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Discutir, argumentar y dudar

Cuenta Juan Villoro en su columna semanal (El imperio de la mentira, Reforma, 25/4/2026) que en cierta ocasión el científico danés Niel Bohr se “subió a un autobús en Copenhague acompañado por Albert Einstein y comenzó a hablar de la indeterminación de las partículas subatómicas”. En el camino la discusión giró alrededor del desacuerdo: “se contradijeron con tanto entusiasmo que el camión dio tres vueltas sin que ellos descendieran. Desconcertado, el conductor les preguntó: ‘¿Ustedes van a algún sitio?’ Iban al más sorprendente de todos, donde se esconde la verdad, pero aún no podían determinarlo”.

El episodio es un maravilloso homenaje a la discusión, a la confrontación respetuosa, al escuchar al otro para pensar mejor. Sucede que en el mundo académico en el que me muevo, que se supone debería ser un epicentro de debate, de confrontación de ideas, de diálogos sostenidos, ha sido tomado por dos de los peores vicios: reuniones de confirmación y alimentación de dogmas y cancelación del diferente, o simplemente eliminación los ámbitos donde la palabra fluya. Me explico.

Muy a menudo se organizan encuentros de conversos en los cuales en lugar de buscar diferentes puntos de vista, se escoge a panelistas que sean lo más cercanos a uno y que vayan a repetir, acaso desde una posición un poquito distinta, el mismo argumento. O peor, al que podría incomodar, de plano simplemente se lo “cancela” –como dicen ahora los jóvenes–; su sola presencia incomodaría el unísono del canto. Dicho de otro modo, un encuentro universitario deviene en un púlpito de pontificación. Pónganle el “ismo” que quieran, suele funcionar así.

Por otro lado, desde que la academia se sometió al mercado y a la evaluación, cuando el salario del investigador empezó a depender de su “productividad” -en realidad es una mala palabra para un científico, incompatible con un quehacer que se basa en la prueba y el error, en la pregunta más que en la respuesta-, cuando se comenzó a construir la trayectoria profesional a partir de una estrategia de publicaciones o actividades que se inserten correctamente en los parámetros de evaluación, se perdió el gozo por el debate científico. 

Los papers ocuparon el lugar de la palabra oral, los seminarios fueron condenados a la desaparición por no garantizar un “producto” contable. 

Quienes trabajamos en la academia, sabemos que los mejores encuentros pueden durar horas de intercambios, muy estimulantes, que no den como fruto un texto escrito sino la creación de ideas que después seguirán otro rumbo. 

¿Cómo medirlas? ¿Hay que medirlas? ¿hay que cuantificarlas? Uno de los momentos más apasionantes de la ciencia social es cuando un colega lee tu trabajo, te comenta, te critica, te empuja a pensar más, te invita a responder. No hay cómo asignarle un número a ese momento, a veces puede convertirse en una reflexión escrita, pero no siempre. Sólo haberlo vivido, pensado, implica un desplazamiento intelectual que tiene otro tipo de frutos, no tangibles de manera automática.

Vuelvo al episodio de Bohr y Einstein. En un bus, estaban procurando el conocimiento, que fluía gracias a la palabra, a la confrontación, estaban en un seminario espontáneo. Las ciencias sociales deberían retomar la tradición del café –como decía el historiador michoacano Luis González y González– como espacio para pensar en conjunto.

Tal vez así, podamos empujar la creatividad de la sociología, asumiendo el riesgo de discutir, de equivocarse, de perder el tiempo para que nazca el pensamiento. 

Hugo José Suárez es sociólogo, investigador de la UNAM. 

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