La Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Gotemburgo, Suecia, ha publicado, bajo el título ¿El fin de la era democrática?, el Informe 2025 sobre el estado de la democracia en el mundo. El estudio, a cargo del Proyecto Varieties of democracy» (V-Dem) cuenta con la participación de más de 4.200 académicos, se establecieron más de 32 millones de puntos de datos en 202 países y territorios y mide más de 600 atributos de la democracia.
Los resultados muestran que estamos ante lo que el informe denomina la «tercera ola de autocratización», un fenómeno que no solo se intensifica, sino que ha alcanzado los cimientos mismos de las democracias. Incluso de aquellas que se consideraban más estables.
Según el informe, el ciudadano promedio global hoy disfruta de niveles de democracia comparables a los de 1978, lo que significa que casi todos los avances logrados desde la Revolución de los Claveles en Portugal se han evaporado en apenas unas décadas.
En este sentido, la noticia más impactante del año fue, sin duda, la victoria de Trump en Estados Unidos. Bajo su administración el retroceso ha sido de una magnitud y velocidad sin precedentes en la historia moderna. Para poner esto en perspectiva, el informe sostiene que la rapidez con la que se están desmantelando los controles y contrapesos en Estados Unidos supera incluso los procesos iniciales de autócratas consolidados, como Viktor Orbán, en Hungría, o Erdoğan en Turquía.
Europa Occidental no es ajena a esta tendencia. Aunque sigue siendo la región más democrática, el nivel de democracia para el ciudadano promedio está en su punto más bajo en medio siglo. El informe identifica cinco nuevos países europeos en proceso de autocratización: Italia, el Reino Unido, Eslovaquia, Eslovenia y Croacia.
En el Reino Unido, por ejemplo, el declive se explica por un deterioro significativo en la libertad de expresión y la independencia de los medios. La Unión Europea se encuentra en una situación igualmente precaria: la autocratización ya afecta a siete de sus Estados miembros y a sus dos aliados más poderosos, el Reino Unido y los Estados Unidos.
Si giramos la vista hacia América Latina y el Caribe, el panorama es de una heterogeneidad inquietante. La región se mantiene como la segunda más democrática del mundo, pero el declive es sostenido tras alcanzar su pico a principios de los 2000. Mientras que el 71 % de su población vive en democracias, solo un escaso (de diferente grado) 5 % reside en democracias liberales plenas como Chile, Uruguay y Costa Rica.
Para comprender la magnitud del avance autoritario es necesario mirar los números globales. A finales de 2025, el mundo cuenta con 92 autocracias y solo 87 democracias. Lo más alarmante es el peso demográfico: el 74 % de la población mundial (6.000 millones de personas) vive bajo regímenes con diferentes grados de autocracia, mientras que apenas el 7 % disfruta de una democracia liberal.
El informe de V-Dem destaca que la libertad de expresión es la primera institución afectada. En 2025, 44 países registraron deterioros significativos en esta área, un cambio drástico respecto al año 2000, cuando 52 países mostraban mejoras.
Las tácticas de los regímenes autoritarios son similares en todos los regímenes de ese tipo: censura mediática, presente en el 73 % de los países que se están autocratizando; represión de la sociedad civil, que se ha disparado y afecta al 68 % de estos casos; y uso de la tortura, que ha regresado como herramienta para reprimir a la oposición política en 33 países.
Este «gran cambio de tendencia» nos muestra que el centro de gravedad de la gobernanza global, que en un momento estaba centrado en la vigencia de los derechos y la democracia, se ha desplazado hacia el autoritarismo. Muchos países económicamente poderosos se orientan al establecimiento de gobiernos con diferentes grados de autoritarismo, lo que les da el espacio y peso suficiente para remodelar las normas internacionales y alterar el orden global.
El análisis de los datos nos sitúa ante una paradoja: mientras el mundo occidental sigue siendo el hogar de la mayoría de las democracias restantes, sus pilares están siendo carcomidos desde dentro por liderazgos elegidos en las urnas que, una vez en el poder, desmantelan las garantías liberales.
La transformación de Estados Unidos de una democracia liberal a una electoral es un síntoma de una enfermedad sistémica que ya no respeta fronteras geográficas ni tradiciones institucionales.
No obstante, el informe también nos recuerda que la autocratización no es inevitable. Los procesos de «giro en U» en países como Brasil, Polonia o Mauricio demuestran que una sociedad civil activa, una oposición unificada y salvaguardias institucionales sólidas pueden frenar la deriva autoritaria.
El futuro de la democracia en Occidente dependerá de la capacidad de la ciudadanía y de la sociedad civil para reconocer que la libertad no es un estado natural de las naciones, sino una construcción frágil que requiere vigilancia constante y, sobre todo, la defensa intransigente de los contrapesos que evitan que el poder se convierta en tiranía.
La era democrática no ha terminado necesariamente, pero su supervivencia exige un despertar ante la rapidez y la agresividad de quienes pretenden silenciarla.
Renzo Abruzzese es sociólogo.
Referencia:
Nord, Marina, David Altman, Tiago Fernandes, Ana Goodgod y Staffan I. Lindberg. 2026. Informe sobre la democracia, 2026: ¿El fin de la era democrática? Universidad de Gotemburgo: Instituto V-Dem.