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La Odisea: un eterno retorno que debe mirarse desde otros ojos

Ulises Paniagua

“Soy Odiseo, hijo de Laertes, conocido entre
los hombres por mis astucias; mi fama llega
hasta el cielo.”
Homero

Mi nombre es Ulises, y también soy Nadie. Estoy marcado, desde mi bautizo, por dos portentos literarios que se convirtieron en símbolos universales: “La Ilíada” y “La Odisea”. Dicen que nombre es destino; hay algo de cierto en ello. Aunque, feliz por haber nacido bajo el signo de los clásicos, de vez en cuando reniego de ellos. La Historia y el Arte se reinventan a cada tanto, y es momento de nuevas reinterpretaciones.

Hace poco vi la versión de “La Odisea” de Christopher Nolan; debo reconocer que no me convenció por diversas razones. La película no está del todo mal, tiene momentos espectaculares, pero es digna de cuestionamientos, aunque no es mi interés ahondar aquí en el análisis cinematográfico de la cinta. Por otra parte, uno de sus grandes aciertos es la revisita que hace el film sobre la ontología del “héroe”. Hay un giro, una ruptura que permite disentir de las visiones impuestas durante siglos; esto es, alejarse del canon de la obra clásica. Ello se agradece. Si en la narración épica hay algunas dudas sobre una heroicidad total del protagonista, en Nolan este hecho se muestra de forma explícita.

No es que la cultura helénica no merezca el gran valor que se le concede, sino que es buen momento para revisar su infalibilidad epistemológica. En los tiempos que corren se puede aprender latín y griego, pero es imposible admirar como atributos tales prácticas desde la dimensión en que se hacía en la Edad Media. Soy amante de los clásicos, los defiendo, aun así puedo entender que “La Ilíada” y “La Odisea” (y no quisiera notarlo) deben leerse de otro modo en la actualidad. No podemos ignorar que ambas historias se apegan a una épica de hombres machos y medio salvajes que todo lo resuelven de forma violenta. Dentro del argumento de ambas obras los aqueos se asumen como poseedores de una verdad única que luego se volvió griega, y universal de forma posterior.

No podemos mentir. Los aqueos no son “los buenos” del relato. Quizá tampoco son “malos”. Simplemente “son”. Comprender esto implica rupturas epistemológicas. La Historia, se ha dicho, la cuentan los vencedores. La mitología griega tiene criaturas y episodios fascinantes, como aquel donde Aquiles es perseguido por el río Escamandro o ese otro donde Atenea hiere a Ares con una lanza; pero, lejos de pertenecer a un género puramente fantástico, tal narrativa no deja de poseer cierta ideología e intenciones.

           No es que esté en contra del mito de Occidente, o que no sepa reconocer el valor de los grandes clásicos, pero en pleno siglo XXI se comienza a develar todo con ojos distintos. Ya en “La casa de Asterión”, un cuento de 1947, Jorge Luis Borges cuestionaba los mitos ¿Era el minotauro una bestia asesina o un inocente? ¿Era Teseo un héroe o se cometió una injusticia? Borges deja ver una bifurcación entre las posibles interpretaciones de tal relato. Julio Cortázar ofrece una propuesta semejante en una obra de teatro posterior, donde aborda el mismo mito. Las teorías feministas, hoy en día, trastocan la mitología griega que conocemos: ¿era Zeus un seductor cínico o tal vez un violador horroroso? ¿Qué ocurre con la tragedia de Medusa, qué terrible injusticia la convirtió en un supuesto monstruo para luego ser asesinada por un también supuesto redentor? La mitología sufre variaciones hermenéuticas, reinterpretaciones profundas al paso del tiempo.

            ¿Quién cuenta la Historia y para qué? En especial, la greco-latina. Recuerdo que al querido maestro Héctor Carreto, gran epigramista y conocedor de los clásicos, le encantaba “La Eneida” de Virgilio. A instancias de su interés decidí leer, con expectación, tal libro. No encontré lo que el querido amigo hallaba en la narración. Me pareció una copia mal ejecutada y “romanizada” de la versión de Homero (versión que ni siquiera sabemos si llegó a nosotros íntegra y original).

¿Qué ocurrió en Troya? ¿Una guerra de 10 años realizada bajo el pretexto de una novia robada que nunca se aclara si decidió huir por propio gusto con Paris? ¿Quiénes eran “los buenos” y quiénes “los malos”, los troyanos o los aqueos? ¿La treta del caballo, urdida por Odiseo, no es una vil traición que pasó a la posteridad como un momento sublime, épico?

            La versión de Nolan es interesante. Muestra a un Odiseo que se arrepiente de algunas de sus decisiones; se trata de un líder que, intentando proteger a sus hombres, cae en la tentación de considerarse el único ser capaz de tomar decisiones, lo que hace que muchos de sus compañeros perezcan. No en vano los hombres muertos ante su imprudencia le reclaman cuando visita el Hades.

¿Un verdadero héroe haría sucumbir a su tripulación? Desde luego, se justifica que ignorara a sus hombres bajo los encantamientos de Calypso y Circe, pero esto parece más una treta que la naturaleza del argumento. Odiseo gozaba de privilegios mientras su pequeña tropa padecía cosas terribles. Lo percibí así desde que hice esa lectura a los 10 años de edad. Puedo notarlo con claridad hoy. Bueno, el mundo ha sido siempre mundo. Odiseo es un “héroe”, pero no es colaborativo ¿Cuántas veces habremos cometido ese error en nuestras vidas?

¿Qué necesidad había de cegar a Polifemo y desatar la ira de Poseidón? Podía haberse evitado la tragedia. Pero Odiseo es terco, carga con mucha testosterona, y aunque es el más astuto de los comandantes, no deja de ser un poco bruto. Estamos en presencia de un mito exagerado durante siglos ¿No es injusto que una mujer deba esperar a su pareja durante veinte años? Penélope debió hacer su vida. Desde luego, se entiende que era otra era y existía un marco socio-cultural distinto. Sin embargo, la historia resulta exasperante en ese punto.

Sólo el perro, el fiel Argos, es transparente. Aun así, espera veinte años sólo para ver a su amigo, y morir. Qué situación más triste, más narcisista alrededor de Odiseo. Y el final de la narración, qué cosa más sangrienta la masacre de los pretendientes ¿No bastaba con retornar y hacer negociaciones? Al exaltar la épica de esta matanza uno siente, en la actualidad, que se están exaltando los asesinatos colectivos, como en una serie donde algún narco resulta, por decisión del guionista, fabricado como héroe. Un injustificado derramamiento de sangre, aquel en Ítaca. En la versión de Nolan, con franqueza, esa parte me resultó largamente insufrible, quizá en 1960 la hubiesen visto de otro modo.

            Sobre “La Odisea” se han escrito, pintado y filmado obras gloriosas. La versión de “Jason y los argonautas” es magnífica para su tiempo. Los poemas de Cavafis son espléndidos al respecto. Sin embargo, es tiempo de dejar de mirar a los clásicos con admiración ciega. “La Odisea” es la historia de un esposo imprudente justificando su larga ausencia. Es casi la historia del padre ausente que salió a “comprar cigarros” y volvió esperando que la familia lo adore. A Odiseo no se le va a satanizar, desde luego, pero no vamos a exaltar sus evidentes errores. Troya seguirá allí a pesar de su destrucción. Las sirenas, en su canto, seguirán en su embeleso y peligro, porque se trata de mitologías alucinantes, fantásticas o aterradoras. Ojalá pervivan siempre. Lo que es cierto es que hay que apreciar dichos cantos y maravillas con nuevos oídos y nuevos ojos. Y reconocer, desde luego, la importancia universal de otras culturas y otros mitos: el Popol Vuh, el Mahabharata, los libros del África profunda. Sólo en la lógica de los greco-latinos, los greco-latinos son héroes absolutos.

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