Academia boliviana de la lengua: SOS

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El uso del código SOS en el español está en apariencia en conflicto con la defensa de esta lengua. Pero, en cualquier caso, la sigla cuyo uso se hizo internacionalmente aceptado para pedir auxilio y se popularizó en 1912 con el hundimiento del Titanic, es de los anglicismos que en nuestra lengua reconocida como oficial por la Constitución Política del Estado se han mimetizado de manera que, como muchas otras expresiones, se hicieron de un lugar en nuestro idioma.

Entonces, cuando usamos esa expresión, sobre cuyo origen no hay uniformidad de criterios, realmente no estamos traicionando el idioma, aunque lo ideal sería conservar la pureza de este. Porque en la lengua castellana existe, como en casi todos los idiomas y dialectos que hay por miles en el mundo, una tendencia a su internacionalización con diversos tipos, claro, de regionalismos y de estilización, que son válidos, porque la Real Academia Española (RAE) los reconoce, atendiendo también a la pluralidad de culturas que en este idioma tienen como su lengua madre o por otras razones menos profundas, pero que de cualquier forma lo hablan o estudian como idioma extranjero.

En nuestro contexto cultural, los bolivianismos, que son muchísimos, tácitamente han sido incorporados al diccionario de los más de diez millones de personas que hablan el español. La misma RAE, a través de las academias de la lengua nacionales, hace periódicas incorporaciones de ese rango de términos al canon oficial que para unos países significa una cosa y otra distinta para otros, si es que en estos tienen alguna significación. Y hasta ahí, todo bien.

Pero cuando los bolivianismos exceden la morfología, de tal forma que la composición y derivación de las palabras ocasionan que la comunicación en el idioma castellano sea un galimatías que resiente la fluidez de la comunicación parlante, ya estamos hablando de una deformación inaceptable del español, que, aun así, puede ser entendible por la cultura de muchos de sus hablantes, sobre todo cuando se tiene al aimara o quechua como idiomas de origen.

Por último, y para no hacer esto muy extenso, escuchar jergas por parte de los niños o los extranjeros de otros idiomas, puede determinar también que, como es natural, se tenga muchas limitaciones en, por ejemplo, el uso de la gramática.

Con todas esas posibilidades, llegamos a la conclusión de que el índice de comunicatividad en este idioma es muy alto, no obstante que el 75% de hispanoparlantes en Bolivia es uno de los más bajos de todos los países donde su lengua oficial es el español. Y, como en todos esos países, las diferencias mayores radican en la entonación, por lo que nuestro idioma se torna en general homogéneo y unitario en virtud de una normatividad lingüística consensuada y dictada desde las diversas academias de la lengua, que garantizan (o tendrían que garantizar) un cierto nivel de uniformidad a pesar de la innegable existencia de un “español americano” y un “español de España”.

Ante las atrocidades lingüísticas que en los últimos años se vienen cometiendo en nombre de una lengua inclusiva, prohijadas por ciertos movimientos feministas, muchos tutoriales en internet han dejado indiscutiblemente sentado lo disparatado de semejantes boberías, por lo que no vale la pena redundar en ello, pero los reveses al idioma tienen un agravante con el insólito uso del idioma español en “élites” intelectuales, en autoridades de presumible superación cultural, en analistas y en los propios periodistas, quienes por excelencia deben ser portavoces de la información en un lenguaje impecable. Y hablo especialmente de los comunicadores cruceños, que han inventado expresiones como “la primer vez”, “la primer jugada” o “la primer señal”… Y qué desagradable es escuchar en los últimos meses hablar de “20-23” o “20-24”. ¿O es que estos iluminados de la política o de su análisis nunca han escuchado que los años se cuentan desde el nacimiento de Cristo hasta el presente que estamos en el dos mil veintidós y que el siguiente será dos mil veintitrés?

Por estos y otros barbarismos idiomáticos que nos estamos acostumbrando a escuchar, clamo a la Academia Boliviana de la Lengua pronunciarse para que Bolivia no se convierta en una Babel en la que nadie se entienda por las atrocidades que se cometen con el idioma.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor