Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Despierta lentamente el barrio rico. No existe la dinámica de lugar de trabajadores cuando los ruidos de la gente preparándose para el trabajo vienen antes que el canto de los pájaros. Las portentosas muchachas agilizan las piernas, se ponen shorts con escote, tenis de moda, y a trotar por el parque Cheesman. Los perros llevan una vida que nunca se vio en África.

Tengo un limón petrificado. Era para el ron de Barbados que aún no he abierto. Falta de tiempo, sí, y adecuarse a la nueva vida, ya sin Marco, mi perrito compañero, cuya muerte me mostró quién valía en casa y quién no. Hablemos de lealtad.

Domingo. Extrañamente no he recibido llamadas, fuera de una querida a las dos de la mañana que contó cosas aclaradoras del pasado con ánimo de futuro. Para eso debe servir la experiencia, para mejorar, para remover los escollos que nosotros mismos plantamos.

Silencio.

Absoluto silencio.

Digamos paz exterior. Veo en la mesa los remanentes de un moscatel rosado que tuve antes de echarme a dormir, luego de un sábado pesado con pensamientos de veinte kilos y recuerdos de cincuenta. Todavía resisten estos hombros obreros el frenesí stajanovista que no me abandona y que debo dejar de lado, como otras cosas personas.

Si algo me encanta, si algo le gusta al encantador de serpientes que fui, es la pizza fría. Con café caliente y dulce, a pesar de que abandoné el azúcar en el café hace un par de años. Pero todos merecemos últimos deseos. Marco comió y bebió de mis manos antes de morir. Su lengua se quedó en mis poros, tan palpable y real como nunca fue lengua de mujer. Pues recuerdo, en el café, todo, cada momento, que el don del recuerdo se me ha otorgado y puedo ser el Homero de mi propia existencia con combates, secuestros, luchas singulares y desbocados Escamandros. Recuerdo mientras devoro el pan con ajo y queso derretido. Hago mi lista de deberes igual a cuando era niño, que incluyen lavandería y comprar arroz, con asteriscos en peluquería y dos botellas de vino. Lecturas, escritos, trabajar en el blog, ejercicios que un caído no puede hacer pero sí un hombre de pie. Ya hay novedad en el frente, los obuses se han cargado, los que matan y los que dan vida, los de fuego y los de carne (pensando en el divino Apollinaire). Falta una mujer que saldrá de un listado ojalá exhaustivo. Pero viene, tan seguro como esta pizza que sabe a especias, a pimentón verde y cebolla.
Afilo cuchillos. La gastronomía abandoné, amante falso. Retorno a ella, al arte de conjugar colores como en mi fotografía, y sabores.

Iba a poner según es usual en domingo, Mozart. No lo hice. Hubo una casa cerca de la Aniceto Arce, ha mucho, donde Mozart era Bach y domingo, domingo. En medio hay mucho pero en realidad nada. Mientras no palpe los músculos de mi espalda y me asegure que soy yo, la realidad ha sido solo aprendizaje, caídas y levantadas. Nunca es tarde. Tus músculos, tu sangre, no te van a engañar; fallar quizá, no traición.

Llega carta de Veliky Novgorod. Quiero ir, al principio de la historia, en las fronteras del fin del mundo.

Escribo con piernas desnudas, calzoncillo azul, polera guinda. Las ventanas que traen luz no tienen ojos. No me preocupa. Renuevo el café y se acaba la pizza. Añado un par de especias a la lista de necesidades. Clavos para colgar pinturas de mis hijas. En la mesa del televisor dos filmes sin ver: Colette y Cold War, regalos de Maurizio, así como José María Arguedas que comprime el mundo a dualidades contradictorias que observo en mis brazos. Con Colette pienso en Schwob, en los textos sobre Villon que leía en París. La vida ha pasado, la muerte siega alrededor. Y la estupidez humana continúa con operetas, con divas de cartón y ejemplos de madre leves como plumas de pavo real. Pobre gente, alguna, de escaso entendimiento y tremendo drama. Hay que alejarse de ello, del show de las vanidades, del humo y de la niebla. Lo concreto: café caliente, pizza fría. Síntesis de la conjunción, esencia del colectivo.

Un awayo rojo de Leque cuelga de la chimenea. Hay por lo menos veinte animales retratados, unos cuantos míticos, o irreales, o pesadillas o sueños. Tejido en las alturas del altiplano cochabambino, curtido por la intemperie y teñido a hierba. El silencio se presta a la música; el silencio atrae las palabras. Queda escribir, tratar de conseguir la sustancia, desarrollar lo sólido luego de cuarenta años de práctica. Toma una vida, o dos, pero la segunda no tenemos y a conformarnos con lo que quede: uno, cinco, diez o veinte. Longevos son los años, no nosotros. Hay que enterrar a los muertos, pero también conviene enterrar a los vivos, a algunos…

Fotografía: Claudio Ferrufino-Coqueugniot