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Cuando el futuro depende de la imaginación

Márcia Batista Ramos

En El nuevo mundo, Claudia Sánchez construye un microrrelato de notable economía expresiva, donde cada párrafo amplía el horizonte de una pregunta esencial: ¿qué ocurre cuando la realidad deja de ser un límite y pasa a depender de la mente humana?

La autora parte de un escenario propio de la ciencia ficción —una explosión, una máquina, un experimento destinado a crear al «hombre nuevo»— para conducir al lector hacia un territorio inesperado. La tecnología desaparece y, con ella, la ilusión de que el progreso proviene exclusivamente de los artefactos. Lo que permanece es la conciencia. A partir de ese momento, el pensamiento adquiere un poder creador absoluto: imaginar equivale a existir.

Uno de los mayores aciertos del texto reside en la naturalidad con que introduce esa transformación. La escena de la niña que simplemente desea ir al baño resulta decisiva, porque demuestra que la construcción del nuevo mundo no nace de grandes discursos ni de héroes extraordinarios, sino de las necesidades más elementales de la vida cotidiana. Esa sencillez vuelve creíble lo imposible.

El desenlace, sin embargo, es el golpe más certero del relato. La creación de una «Comisión de Planificación del Nuevo Mundo» introduce una fina ironía: incluso cuando la humanidad tiene la posibilidad de comenzar desde cero, reaparece la necesidad de organizar, administrar y proyectar el futuro. La esperanza convive con la sospecha de que quizá volvamos a repetir los mismos errores.

Con una prosa limpia y sin excesos, Claudia Sánchez demuestra que el microrrelato puede albergar grandes interrogantes filosóficos. El nuevo mundo no propone únicamente una utopía; invita a preguntarnos si estamos verdaderamente preparados para habitar una realidad donde el mayor poder ya no reside en las máquinas, sino en nuestra propia imaginación.

                                 EL NUEVO MUNDO

 Claudia Sánchez

Aquel día de la gran explosión un centenar de familias trabajábamos en La Máquina, bajo tierra. Todo indicaba que estábamos en el camino correcto, que poco faltaba para que encontráramos la clave que haría nacer al hombre nuevo.

Nunca supimos exactamente qué sucedió. Sólo sentimos una onda expansiva, como una fuerza extraordinaria que nos hacía volar y desvanecía las cosas materiales. Todo desapareció, hasta la máquina. Cuando nos recuperamos, no sabíamos dónde nos encontrábamos, estábamos rodeados de un espacio blanco y faltaba la mitad de la gente. Una niña dijo “Mami, quiero hacer pis”; su madre volteó buscando un baño y éste se creó a sus espaldas, tal como lo estaba pensando.

Nos llevó un buen rato comprender qué sucedía: nuestra mente creaba las cosas que necesitábamos. Algunos, incapaces de procesar la novedad, pensaron que morirían y efectivamente se murieron. Sólo quedamos quienes estábamos mejor preparados mentalmente. Y los niños.

Fue fácil organizarnos. La niña que quería hacer pis creó una cama para continuar durmiendo y en un rato ya todos convivíamos en un gran salón con pequeñas casas en su interior. Pronto formamos la Comisión de Planificación del Nuevo Mundo.

Esta vez tendríamos que hacerlo mejor.

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