Ahorcar a Maduro

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Le gusta la salsa ¡a darle salsa! Con el corpachón que carga dará vueltas interesantes al extremo de la cuerda. Al lado su muñeca china, la monstruosa primera dama, y un poco más allá ese diminuto batracio de la vicepresidenta cuya verborrea colgará seca desde sus fauces abiertas. Para completar el panorama, el Mussolini del Caribe, Diosdado Cabello, colgado patas arriba emulando al pelón Benito que en esa posición ya no era ni Duce ni nada, ni siquiera diferenciado de su Clara Petacci.

Por supuesto que estamos, hoy con la reunión del grupo de Lima y Mike Pence, ante una muy posible intervención por fuerzas extranjeras. No dudo que Duque, Piñera, el “hermano” Bolsonaro (a decir de Evo Morales), y Estados Unidos verían eso como un plus a sus aspiraciones de notoriedad, de geopolítica.

Guaidó va a pedirlo, que intervengan, porque va de acuerdo a su posición política, al futuro que quiere darle a Venezuela en el mundo internacional de los negocios. La cosa es qué hacemos, decimos, pensamos nosotros que sabemos quién está al otro lado: Trump, otro que debía colgar de la cuerda justiciera a medias al lado de Maduro. Del lado que defiende a los tiranos está Roger Waters, quien debió quedarse en su música y no hablar con bocaza ignorante de asuntos para los que no tiene calidad, aunque tenga peso.

Una cosa cierta, que esta angustia debe acabar, la soberbia impresionante del narcogobierno madurista. Hay momentos en que incluso uno, fuera de lógica y razonamiento, quisiera convertirse en linchador. No hay otra salida para semejante inmolación. En los reportajes se ve gente pobre, no se ven oligarcas de terno y zapatillas rosa, tratando de obtener comida y medicinas. Pues, Maduro y su horda no quieren dejar pasar la ayuda, se aferran al poder con uñas y dientes, mueven las nalgas populacheras bailando en estrados sobre las calaveras de su pueblo. La única respuesta posible, fuera del marco de un amplio panorama en donde están en juego asuntos de importancia mundial, en la cuestión personal, es que a estos hay que aplicarles justicia sumaria, arrastrarlos fuera de palacio y colgarlos: Las hijas de Chávez, mucha gente entre “hermanos y hermanas”. No se puede permitir que se vayan a refugiar a La Habana, a Corea del Norte, Moscú o Ankara, a disfrutar de sus sangrientas ganancias. No, se tiene que ver en cámaras como arrastran al lloroso chofer por las calles y le ponen doble cuerda para que aguante el peso, no vaya a ocurrirle lo que al asesinó iraquí, el “químico Alí”, al que tuvieron que ahorcar repetidas veces.

Sé que a alcahuetes como algunos periodistos se les mojarán las bragas de stress por esto. Pero uno ha trabajado con sus manos, corrido la suerte de los pobres y sacrificado sus mejores años por tener un decente nivel de vida, y sabe lo que significa que una manada de cabrones sobrepase los límites, con retórica socialista, para sentirse únicos e irremplazables. Si al Cristo, que era un arameo iracundo y con bastante razón lo arrastraron de la forma que lo hicieron, por qué no arrastrar a Nicolás Maduro unas cuantas cuadras para que tenga tiempo de aullar disculpas y ver si el pajarito que no sé si sigue volando, el comandante-pájaro, lo salva de espantosa muerte.

Esos cocoliches danzando en la cuerda quizá sirvan de advertencia a tantos otros que han creído que su poder les viene en celular desde la divinidad, o las divinidades. Los espectros dolidos de Saddam Hussein, Qadafi, Ceausescu, anuncian desde el infierno que lo piensen mejor, que es mejor tener una casita con cortinas, un televisor a colores y saber que todos somos iguales y simples. Caso contrario, que se atengan a las consecuencias