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Incertidumbre socrática e IA

¿Cómo le va con la incertidumbre? ¿Lo desespera, intranquiliza, la soporta estoicamente, la aprecia? Probablemente le cuesta lidiar con ella. No está solo. Son pocos los que se reconcilian con una vida con forma de ruleta (de casino o rusa, como quiera, depende del dramatismo con que la experimente). Requerimos certezas para predecir el entorno. Saber que el piso resistirá nuestros pasos, que no vivimos en la Matrix, que hay estructuras –familiares, sociales, institucionales– relativamente estables que resistirán a la fortuna, o con Scarlett O´Hara, que mañana será otro día. Sin certezas se carece de los asideros fundamentales para mantener el equilibrio y cumplir nuestro papel en el gran teatro del mundo.

Y buscamos certezas y nos convencemos de que lo son. Nuestros cerebros son especialistas en ello. Por eso nos gustan tanto las respuestas. Si es honesto, tendrá que reconocer que le gustan más que las preguntas. Y es que estas últimas, sobre todo cuando lo son sobre lo desconocido, imponderable, incalculable, ofician como trampolines de salto al infinito de lo inesperado, insospechado, insondable, impredecible, y ello implica siempre un riesgo: perder la recompensa.

La recompensa de nuestros cerebros que buscan respuestas para disminuir la incertidumbre se llama dopamina. Nos sentimos bien cuando sabemos cómo son las cosas y podemos predecir el mundo. Pero esta estrategia evolutivamente virtuosa tiene una contracara: el premio de la gratificación dopamínica nos lleva a aceptar apresuradamente muchas respuestas sin someterlas al examen requerido. Los muchos sesgos son aquí conocidos. El de confirmación, por ejemplo, nos lleva a seleccionar la información que mejor respalda nuestras preconcepciones, darle más valor al ponderar, y a recordar mejor esos procesos. Los métodos y estructuras de razonamiento aceptados en las distintas disciplinas, así como los paradigmas dominantes en las ciencias, ofician también como mecanismos de reducción de incertidumbre.

A veces los atajos cognitivos nos permiten alcanzar respuestas funcionalmente apropiadas con bajo coste de energía (es lo que los sustenta), pero en ocasiones nos hacen fracasar estrepitosamente. Y muchas veces, nos hacen desviar la mirada de asuntos relevantes: la motivación para obtener la gratificación inmediata dopamínica de la certidumbre hace que se nos escapen muchas cosas, como información alternativa y errores de razonamiento, que la podrían aplazar o incluso descartar. Y así muchas veces se nos escapa la posibilidad de pensar y especular disruptiva y creativamente.

Resistir la incertidumbre en la búsqueda de respuestas sin dejarse vencer por la gratificación dopamínica inmediata, es un aspecto –o si prefiere: un tipo– de inteligencia fundamental. Y se puede entrenar. La disposición y capacidad para aplazarla nos permite ver lo que ha pasado desapercibido, saltar al vacío de lo inesperado e incalculable para encontrar y crear un mundo nuevo, uno que no existe para quienes piensan dentro de los patrones establecidos y aceptados (o con palabras de moda: dentro de la caja) sin desafiarlos para así no arriesgarla.

Es lo que vio Sócrates y dejó como regalo a la posteridad con su “solo sé que nada sé”. Las verdades no lo son por herencia u origen. Son las que descubrimos mediante el escrutinio de una razón sin compromisos, una que pregunta una y otra vez, sin darse por satisfecha con apariencias y opiniones; una que prefiere una buena pregunta sin respuesta, en vez de (en sintonía con el racionamiento implícito en los modelos de los economistas) una respuesta mediocre a la incertidumbre.

No es raro que las compañías de IA –un tipo de inteligencia caracterizado por emular el pensamiento asumiendo la herencia de lo dado– estén contratando filósofos. Y es que afinar la emulación del pensamiento humano exige la capacidad, disposición y entrenamiento para no darse por satisfecho con lo que ya existe, lo aceptado y lo establecido, planteando preguntas nuevas y disruptivas y evaluando críticamente las respuestas en los procesos de diseño, entrenamiento e implementación de los modelos.

A Sócrates le costó la vida. Si usted sigue sus pasos, obtendrá grandes beneficios en su vida y, probablemente, le costará menos: la gratificación dopamínica inmediata de la certidumbre y un montón de miradas torvas. Y quizás, como bonus track, lo contratan en una compañía de IA.

Daniel Loewe, Facultad de Artes Liberales, Universidad Adolfo Ibáñez

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