Fue durante un viaje a la Argentina, a fines de 2024, cuando me puse a experimentar con la IA por primera vez, y desde entonces se volvió una especie de compañera permanente. Y así, durante los últimos años fui poniendo a prueba sus posibilidades y alcances, sobre todo en lo que se refiere a mis intereses recreativos y mi oficio de escritor. Además, aparte de utilizarla, cada día reflexiono un poco más sobre las posibilidades que tiene en la actualidad y que podría tener en los siguientes años en la vida del ser humano.
Mis reflexiones giran, primero, en torno a qué tanto un escritor puede dejarse llevar por la IA. Segundo, en torno a qué tanto una IA puede ser (co)creadora de un texto. Para reflexionar todo esto, acudo a la inducción, analizando mi propia experiencia.
Pues en algún momento de cansancio o cuando el tiempo apremiaba, le entregué algún texto terminado para que corrigiera la puntuación o eliminara las palabras repetidas. O, por el contrario, acudí ella para que me sugiriera un punteo de ideas estructurado, para que yo, después, lo desarrollara escribiendo por mi cuenta. Es decir, en un caso había una asistencia formal; en el otro, una de fondo. Como sea, en un caso y en el otro, luego me asaltaban una suerte de culpa y muchas preguntas de tipo existencial y ético: ¿Para qué sirvo profesionalmente, si una IA ya puede elaborar casi todo lo que hago? ¿Y hasta qué punto es éticamente válido que una IA intervenga en mis escritos? O, mejor: ¿cuánta intervención de IA es ética en mis trabajos?
En el mundo debe haber miles o millones de escritores que están sumidos en las mismas reflexiones o, peor todavía, que ya se están dejando anular por una IA. Y es que el asunto es realmente existencial, ya que hay el peligro de quedar totalmente anulado debido a las posibilidades casi infinitas de la IA en la escritura y la edición, pero es también, como ya se dijo, ético, toda vez que la pregunta de si es legítimo publicar un texto intervenido por la IA como si fuera 100 por ciento producto humano, no debería dejar de ser objeto de reflexión por parte de editores, publicaciones, autores y lectores.
Si llevamos la reflexión a un punto más profundo, podemos preguntarnos si la ética literaria y, en general, artística, no cambiará en el futuro; es decir, si en lo consiguiente será “legítimo” o “válido” escribir ficciones o textos de opinión o crear con la intervención de una IA. En este caso, los humanos podríamos comenzar a medir la creatividad o la inteligencia ya solo por la capacidad de escribir buenos prompts. ¿Nuestros límites éticos del presente son modificables, ya que son solamente variables contingentes resultado de una realidad material previa en la que no existía nada parecido a la IA? Son, desde luego, preguntas que corresponden a la filosofía.
Lo que creo que el escritor moderno debería tratar de preservar es el esfuerzo ¾que me parece un valor en sí mismo¾, la capacidad de imaginar historias y el trabajo de desafiar los límites del arte y el pensamiento. Solo así su sentido existencial se mantendrá vigente y la masa gris tendrá ante sí el desafío necesario para no ser rebasada. Como señala el filósofo español Carlos Blanco, no deberíamos temerle a la IA, siempre que la usemos como una herramienta de acompañamiento que nos obligue o al menos nos estimule a romper las barreras ya alcanzadas por el ser humano en la ciencia, el arte y el pensamiento, dándole en todo momento un uso prudente.
Sin embargo, el peligro, si bien no inminente, es acechante: como la IA ¾igual que un cuchillo, el ordenador o la morfina¾ es una de las expresiones de la razón instrumental, existe el peligro de que se convierta en una herramienta utilitaria e inmediatista para el éxito rápido y cómodo, saliéndose de control y llevando al ser humano, su propio creador, a un estado de inutilidad, cuando no de autodestrucción.
Ignacio Vera de Rada es politólogo y escritor