Maurizio Bagatin

La poesía de Baudelaire fue a la poesía francesa lo que París es a Francia, Valéry y Voltaire son testigos de eso. Un poeta lee a otro poeta, el poeta químico, Baudelaire, leído por los que fueron sus discípulos, les maudits, leído por Thomas Eliot, por Walter Benjamín, leído atrás en el tiempo por Villon y Angiolieri. Leemos a Baudelaire hoy, sus flores sembradas en el asfalto, paseamos algunos como flâneur, otros borrachos de vino o de poesía, algunos de virtud. Burlándonos de Aupick y de Haussmann, seguimos extrañados, el viento tarda, el polvo asfixia, el viejo tarda en irse, lo nuevo es un juego ominoso al cual Gregor Samsa abrió el camino, y una nueva peste mueve fantasmas y fantoches detrás de las futuras barricadas. Fuiste voyant.

Como en una epístola sin fin, te escriben Jeanne Duval, Allan Poe, te escribe De Quincey, en todas las esquinas de los bulevares Mallarme te espía, un albatros, un gato, un extranjero, la soledad te escriben y tu sigues sembrando flores en el asfalto. Tu discípulo Arthur sentenció: “Il faut être absolument moderne”.

Imagen: Emile Deroy, Retrato de Charles Baudelaire, 1844