Homero Carvalho Oliva
Quien camina solo llega más rápido; quien camina acompañado llega más lejos. Proverbio de África.
¿Quién te mostrará ese largo camino? Armando Zeferino Soares
Hay una palabra en Cabo Verde que no cabe en ningún diccionario: sodade; los portugueses la escriben saudade, pero todos bajan la voz cuando la pronuncian, como si evocaran a un pariente ausente que, sin embargo, perciben que está allí. Es la celebración de los sentimientos, la añoranza de lo que se fue, la memoria de lo que puede regresar.
Mindelo, la ciudad de piedras volcánicas y de sal marítima, de la isla de São Vicente, es la capital cultural de Cabo Verde, la ciudad que la canta y que ha hecho de esa palabra un destino. Con casi medio siglo de diferencia, la ciudad puso ese sentimiento nacional en dos personas y los encargó al mundo: primero fue una voz de mujer y luego un par de manos de hombre.
UM
En 1941 nació en Mindelo una niña a la que ni siquiera la pobreza pudo arrebatarle la voz y el oído. El padre tocaba violín y cavaquinho, una especie de pequeña guitarra con cuatro cuerdas. En un hogar en el que abundaban las necesidades, él hizo de la música la única riqueza de la familia. Con la temprana muerte del padre, la niña se vio a la deriva entre una abuela y un orfanato de religiosas. Allí, en el coro, cantando alabanzas a Dios con la nostalgia ancestral de África, fue donde descubrió que tenía una voz distinta, grave, quebrada, antigua, como si le viniera del alma. La niña, hija de Justiniano Da Cruz y de Dona Joana, se llamaba Cesária Évora y en la calle le decían Cissinha.
Cuarenta y cinco años más tarde, en esa misma ciudad de calles empinadas que daban hacia el mar, nació un niño al que su padre, fanático del fútbol, quería bautizar como Valdano, en homenaje al célebre centro delantero de la Argentina del Mundial de 1986 que se jugó en México; pero en el registro civil se lo negaron porque no era nombre, era apellido. Así que lo reemplazó con el de Josimar, jugador de la selección de Brasil, otro de los ídolos de su progenitor que nunca pudo ser jugador profesional, y lo registró como Josimar José Évora Dias.
Josimar, hijo de Ana Cándida y de José Pedro, compartía apellido con la cantante, pero no eran parientes. Los padres, jóvenes y pobres, no pudieron criarlo y lo entregaron a los abuelos con la naturalidad de quien confía en que la familia los cuidará sin preguntar cómo lo harán. El abuelo, albañil, peleaba contra el alcohol, y el niño, que lo veía volver a casa tropezando más de una vez o cantando desafinado alguna morna, se prometió no seguir jamás ese atajo de la vida. El pequeño Josimar jugaba fútbol en las calles de tierra y, cuando se raspaba las rodillas, corría a refugiarse en los brazos de María Senhorinha, su abuelita, su avozinha, y de ese abrazo cotidiano nació, en su barrio, el apodo que lo acompañaría toda la vida: Vozinha.
DOIS
Cesária, de adolescente, cantaba en los bares de Mindelo por unas monedas o por un trago, sin contratos ni promesas. Al salir de las cantinas, con los vientos alisios impulsados por la Señora de la Luz, madre de las tormentas y de los retornos, caminaba hacia el puerto, aprendía de oídas a dominar la morna y la coladeira, géneros musicales que cargan sobre el pentagrama toda la historia caboverdiana de partidas y regresos.
Josimar, a esa misma edad, pero décadas después, jugaba para clubes menores cuyos nombres nadie reconocería fuera de su ciudad. Un recuerdo testarudo vuelve siempre a su memoria; una noche en que miraba un partido que se definiría en la ronda de penales, se cortó la electricidad y Vozinha, apresurado, fue a tientas a cambiar los fusibles y, al día siguiente, intentó imitar a los arqueros frente a un arco improvisado. El arte de la canción y el arte de la pelota de cuero, jogo bonito, dicen los brasileños, fueron vocaciones tempranas y la manera de sobrevivir a la orfandad cotidiana.
