AMLO contra la UNAM

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Las abundantes y extendidas refutaciones que ha recibido el discurso del presidente en contra de la UNAM confirman el arraigo social de esa institución. Incluso entre miembros de su partido hay respuestas, aunque muchas de ellas tímidas, a la hostilidad de López Obrador hacia nuestra principal universidad —y, de manera más amplia, contra toda la educación superior—. Su animadversión al conocimiento y a las universidades, sin embargo, está lejos de haber terminado.

En esa, como en todas sus manías, López Obrador sigue el libreto de los líderes populistas: dividir a la sociedad en dos bandos polarizados, colocar entre sus adversarios a todos aquellos que no se le subordinan de manera incondicional, presentarse como encarnación del pueblo de tal suerte que, en ese discurso megalómano, quien no está con él está contra el pueblo. Cuando la Universidad Nacional no se adhirió con la obediencia que él pretendía a los lineamientos para reanudar clases presenciales, el presidente decidió que es una institución neoliberal y sin vocación social. Los datos que tiene, como sucede en tan frecuentes ocasiones, son falsos y/o están distorsionados por sus rabietas personales.

El presidente ha mentido al decir que las universidades no han trabajado durante la pandemia. Decenas de miles de profesores han transcurrido largos y difíciles meses ofreciendo cursos y asesorías en línea. Centenares de miles de estudiantes toman clases conectados a veces en condiciones precarias, pero con reconocible empeño.

AMLO descalifica ese esfuerzo. También cuestiona, desde la ignorancia, la organización académica y curricular de la UNAM. Deplora que “ya no hay derecho constitucional”, ni laboral, ni agrario, pero en la Facultad de Derecho esas asignaturas se imparten en el segundo, tercero, sexto y séptimo semestres. Cuando dice que la Universidad no cuestiona al neoliberalismo, desdeña centenares de libros y artículos científicos (de áreas académicas como el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo, o las facultades de Economía y de Ciencias Políticas y Sociales) que no sólo desmontan el pensamiento neoliberal sino que, en ocasiones, plantean opciones para un rumbo distinto.

López Obrador desatina también cuando dice que la UNAM “perdió su esencia de formación de cuadros y profesionales para servir al pueblo”. La mejor manera —de hecho, la única— que tiene la Universidad para servir a la sociedad es desempeñar con rigor sus tareas esenciales: formar profesionales que sepan desenvolverse en el campo laboral, hacer investigación de calidad, difundir cultura y ciencia.

La UNAM cumple con esos deberes de manera razonablemente satisfactoria. Es, junto con sus enormes dimensiones, una institución heterogénea y en donde se ejerce la pluralidad. López Obrador, igual que antes otros gobernantes autoritarios, quisiera que la UNAM fuera ideológicamente unidimensional. Entonces dejaría de ser universidad.

A los líderes populistas les exacerba la libertad que ejercen y defienden las universidades y sus integrantes. Las políticas públicas, así como las medias verdades o las plenas mentiras de los gobernantes, son tema natural de la reflexión universitaria. Frente a los “otros” datos con los que engaña López Obrador, las universidades elaboran y publican cifras y diagnósticos sobre temas tan variados como salud, medio ambiente, energéticos, política social, entre tantos otros. En vez de apoyarse en esos estudios y favorecer el debate público el presidente desacredita a quienes, respaldados en la realidad, tienen evaluaciones que no coinciden con las suyas.

El conocimiento y la ciencia no son neoliberales, ni populares. No pueden estar al servicio de una concepción ideológica. Cuando López Obrador se inconforma con la diversidad de la UNAM, queda anclado en una postura profundamente conservadora. Pretender que no se enseñe derecho mercantil, civil o penal, implica que los abogados que egresan de esa institución no puedan defender a los ciudadanos que enfrentan litigios en tales campos. Descalificar a la universidad pública como hace el presidente es, esa sí, una actitud de lo más neoliberal.

Históricamente, estar en la Universidad ha sido un logro que favorece el ascenso social de los jóvenes. Tener un título profesional ya no es garantía para encontrar empleo decorosamente remunerado pero muchos de quienes llegan al campus universitario han avanzado más, en su formación educativa, que otros miembros de sus familias. En 2020 la escolaridad del 39% de las madres y el 31% de los padres de los aspirantes aceptados a la licenciatura en la UNAM era de secundaria terminada, o menos. Esos padres y madres, sin duda están orgullosos porque sus hijos tienen más educación que la que ellos lograron.

Entre los más de 55 mil alumnos que ingresaron a licenciatura el año pasado, el 69% provenían de hogares cuyo ingreso familiar mensual es menor a 4 salarios mínimos (datos elaborados a partir de documentos de la Dirección General de Planeación). Al recibir en sus aulas a esos muchachos, igual que en otras tareas, la UNAM cumple sus compromisos con la sociedad.

Con su diatriba, además de escindir y confundir, el presidente intenta alterar la vida de la Universidad Nacional. Como no la tiene a su servicio, quiere dificultar que le sirva al país. El juicio sin evidencias ni deliberación que hace contra la UNAM no es una opinión personal sino la postura del jefe del Estado que, además, dirige a un partido político.

Ante esas invectivas las autoridades de la UNAM reivindicaron las libertades, el espíritu crítico, los servicios a la nación y la autonomía de la Universidad. Esa réplica, mesurada y comedida, no será suficiente. La decisión del presidente para debilitar y, si puede, dividir a la UNAM, requiere de una respuesta vigorosa y enfática de los universitarios, comenzando por los órganos de gobierno de esa institución. Al pensamiento crítico y a la autonomía se les defiende ejerciéndolos.