Maurizio Bagatin
Esperamos a las últimas heladas. El Tata Santiago, la helada del indio y Urkupiña que ya está a la esquina. El invierno aquí dura unas cuantas horas al dia, “La clima” siegue siendo la cruz y la delicia de Cochabamba. Hoy me pareció sentir la primavera que desde hace treinta años reconozco con el primer calor de la tarde que nos regala julio. Extraña ilusión. Se mezclan los colores de las amarilis con la caída de las flores del tajibo. Es lo moribundo que resiste, alargando su agonía nos deleita con colores para paletas de pintores abstractos o de Claude Monet en Giverny. Salvajismo que se oculta detrás de cuatro paredes de viejo adobe.
La época es mala como todas las épocas, diría Borges, pero algunas épocas lo son más que otras, parafraseando a Orwell: “Un bombero voluntario fue detenido el 14 de julio (trágica ironía de las fechas…) tras confesar que había provocado el incendio en el bosque de Fontainebleau, a 70 kilómetros de París, el 12 de julio. El hombre, según informa Le Parisien, ha admitido haber utilizado un mechero y gasolina para prender fuego a la maleza”. En Italia han sido notificadas 30 personas por haber organizado una protesta antifascista. Hace tiempo que los nostálgicos de Mussolini organizan eventos para celebrar y recordar a los jerarcas fascistas. Esta vez, a nombre de un decreto de seguridad del actual gobierno, se ha culpabilizado de actos antifascistas a 30 personas que contestaron a los fascistas en una manifestación. Un tercer hecho describe aún más la época que estamos viviendo: en Italia, un joyero, luego que unos atracadores se habían fugado, los recorrió y los ejecutó en plena vía pública, no por legítima defensa sino por venganza, y ahora después de haber sido condenado, pide la gracia, con el apoyo de los partidos políticos al poder. El joyero no tenía ni el permiso para el arma con la cual ejecutó a los atracadores. Un amigo lejano reconoce que de nuestra generación se han quedado unos pocos, muchos se han ido y quien está aún ahí es porqué no desea hacer ruido con los escombros.
Con el Pepe terminamos siempre hablando de comida. Él, hijo del maiz y yo polentón terminamos siempre con elogiar nuestra alimentación de la infancia. Y sobre eso hay mucho conocimiento, cada uno va recordando recetas y más recetas. Sus tortillas con poroto y yo raspando la olla que la noche antes mi abuela había dejado encima de la estufa. Y luego seguimos con infinitas teorías sobre el origen del maíz, las variedades que el conoce y la que yo de Bolivia defiendo. La sola, el maíz blanco que nos permitía preparar la polenta en nuestra tierra. Le narro de como la pelagra diezmó enteros pueblos en el norte de Italia, y solo por ignorancia, si hubiéramos conocido la nixtamalización cuánta gente no hubiera sufrido de cretinismo. El alimento nos enseña muchos más, además de alimentar el cuerpo.
Las amarilis es una deliciosa flor del invierno, de esta estación de retiro y de soledades al calor de hogueras encendidas, de buenas lecturas y una buena compañía, de cafés humeantes y muchas mandarinas. A esta soledad le añado la soledad del juego del futbol, el juego de niños y el juego de los mayores, del poder de este juego que por su pathos a muchos nos ha secuestrado durante estos días, hay que reconocerlo. Es la soledad de un juego que cuando no se juega en equipo revela su extrema debilidad, su desconexión de la realidad, el futbol champagne francés que se vuelve fácilmente vinagre cuando ofrece individualidades en lugar de un equipo, y el fútbol de sus inventores, los ingleses, cuando se encierran en un “catenaccio” a la italiana, sin tener nada de italiano.
Iré al cine a ver La Odisea, con la misma inocencia de cuando leí la obra del aedo enceguecido, intentando hacerme llevar por dioses, héroes y villanos de una época tan lejana y de un estado de ánimo tan olvidado, él me seguirá guiando y guiñando mejor que los escribanos esquizofrénicos de nuestros tiempos.