Mirna Luisa Quezada Siles
La Paz no se entiende únicamente como una ciudad, para generaciones de músicos, compositores e intérpretes representa una inspiración permanente, una presencia emocional capaz de convertirse en cueca, tango, taquirari, huayño, morenada, saya o canción. A lo largo de más de un siglo, la urbe construyó una banda sonora propia que acompañó sus transformaciones históricas, sus celebraciones, sus nostalgias y su vida cotidiana.
Cuando se habla de canciones dedicadas a La Paz, suele pensarse en títulos emblemáticos o en autores consagrados. Sin embargo, el fenómeno es mucho más amplio porque la ciudad fue cantada por compositores nacidos en ella y también por creadores llegados desde otros rincones del país. Paceños y no paceños le cantaron a La Paz, creando un repertorio diverso que terminó formando parte de una identidad compartida.
Orígenes
La relación entre La Paz y la música tiene raíces antiguas. Durante el siglo XIX, la actividad musical ya ocupaba un lugar importante en la vida urbana porque mientras la música religiosa resonaba en iglesias y capillas; la música secular se abría paso en salones, plazas y celebraciones públicas. La ciudad desarrolló una intensa actividad cultural que fue dejando registros en partituras, publicaciones y crónicas de la época.
Fuentes históricas y estudios musicológicos documentan la presencia de repertorios religiosos y profanos interpretados por bandas municipales, agrupaciones civiles y músicos vinculados a instituciones religiosas. Aquella tradición temprana ayudó a formar un entorno donde la música dejó de ser únicamente entretenimiento para convertirse en memoria colectiva.
Con el paso del tiempo, La Paz dejó de ser un simple escenario para transformarse en protagonista. Los músicos comenzaron a retratarla en sus obras, a describir sus paisajes, su cielo celeste y su majestuoso nevado -además- empezaron a evocar sus personajes y a convertir sus emociones urbanas en melodías capaces de trascender generaciones.
De esa larga tradición surgieron canciones que hoy forman parte del patrimonio sentimental de la ciudad. “Nevando está”, por ejemplo, no es solamente una canción popular, es una evocación del clima, de la atmósfera y de la sensibilidad paceña. Algo similar ocurre con “La cholita paceña” que más allá de su condición de cueca, la obra terminó convirtiéndose en un homenaje a la mujer paceña, símbolo de identidad, fortaleza y presencia cotidiana en la vida de la ciudad.
Composiciones
Entre las composiciones que ayudaron a construir la memoria musical de La Paz figura “Collita”, una de las piezas más queridas del repertorio boliviano. La obra nació de la inspiración de Fernando Román Saavedra, compositor cochabambino y según testimonios recogidos por familiares y músicos, “Collita” fue dedicada a una mujer llamada Elena, considerada como amiga cercana y musa del compositor.
Otro ejemplo fundamental es el tango “Illimani”, compuesto por Néstor Portocarrero. Nacido en La Paz, Portocarrero desarrolló una de las trayectorias más significativas de la música boliviana del siglo XX. Compuesto durante los años de la Guerra del Chaco, la obra convirtió al Illimani en mucho más que en una montaña, en parte esencial del repertorio musical paceño.
La riqueza del cancionero dedicado a La Paz no depende solamente de títulos aislados, su verdadera fortaleza radica en la diversidad de géneros que lo conforman. La cueca, por ejemplo, aportó cercanía, picardía y elegancia; el taquirari introdujo movimiento y vitalidad; las tonadas y los huayños mantuvieron vivas las conexiones con el mundo rural y las tradiciones andinas; la saya afroboliviana incorporó sentido comunitario y celebración colectiva; la kullawada expresó vínculos con las raíces culturales del altiplano y la morenada añadió solemnidad, memoria histórica y fuerza simbólica.
Juntos, estos ritmos construyeron una imagen compleja de la ciudad, capaz de ser festiva y melancólica, popular y refinada, barrial y monumental al mismo tiempo.
Legado
En la escena surgieron agrupaciones clave que llevaron la música andina y paceña a escenarios internacionales. Wara, fundada en 1973, consolidó una propuesta instrumental que exploró arreglos contemporáneos y difundió sonidos andinos en festivales de Europa y América; Savia Andina, con su mezcla de instrumentos tradicionales y arreglos orquestales desde fines de los años setenta, fue fundamental para internacionalizar el repertorio boliviano y colocar a La Paz en circuitos de la música mundial y otras formaciones nacionales y paceñas como “Altiplano” contribuyeron a esa ampliación de públicos. Estas agrupaciones también promovieron arreglos, composiciones y colaboraciones que influyeron en generaciones jóvenes.
