada el presidente de Brasil, Lula da Silva, creyendo que los micrófonos estuvieran ya apagados, afirmó que el nunca fue de izquierda. Palabra esta que ya no creo conserve nada de su étimo de origen, pero sigue un imaginario litúrgico y nostálgico, muy hipócrita cuando la oímos salir de los labios de algunos de los progres de hoy. Así que Lula da Silva nunca fue de izquierda. ¿Será la mera verdad o se estará arrepintiendo frente al colapso del Socialismo del siglo XXI? La última vez que visité el Imperio del Sur lo oí decir, también aquella vez con tono de silenciosa admisión, pero a micrófonos encendidos, que se sentía responsable de haber generado solamente una masa de consumidores, sin conciencia de clase social. Por eso el jogo bonito desapareció, sostengo yo. Un ciclo se acabó por mil razones, la principal siento que es la misma de siempre, la angurria que el poder logra inyectar en los seres humanos. Angurria a la cual le falta solamente añadirle un cualquier sustantivo. Al poder también.
Caminando por la calle Brasil de Cochabamba se puede captar el cambio generacional, los procesos de transformación de una sociedad, las modas y muchos otros fenómenos que tal vez en la zona norte de la misma ciudad pasarán desapercibidos. Calle de peluquerías de ambos sexos, de ropa usada, de artículos de contrabando, donde un flujo de gente inquieta anda desesperadamente buscando como satisfacer la fe de la religión más esquizofrénica de nuestros tiempos, el consumismo. En sus calles laterales sucede lo mismo, la mayoría de los productos que se ofrecen no sirven para nada y mañana o pasado mañana los encontraremos en los basureros que recorren este pueblo grande que se ha vuelto Cochabamba. Y es propiamente este fenómeno de precariedad sujeta a los humores de los mercados y de las modas que generan cada día más deseos que crecen desmedidamente, generando una informalidad, que bien podríamos llamar pobreza moderna.
Tal vez este no tan casual nomen omen nos permita descifrar una de las muchas condiciones de esta nuestra época. Algo para investigar.