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La Paz, la ciudad que todavía nos deben

La Paz no necesita más discursos sobre el futuro. Necesita, por fin, comenzar a vivirlo.

Durante décadas, la ciudad ha sido presentada como una capital moderna, turística, cultural y estratégica. Cada autoridad promete transformarla. Cada gestión anuncia una nueva etapa. Cada aniversario trae palabras solemnes sobre desarrollo, integración y progreso. Sin embargo, al día siguiente, la ciudad vuelve a despertar atrapada en el tráfico, en la improvisación y en una economía que exige demasiado a quienes menos tienen.

La Paz parece vivir entre dos ciudades.

Una es la ciudad de las postales: el Illimani, los teleféricos, los miradores, las calles coloniales y los mercados que fascinan a los visitantes. La otra es la ciudad real: la del transporte deficiente, los barrios olvidados, el comercio informal perseguido, las obras inconclusas y los ciudadanos que deben organizar su vida alrededor del próximo bloqueo.

La primera aparece en la publicidad. La segunda paga las cuentas.

El problema no es la falta de potencial. La Paz posee talento, historia, cultura, gastronomía, conocimiento y una identidad capaz de competir con cualquier gran ciudad de América Latina. El problema es que nunca existió una política seria para convertir esos recursos en desarrollo sostenible.

Se habla de turismo como si fuera la única salvación posible. Pero una ciudad no puede depender únicamente de quienes llegan por unos días. También debe pensar en quienes viven en ella durante toda su vida.

El desarrollo debe sentirse en el bolsillo del trabajador, en el tiempo que tarda un estudiante en llegar a su universidad, en la seguridad de una comerciante, en las oportunidades de un joven profesional y en la tranquilidad de una familia que busca vivienda, salud y educación.

La Paz necesita una economía urbana más ambiciosa. Debe apostar por la tecnología, las industrias culturales, la producción audiovisual, la gastronomía, los servicios profesionales, la investigación y los emprendimientos locales. No basta con vender paisajes. También debemos producir conocimiento, empleo y futuro.

Pero para avanzar, la ciudad necesita recuperar algo más importante que sus calles: su capacidad de decidir.

La Paz es constantemente utilizada como escenario de conflictos nacionales. Sus avenidas se convierten en trincheras, sus plazas en campos de presión y sus ciudadanos en rehenes involuntarios. Cada sector que quiere ser escuchado bloquea la ciudad. Cada autoridad que no sabe dialogar espera hasta que el conflicto se vuelva insoportable.

Así, la vida cotidiana se convierte en una negociación permanente con el caos.

La Paz resiste, pero la resistencia no puede ser un modelo de desarrollo.

Amamos esta ciudad porque nos enseñó a vivir entre montañas, contradicciones y altura. La amamos por sus mercados, su memoria, sus noches frías y su gente. Pero el amor no debe convertirse en resignación.

La Paz merece una mirada nueva.

Una ciudad que no solo atraiga turistas, sino que proteja a sus ciudadanos. Una ciudad que no administre la pobreza, sino que genere oportunidades. Una ciudad que no celebre únicamente su pasado, sino que se atreva a construir su futuro.

Porque La Paz no puede seguir siendo una ciudad anunciada.

Debe ser, de una vez, una ciudad realizada.

Sergio Jhoel Pérez Paredes es Historiador, escritor, periodista e investigador.

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