Periodismo sin aire

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Luego de haber afirmado que la lectura es al periodismo lo que el aire para los pulmones, la respuesta del periodista Arturo Choque Montaño me llamó (y aún me llama) la atención: «(…) hay colegas que se han vuelto anaeróbicos», sentenció.

A su juicio, esos periodistas, «de manera inexplicable, hacen periodismo sin tener el más mínimo hábito por la lectura». Son anaeróbicos.

Con ese nombre, la biología define a aquellos microorganismos que se adaptan a la vida sin oxígeno. En una frase, viven sin aire.

Y a Choque le estremece la idea de que haya periodistas que trabajen «en el mundo del periodismo sin el insumo vital de la lectura».

La reflexión de Choque confirma mi sentencia, pero también me ayuda a replantear que la lectura sea, acaso, más que aire… Es una especie de alimento cuyo destino no es el aparato digestivo, sino la cabeza: la gran procesadora de información.

En un cerebro abierto, las lecturas hallan acomodo. En él se expresan y debaten, porque se entiende (o debería entenderse) que un periodista no es un microorganismo.

Un buen periodista –en teoría– debería tener la capacidad de reaccionar frente a lo que ve. Necesita, pues, darle al cerebro una dosis diaria de ejercicio para que los músculos de su conocimiento y los de su imaginación estén encendidos.

Ese ejercicio debería comenzar en las aulas universitarias. Porque no se trata de leer cantidades, pero sí de aprender a seleccionar calidades y delimitar curiosidades.

Esa dosis diaria de ejercicio para el cerebro se llama lectura. Sin ella, las capacidades de reacción o de expresión están condenadas al fracaso.

«Con las palabras pensamos, y ellas son los embriones de las ideas. Si tienes muchas palabras, tienes muchas ideas y puedes construir mundos», dijo al respecto el periodista investigador en temas de lenguaje, Álex Grijelmo, autor del libro El estilo del periodista.

Para un periodista las consecuencias de no leer pueden ser terribles. Por ejemplo, se queda mudo de expresión cuando no llegan a su cabeza los términos adecuados (no cultos) para formular una simple pregunta a su entrevistado.

Pasada esa vergüenza, ya en la sala de redacción, enciende el motor de su texto. Y como desconoce las normas elementales de la escritura, sus errores saltan a la vista: emplea las mismas palabras rebuscadas que sus entrevistados.

No se lleva bien con la puntuación. No tiene idea qué es la sintaxis. No sabe en qué consiste la concordancia. Tres problemas generales para que el coche de su nota se vaya a pique.

Como a ese periodista no le gusta leer, no tiene idea cuál será el camino por el que su nota debe caminar, desconoce el contexto de lo que ahora le ocupa.

Como ese periodista no tiene capacidad de reacción, se hizo observar porque no consultó a la contraparte. Se pasó el semáforo en rojo.

Y lo que es peor, cree en todo lo que sus fuentes de información le dicen. Es, en resumen, fácilmente manipulable.

Alguien así, debería preocuparse por estar al lado de quienes leen. Debería preocuparse por tomar apuntes –pero en serio– de lo que su editor le enseña. Y repasarlos camino a casa.

Pero lo más elemental es que abra un libro y descubra cómo la magia de esas palabras se transforma en luces de imágenes que derrotan a las sombras.

Son imágenes que le motivarán a que el músculo de su imaginación esté siempre de su lado. Eso ocurrirá siempre y cuando ese periodista y su interés comprendan que la curiosidad por la lectura es también otra forma de amar.


Poeta, escritor, periodista y editor de texto