Ninguno parecía tener futuro. Cesária vio cerrarse, con la independencia de 1975, el circuito de bares donde cantaba, y estuvo cerca de una década alejada de los escenarios; una etapa oscura de su vida en la que el alcohol y la tristeza fueron su compañía impenitente. Josimar tuvo que ganarse la vida como electricista y profesor de voleibol porque el fútbol, para un caboverdiano sin contactos, no alcanzaba para vivir. Su primer contrato profesional llegó a los veinticinco años, una edad en la que, para la mayoría de los goleros, la puerta de las ilusiones comienza a cerrarse.
TRÊS
Las islas siempre deparan sorpresas. En 1985, alguien organizó, en la ciudad portuaria, un homenaje a Cesária, un concierto que la rescató de la sombra y la devolvió al público que nunca había dejado de recordarla. Dos años después, en un bar de Lisboa, un productor caboverdiano la escuchó cantar, abrió los ojos, los oídos y la boca para invitarla a dar conciertos en París. ¡Nada menos que a la Ciudad Luz! Ella tenía cuarenta y siete años, dos hijos, tres matrimonios a la espalda y ninguna razón evidente para creer que la fama, a esa edad, todavía era posible. Aceptó. En París, en pleno escenario, se quitó los zapatos para sentir la madera bajo sus pies y nació “La diva aux pieds nus”, la “Diva de los pies descalzos”, porque Cesária, fiel a su manera de ser, se negaba a fingir una elegancia que no era la suya. Cesária sedujo a públicos en los mejores teatros de Europa y con el álbum Voz de Amor conquistó el premio Grammy el año 2004.
Josimar, que en su niñez también jugó con los pies desnudos para recibir el impulso de la tierra y volar en el arco, fue sumando escalas discretas, fichado en clubes de Moldavia, Portugal, Chipre, Eslovaquia y Angola, itinerario que para él era otra forma de emigración. Con el pasar de los años, el joven futbolista se volvió uno de los jugadores con más partidos en la historia de la selección de Cabo Verde.
QUATRO
En los países pequeños, como este archipiélago del mar de Atlas, como lo nombraron los griegos en homenaje al titán, las historias se encuentran, sin haberse buscado nunca. Cesária tenía más de cuarenta años cuando grabó su primer disco importante; Josimar tenía cuarenta cuando el mundo lo descubrió en el Mundial del año 2026. Lo que alcanzaron fue la consecuencia natural de una vida de resistencia.
En 1992, en el álbum Miss Perfumado se escuchó “Sodade”, la canción que convirtió a Cesária, y su voz ahumada de tanto fumar, en una intérprete universal y un emblema nacional. “Sodade” es una morna lenta como las despedidas, compuesta por Zeferino Soares en la década de 1950, que pregunta por un camino largo, por una tierra de la que uno se aleja y a la que promete volver, si acaso, olvidar solo el día en que el amor regrese. En la canción cabía todo el sentimiento de los que se fueron a trabajar a otras islas, a Europa, a América.
Cuando Josimar era apenas un mininu (en el luso africano de Cabo Verde), esa canción sonaba en las radios y se escuchaba en las casas. Es probable que la cantara sin saber que, años después, su propia vida haría la misma pregunta de la morna: ¿quién nos mostrará ese camino largo, el que lleva de un pueblo pequeño al centro del mundo?
CINCO
El 15 de junio, doce días después del cumpleaños de Vozinha, Cabo Verde debutó en el Mundial de 2026 frente a España. Antes del partido, Josimar, al salir del túnel del vestuario y pisar el césped, se persignó pensando en su abuela, fallecida hacía dos años, y en su madre, que no pudo viajar porque la oficina de migración del país anfitrión le negó la visa; quizá también lo hizo encomendándose al patrono de su isla y a los espíritus de las encrucijadas. El arquero entró a la cancha, mirando de frente, porque sabía que se enfrentaban a uno de los equipos favoritos para ganar el Mundial.