En esa misma línea de renovación, Óscar García Guzmán destacado músico, compositor y productor paceño, es ampliamente reconocido por ser el fundador y director de la Orquesta Contemporánea de Instrumentos Nativos. Además, fue director del taller musical Arawi y docente en el Conservatorio Plurinacional de Música. El maestro García es una figura clave en la preservación y experimentación con el patrimonio musical sonoro de Bolivia.
Mientras tanto, la música académica desarrolló un recorrido paralelo igualmente significativo. El Conservatorio Nacional de Música, las bandas municipales, las bandas militares y diversas agrupaciones corales como la “Coral Nova, la “Sociedad Coral Boliviana” y “La Paz Encanto” contribuyeron a sostener una intensa actividad artística.
La actividad clásica ayudó a preservar partituras, formar públicos y ampliar las posibilidades de creación. Gracias a esa red institucional, la ciudad pudo escuchar su historia desde múltiples lenguajes musicales.
Dentro de esta historia destacan nombres que ayudaron a consolidar una tradición musical duradera. La tradición continuó desarrollándose durante las décadas siguientes. Nuevos músicos asumieron el desafío de dialogar con el pasado sin renunciar a la innovación.
Wilson Molina representa esa continuidad porque su trabajo como cantautor evidenció que la tradición paceña seguía siendo una fuente de inspiración para nuevas generaciones. Rolando Encinas, quenista, compositor, arreglista e investigador, fundador de “Música de Maestros” y exintegrante de “Wara”, llevó la música boliviana a escenarios de Europa, Asia y América y confirmó que lo paceño podía proyectarse internacionalmente sin perder autenticidad.
Mujeres
Si bien la historia musical paceña suele estar asociada a figuras masculinas, la participación femenina resulta fundamental para comprender la evolución del repertorio.
El Grupo Femenino Bolivia, fundado en 1983, marcó un antes y un después en la música nacional. Su presencia confirmó que las mujeres no solo podían interpretar repertorios tradicionales con excelencia, sino también ampliar las posibilidades expresivas del folklore boliviano. Desde La Paz, la agrupación abrió caminos para nuevas generaciones de artistas.
Numerosas compositoras e intérpretes paceñas merecen mayor atención como Jenny Cárdenas, cantante, musicóloga y guitarrista que combinó investigación y creación con discos desde 1982; Canela Palacios, compositora e intérprete nacida en La Paz en 1979, reconocida en concursos de composición y con presencia en festivales nacionales y Nina Uma, rapera paceña nacida en 1975, que abrió un espacio para la voz femenina en el hip hop andino. Estas mujeres, junto a cantantes y arreglistas, ampliaron los modos de narrar la ciudad desde la perspectiva femenina.
Memoria
La música de La Paz no vive únicamente en los archivos o en los discos. También permanece en reuniones, encuentros culturales y espacios donde las canciones continúan transmitiéndose de generación en generación.
Un ejemplo son las tradicionales Flaviadas, sesiones sabatinas de apreciación musical realizadas desde el siglo pasado en el barrio de Sopocachi e iniciadas por Flavio Machicado Viscarra, amante y divulgador de música clásica. Estos encuentros que tienen continuidad con su hijo, don Eduardo Machicado, combinan relatos históricos e interpretación musical.
En la velada realizada el 18 de julio, la música volvió a convertirse en punto de encuentro. La reunión comenzó con una obra de Johann Sebastian Bach, interpretada como gesto de tradición, solemnidad y recuerdo. Posteriormente, Machicado dijo que existe la necesidad de fortalecer la documentación, investigación y estudios musicales y preservar archivos históricos.
A partir de allí surgieron evocaciones y comentarios sobre músicos que marcaron distintas etapas de la historia cultural paceña.
En la velada se recordó por igual a cinco compositores que dejaron huella en la ciudad: Humberto Viscarra Monje, poeta y músico, profesor y director del Conservatorio Nacional de Música; Adrián Patiño, director de bandas y compositor que vinculó la tradición popular al Ejército; Jaime Mendoza, que estudió en el Conservatorio de La Paz, compositor y director; Gustavo Navarre quien fue amigo de la casa de Las Flaviadas y director del Conservatorio de La Paz y Cergio Prudencio compositor, director e investigador, fundador de la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos.
La igualdad con que se recordó a estos cinco nombres subrayó que la ciudad fue nombrada y escuchada desde lenguajes distintos -militar, sinfónico, de cámara y experimental- y que cada uno aportó una pieza esencial a su identidad sonora.
Se concluye que la música de La Paz es un disco vivo que reúne ritmos, instituciones, solistas, agrupaciones y voces colectivas que narran la ciudad en sus contradicciones y afectos. Desde las bandas de antaño hasta los grupos modernos, se reescribe la memoria musical paceña con mucha creatividad y capacidad de adaptación.
Preservar y documentar esas voces, impulsar espacios de formación y reconocer con más justicia la contribución de mujeres y colectivos permitirá que la música de La Paz siga siendo fuente de identidad y experimentación para las próximas generaciones.