Los cronistas deportivos, que preveían una goleada, no salían del asombro cada vez que el desconocido atajaba los disparos de los mejores goleadores de “La Roja”, que no le dieron tregua. Cinco minutos antes de que acabara el primer tiempo, Vozinha los dejó, en dos remates consecutivos, con el grito de gol en la punta de la lengua. Cuando los hinchas que no tenían país que los represente gritaban ¡Vozinha!, ¡Vozinha!, él sabía que estaban invocando, sin saberlo, la protección de la avozinha, que desde el otro lado y con los ancestrales guardianes que protegen las puertas del más allá, custodiaba el arco.
Al sonar el silbato final, con el empate heroico asegurado,Vozinha lloró ante los ojos de millones de espectadores que lo seguían en televisión. Esas lágrimas eran las mismas que Cesária contenía en su garganta al cantar: la tristeza del largo camino. Eran lágrimas cristalinas y saladas como las aguas de Mindelo, la ciudad que hizo suya la palabra sodade, tan entrañable para sus habitantes, y que ese día, la selección de Cabo Verde la sintió como la melancolía de su tierra que les erizaba la piel.
Días después, al despedirse del Mundial, luego de que Argentina lo eliminara en los dieciseisavos de final, no sin antes atajarle un tiro libre a Messi que para otros hubiera sido imposible, se acordó de su avozinha y declaró a la prensa: “Espero que mi abuela, allá donde esté, esté orgullosa. Tenemos que estar con el corazón lleno”. Vozinha no lo dijo, pero en su interior también estaba el padre que lo abandonó, cuyo sueño era ser futbolista.
Cesária murió en Mindelo en el año 2011, a los setenta años. Su pueblo le rindió homenaje rebautizando el aeropuerto internacional de San Vicente con el nombre de la cantante. Los aeropuertos son lugares para irse y para llegar, como lo evocan las canciones de migrantes de los blues de Cabo Verde. Cissinha no llegó a ver al arquero, de su misma ciudad, hacer llorar de orgullo a un país entero. Pero si la sodade es, como dicen, la certeza de que lo ausente puede regresar transformado; entonces, la inolvidable tarde en que Cabo Verde detuvo a España, la trovadora descalza también estaba ahí, conectando, a través de la música, a los insulares que creen que los muertos, desde una dimensión paralela, guían los pasos de los que aún están sobre las aguas.
Semanas después, España se coronó campeona del mundo y la leyenda del arquero creció con la victoria de la selección ibérica. Su apodo se recordará también como el del arquero de un país isleño que tiene nombre de playa y que, por unas semanas, dejó de ser desconocido.
En el futuro, que puede ser mañana y siempre, los muchachos caboverdianos, sentados en la Baía das Gatas, contemplando los incomparables atardeceres, que combinan los colores naranja, púrpura y rosa que hacen del océano Atlántico la prueba de que el mundo existe, cantarán nuevas y antiguas mornas, contarán las atajadas de Vozinha y el sorprendente gol que Lopes Cabral le hizo a Argentina, elegido como el mejor de todo el torneo, y afirmarán que también fue el Mundial de sus parientes, hijos o nietos de personas que cruzaron mares y desiertos buscando vivir, y le pondrán música a un dicho de los mercados isleños: Querer ficar e ter que partir, ter que partir e querer ficar. “Querer quedarse y tener que partir, tener que partir y querer quedarse”.
Homero Carvalho Oliva (Santa Ana del Yacuma, Bolivia, 1957). Escritor y poeta, ha obtenido premios de cuento, poesía, microcuento, novela y ensayo a nivel nacional e internacional. Su obra literaria ha sido publicada en otros países por prestigiosas editoriales y traducida a varios idiomas; poemas, cuentos y microficciones suyas están incluidos en más de cien antologías internacionales, además de revistas y suplementos literarios por todo el mundo. Es autor de antologías de poesía, de cuentos y microcuentos publicadas en varios países, como la Antología de poesía del siglo XX en Bolivia, publicada por la prestigiosa editorial Visor de España, y otra por la Fundación Pablo Neruda, de Chile; así como también de selecciones personales de su poesía y de sus cuentos.